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universos paralelos

Basta de complejos

La brusca desaparición de Paco de Lucía ha puesto en relieve muchos automatismos de nuestra prensa. Por ejemplo, el recurso a las autoridades foráneas

De izquierda a derecha: John McLaughlin Al Di Meola y Paco de Lucía.
De izquierda a derecha: John McLaughlin Al Di Meola y Paco de Lucía.

La brusca desaparición de Paco de Lucía ha puesto en relieve muchos automatismos de nuestra prensa. Por ejemplo, el recurso a las autoridades foráneas, para mejor convencernos de que el fallecido era importante.

Así, se citaba una frase contundente de Keith Richards: “Solo hay dos o tres guitarristas que se puedan considerar leyenda. Y por encima de todos ellos está Paco de Lucía”. Tanto se repetía que sentí curiosidad por localizar su origen. Me pasé un buen rato en Google y… nada, no están identificados ni medio ni fecha.

Igual hay rastreadores más pacientes que consiguen resultados. Pero me tendrían que aclarar una duda: ¿qué demonios importa lo que opine un Richards sobre Paco? Si no hay un conocimiento profundo, lo que cuente todo lo más tendría valor anecdótico. Keith y Paco pertenecían a modelos diferentes de músicos. El uno, un tipo intuitivo y limitado; el otro, un virtuoso perfeccionista.

Solo he hallado un testimonio que les relaciona. Según Javier Limón, “Keith me dijo: ‘A mí lo que me gustaría de verdad es hacer un dúo con Paco de Lucía a dos guitarras’. Cuando se lo propuse, Paco me dijo: ‘Pues no pega, ¿no?’. Me pareció la hostia, qué grandioso el Paco, macho”.

¿Grandioso? No: sensato. ¿Qué territorio común podían compartir? ¿Malagueña, que fue la primera pieza que aprendió Keith? ¿Cuántos duetos de guitarra ha grabado el rolling stone? Limón, recuerden, fue productor de Paco. Le suponía suficiente picardía para distinguir entre un sentimiento genuino y algo contado cara a la galería (“el público español es el más caliente del mundo”).

Asumo que Richards, como cualquier guitarrista viajado y con medio siglo de oficio, sabía de Paco. Sin embargo, no es mencionado en su libro Vida. Más aún, durante sus abundantes visitas a España, nunca manifestó ninguna pasión flamenca. La única vez que Keith trabajó en un estudio español fue para Weird nightmare (1992), proyecto dedicado a la música de… Charles Mingus.

Con todo, hay otro bulo aún más casposo que empareja a los Stones con el flamenco. Específicamente, a Mick Jagger con Camarón. Se supone que Mick escuchó a José Monge rompiendo su garganta y se quedó tan impactado que, atención, le pidió que se cambiaran sus calzoncillos, para ver si se le pegaba algo del rajo camaronero.

¿Se ríen? Yo también, hasta que tecleé “Mick Jagger Camarón calzoncillos”, y me salieron 21.900 resultados. Más allá de la ingenua fantasía del fabulador, lo que revela es el profundo sentido de inferioridad cultural que distingue a muchos españoles. Para tener confirmación externa de nuestros valores, estamos dispuestos a tragar ruedas de molino.

Lo confieso: yo también ejercí de propagandista del flamenco. Cuando trataba con alguna superestrella, tipo Bono o Peter Gabriel, me llevaba un recopilatorio de Camarón. Iba en contra de uno de mis principios más sagrados —“nunca regales nada a un millonario”— pero me lo tragaba por hacer proselitismo del difunto.

Jamás logré convencer a nadie. Ninguno manifestó luego, de forma espontánea, un interés activo por Camarón. Tardé años en entender la sencilla verdad: los guiris rechazan el cante jondo. Pueden admirar el baile flamenco, seguro que se emocionan con una sonanta bien tocada pero, amigo, hay algo tan intenso en el cante puro que a la mayoría les intimida.

Tengo pruebas. En los cincuenta, con el boom del microsurco y la alta fidelidad, se editaban elepés prácticos en Estados Unidos, tipo cómo bailar la danza del vientre, cómo montar una fiesta tiki, etcétera. Y salió más de un disco pensado para acelerar la marcha de los invitados a una party. Con música chirriante. ¿Hace falta decirlo? Se incluía cante flamenco.