IDA Y VUELTA

Lecciones de invierno

El invierno es la estación del dibujo, de las texturas secas, los grises y los azules

'Squall' (1986). El sentido del color de Andrew Wyeth es exactamente invernal, de invierno en bosques y praderas en el noreste de América.
'Squall' (1986). El sentido del color de Andrew Wyeth es exactamente invernal, de invierno en bosques y praderas en el noreste de América.

En la universidad una estudiante que viene de Lima me cuenta que su mayor aprendizaje en Nueva York ha sido el del cambio de las estaciones. “En Lima el tiempo es siempre más o menos lo mismo. La diferencia máxima entre el verano y el invierno son unos diez grados”. Hasta llegar aquí nunca se había abrigado tanto, nunca había sabido lo que era de verdad el frío. También es posible que no hubiera tenido una sensación tan marcada del paso del tiempo. Hace años, en Copenhague, una señora brasileña me contó el recuerdo luminoso de su descubrimiento de las estaciones cuando llegó a Europa en su primera juventud. Hasta entonces, en Río de Janeiro, había vivido en un paraíso fuera del tiempo. Se dio cuenta de la monotonía de ese paraíso cuando asistió por primera vez al cambio de color de las hojas de los árboles en los parques de las ciudades europeas; cuando experimentó la dulzura de los días soleados, la sorpresa de la velocidad con que se iba el sol rubio de las tardes de noviembre. Me dijo que solo en Europa y luego en el noreste de Estados Unidos había aprendido algo sobre el paso del tiempo: el tránsito permanente y la apariencia de circularidad en el regreso ordenado de las estaciones.

Cuando los primeros exploradores europeos llegaron a estas orillas en 1609 les sorprendió la altura de los árboles y el espesor de los bosques, y el aire de salud vigorosa de sus pobladores nativos. La mayor parte de Europa estaba ya desforestada. En las ciudades superpobladas e inmundas proliferaban las epidemias. Aquí los viajeros encontraban sin dificultad agua dulce abundante en los manantiales alimentados por el deshielo y mástiles espléndidos para sus veleros. Al cabo de un tiempo comprendieron que un motivo de la salubridad de esta tierra era el frío de los inviernos que exterminaba a los parásitos y mantenía bajo control las plagas. Ahora las calefacciones tórridas proporcionan abrigo invernal a las cucarachas y a las ratas, y la comida tirada a la basura, alimento seguro.

El invierno es la estación del dibujo: texturas secas, garabatos de ramas muy definidos contra el gris del nublado o el azul liso y frío de las mañanas de sol. La niebla favorece la grisalla. Los días limpios de helada le dan a los contornos una nitidez de lente de aumento. Harry Callahan, George Bellows y Andrew Wyeth son artistas del invierno. Callahan advirtió con su cámara de fotos lo que todo el mundo llevaba viendo hacía siglos y nadie había reflejado: que unos tallos secos de hierba en medio de la nieve son como líneas puras de dibujo sobre papel en blanco, como trazos de caligrafía china o japonesa; las siluetas de las ramas y de las copas desnudas de los árboles tienen una negrura de tinta. El invierno uniforma los árboles y resume el paisaje en una máxima simplicidad visual.

George Bellows no pintaba solo boxeadores: pintó con gran solvencia la luz de la mañana en los parques nevados de Nueva York

Andrew Wyeth es mucho mejor dibujante o acuarelista que pintor, porque el lápiz, la acuarela y la tinta le imponen una austeridad de medios que dificulta su propensión al pormenor irrelevante y la anécdota. Su sentido del color es exactamente invernal, de invierno en bosques y praderas en el noreste de América: el marrón apagado o el gris de los troncos, el amarillo débil del liquen de la hierba seca requemada y aplastada por la nieve, la transparencia vítrea del aire.

George Bellows no pintaba solo boxeadores: pintó con gran solvencia la luz de la mañana en los parques nevados de Nueva York, las laderas de nieve y los bloques de hielo que bajan por el río Hudson. Durante toda su vida, unas veces con más suerte que otras, persiguió un efecto fugitivo: recién miradas, las sombras de los árboles sobre la nieve en una mañana luminosa tienen un tinte azul. Atravesando Central Park al día siguiente de una gran nevada —después de las grandes nevadas amanecen los días de más claridad del invierno— voy oyendo el crujido de la nieve prieta bajo las pisadas de mis botas y fijándome en cosas que he aprendido a mirar en George Bellows, en Harry Callahan y Andrew Wyeth. Hay una cita oportuna de Dorothea Lange: “Una cámara es una herramienta para aprender a ver sin cámara”.

No te bañarás dos veces en el mismo río ni leerás dos veces el mismo libro ni verás dos veces la misma nevada. Palabras invernales como hielo o nieve tienen una cualidad terminante, una sugestión de sentido invariable y monotonía visual. Pero no hay superficie más cambiante o menos regular que la del hielo en un estanque o un río, ni un fenómeno más insospechado que la nieve. En el río Hudson el hielo forma una llanura móvil y accidentada de ruinas, como de templos y mármoles despedazados. En los estanques de Central Park el hielo forma masas blancas, grises y azules que se parecen a los sistemas nubosos de la Tierra vistos desde el espacio, los frentes de las borrascas, los torbellinos de los tornados. La nieve pocas veces puede decirse que cae: flota, gira, aparece y se desmaterializa, atraviesa el aire en diagonal, danza como las partículas de polvo o de polen en un contraluz; tiene una consistencia como de copos de algodón instantáneos o de granos mínimos y punzantes de arena arrastrados por el Levante. Se mantiene luego intocada durante días, limpia en el cuadrilátero de un tejado o de un parque, o se ensucia hasta un extremo de vileza en los montones al filo de las aceras, negra de mugre, de pisadas en el barro, de hollín de gasolina, revelando al derretirse muy lentamente una arqueología de basuras apresadas en ella, restos de comida, vasos aplastados de café y contenedores de plástico. Hasta una escobilla de retrete vi aflorar una vez, en mitad de un deshielo.

En medio de la ventisca, emboscados en chaquetones y capuchas, pedaleando contra el viento, circulan desde que anochece los repartidores de comida a domicilio, con sus mochilas a la espalda, con bolsas de plástico sujetas a los manillares, dejando al pasar olores fuertes de platos muy especiados y de cajas recalentadas de cartón: pizza, comida china, comida india, o vietnamita, o tailandesa, o mexicana. Los repartidores son los emigrantes recién llegados de América Latina: ilegales, sin contrato, sin sueldo, ganando nada más que lo que sacan con las propinas. Un conocido que vino de Ecuador y ahora tiene un buen trabajo abrigado en la portería de un edificio me cuenta que trabajó dos años haciendo esos repartos. Lo peor de todo, me dice, son esas planchas metálicas que tapan los socavones en el asfalto. Había que aprender a eludirlas. Cuando las cubría una lámina de hielo la caída de la bicicleta era casi inevitable.

La mejor lección de este invierno viene del otro país, de la otra ciudad de uno, en la que nunca hace tanto frío, por fuera y por dentro. Con tesón admirable, con fervor de rebeldía y sentido práctico, con la ayuda de una ciudadanía valerosa, los trabajadores de la sanidad pública de Madrid han logrado parar una privatización que parecía inevitable. Madrid, qué bien resiste. La manera más segura de perder algo es darlo por perdido

www.antoniomuñozmolina.es

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