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La pasión irrefrenable de escribir

Ana María Moix inició su carrera con media docena de libros de poesía y narrativa en apenas cinco años, amor por las letras que la condujo a la edición y la traducción

Ana María Moix con su hermano Terenci en 1998.
Ana María Moix con su hermano Terenci en 1998.

La única chica entre los rapsodas de los Nueve novísimos; La Nena, entre sus amigos de la Gauche Divine; la que, durante unos años era ella la que tenía un hermano escritor, Terenci de nombre artístico; la editora exquisita, la poeta siempre detrás de un cigarrillo que le hacía entrecerrar los ojos... Ana Maria Moix (Barcelona, 1947) ha fallecido en su ciudad natal tras años de dura lucha contra un cáncer. Su capilla ardiente se instalará este domingo (a partir de las 14 horas en el tanatorio de les Corts de Barcelona) y el lunes, a mediodía, se celebrará el funeral.

De familia catalana, Ana Maria Moix desarrolló sin embargo toda su carrera literaria en castellano, trayectoria que inició muy joven, vinculándose a ese movimiento de intelectuales de izquierda pero de casa bien que sacudió la rancia cultura franquista de los años 60 y 70 que inundaba Barcelona. Allí, entre arquitectos, fotógrafos, editores, escritores y cineastas hizo algunos de sus grandes amigos, como fueron los editores Carlos Barral y Esther Tusquets, Pere Gimferrer, Félix de Azúa y Ana María Matute.

Así, con 22 años debutó por partida doble con sus dos pasiones: la poesía y la narrativa. Se trataba del poemario Baladas para el dulce Jim y de la novela Julia. Sería un inicio explosivo, de una pasión literaria frenética porque en menos de cinco años le daría para siete libros. La poesía sería entonces su primera y dominante pulsión: Call me Stone (1969) y No time for flowers (1971), una expresión lírica en la que combinó sorprendentemente lo experimental con lo lírico. Este último título le reportó su primer reconocimiento a una obra obra propia, el premio Vizcaya.

Pero como si con esa tierna edad ya hubiera acumulado un sinfín de experiencias que necesitaban ser contadas, su biblioteca íntima creció en esos cinco años frenéticos con la novela ¿Walter, por qué te fuiste? y La maravillosa colina de las edades primitivas, una incursión en el libro infantil. Ambos aparecieron en 1973. Sería el inicio de una obra como escritora que sobrepasaría una quincena de títulos y que con los años le reportaron, entre otras distinciones, el premio Ciutat de Barcelona de 1985 (con Las virtudes peligrosas) y de 1995 (Vals negro).

Tras esa salida fulgurante, Ana María Moix entró en un particular silencio que duró casi una década, que en parte compensó su faceta de traductora, básicamente del francés. En esa labor, debutó con una elogiada traducción de Louis Aragon, que acabó llevándola a grandes nombres de las letras francesas como Beckett, Duras, Nothomb y François Sagan. La salida de nuevo a la superficie literaria se daría con la obra Los robots. Las penas (1982), al que seguiría un nuevo poemario, A imagen y semejanza (1983). Pero la segunda época de escritora quedaría dominada por la narrativa, como demostrarían, amén de las novelas premiadas, dos libros más de cuentos: La niebla y otros relatos (1988) y De mi vida real nada sé (2002).

Lectora voraz, la pasión por el mundo de las letras tenía que llevarla a estar presente en todo los ámbitos. Por ello, tanto o más significativa que su carrera literaria está la de su labor como editora, que desarrolló, entre otros sellos, en Plaza & Janés y en Ediciones B. Sus conocimientos de los detalles más inverosímiles sobre la vida y manías de los escritores, unido a una afabilidad que la predisponía a evitar rechazar toda colaboración, la condujo a aceptar un sinfín de colaboraciones en medios impresos, entre ellos este mismo diario.

Muy amiga de sus amigos, en especial de Gil de Biedma, Ana María Moix emprendió en 2003, más allá del obvio compromiso fraternal, un particular compromiso por la memoria de su hermano Terenci, fallecido en abril de ese año. No se trató tanto de una gestión de su producción libresca (que a partir de un momento tuvo siempre carácter de best-seller) como de la manera de aquél de ver y entender la vida y la cultura. Ello se tradujo en 2005 en la creación de los pluridisciplinares premios internacionales Terenci Moix. Todo ello, junto a su trayectoria literaria, le valieron en 2006 la máxima condecoración que otorga la Generalitat, la Creu de Sant Jordi.

Los Premios Terenci Moix daban otra pista sobre la personalidad de Ana María Moix. Amén de honrar la memoria de su hermano mayor, buscaban reconocer también la defensa en las obras galardonadas de los derechos humanos y la lucha contra la injusticia social. Esos temas debían ir en el código genético de la familia porque aparecían también cada vez con más fuerza en sus últimos escritos, en especial en Manifiesto personal (2011), de corte claramente memorialístico. “El capitalismo es insaciable; es fascista y asesino”, aseguraba contundente sobre unos males que ella ubicaba en los años 80, cuando se desarrolló “el individualismo y el narcisismo extremos y un culto al dinero”.

En realidad, Ana María Moix, a pesar de ser de estatura pequeña, constitución delgada y de voz un poco ronca pero muy suave, siempre fue contundente y nunca se escondió ante los problemas sociales, aunque eso le comportara algunos malentendidos con el establishment de la cultura catalana, como cuando en 1996 fue una de las firmantes del Foro Babel en favor del bilingüismo en Cataluña. También hace poco más de un año terció en el tema del independentismo, plasmando su apoyo en 2012 al manifiesto Crida a la Catalunya federalista i d'esquerres. Quizá de todo ello hablen las memorias en las que trabajaba desde hacía ya un tiempo.

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