Jesús Ferrero: “Cuando el país parece en el abismo, las enfermedades afloran”

El escritor retoma el policiaco a lomos de un Madrid decadente en ‘La noche se llama Olalla’

El escritor Jesús Ferrero.
El escritor Jesús Ferrero.SAMUEL SÁNCHEZ

Es sabida la habilidad de Jesús Ferrero (Zamora, 1952) para bailar sin perder el compás con los géneros novelísticos. Narrador, poeta, guionista, en su último libro, La noche se llama Olalla (Siruela) retoma el policiaco para adentrarse en un Madrid decadente y sucio que ha perdido todos sus valores. Las drogas, el sexo, la corrupción, los desahucios se suceden durante un fatídico 2012 en un Madrid duramente castigado por la crisis económica y la corrupción política, donde también mueren inocentes. “En agosto falleció mi hija. Se llamaba Olalla y estaba a punto de cumplir 20 años. La policía dijo que fue un accidente de tráfico...”, se lee.

La vida arrebatada antes de tiempo de esa joven estudiante, Olalla, los amores que la rodean, los amigos y enemigos que la acompañan, están presentes constantemente en esta novela que bucea por las zonas más oscuras del individuo para llevar a sus personajes a coquetear con la venganza, la locura y la obsesión.

Para este viaje por las profundidades, Ferrero revive a la detective Ágata Blanc, una mujer que se dio a conocer hace cuatro años en El beso de la sirena negra, aunque anteriormente había rondado por otros trabajos literarios del escritor. “Me apetecía escribir novela de género porque el seguir un esquema predeterminado te permite libertades interiores”, explica Ferrero. “Por eso, he creado un personaje como el de la detective privada Ágata Blanc, que resulta bastante ambigua. Sabe comunicarse con empatía con las víctimas y eso le permite llegar a los lugares más íntimos de las personas”.

La detective se traslada de París, donde reside, a Madrid, donde descubrirá qué ocurrió alrededor del accidente de tráfico que sufrió la joven Olalla y que la llevó a la muerte. El libro, según Ferrero, surgió analizando las noticias que se produjeron en 2012 mientras la sociedad estaba inmersa en una profunda crisis económica, en las fechas del naufragio del Costa Concordia en Italia, la masacre de una veintena de personas en la Escuela de Primaria Sandy Hook Newtown de Connecticut, y en un Madrid en plena decadencia.

La novela comienza con el diario de la protagonista. “Años atrás, cuando la riqueza brillaba con sus burbujas y las finanzas de corto aliento, cuando se regalaba dinero etéreo y los medios de comunicación proclamaban que España era la octava economía del mundo, las calles y las piscinas de Madrid se vaciaban en agosto”.

En La noche se llama Olalla hay denuncia social e intriga. Ferrero reconoce que ambas cosas son algo “consanguíneo” a la novela policiaca desde sus orígenes, de Conan Doyle a Agatha Christie, cuyas novelas denunciaban muchos rasgos de la clase alta (los únicos que podían contratar detectives). “Cuando el país parece que ha caído en el abismo, las enfermedades mentales afloran”, añade el escritor zamorano. En una de esas patologías cae el novio de la joven Olalla, Gaby, “que pasa de estar en el paraíso, en el momento más intenso del amor, a la oscuridad más absoluta y a la desesperación. Es en esa oscuridad donde prepara su cruel venganza”.

Las historias, los personajes y los géneros se cruzan en la mesa del escritor. Explica que su manera de trabajar le permite editar libros que se tocan en el tiempo. Por eso, ha publicado anteriormente El hijo de Brian Jones (Alianza), novela que fue escribiendo mientras reposaba La noche se llama Olalla. “Es mi manera de trabajar. Suelo realizar una primera versión casi sin escenarios ni diálogos. Todo está muy desnudo y resumido. La suelo dejar en barbecho durante un tiempo porque cuando la retomo los errores saltan a la vista como muelles”.

Además, esta misma semana, ha obtenido el VII Premio Logroño de Novela (dotado con 45.000 euros) por una nueva obra, Doctor Zibelius, que se editará la próxima primavera y que le debe su nombre al médico protagonista de la trama. Esta vez, un antiguo neurocirujano y psiquiatra, que ha estudiado en París, se plantea llevar a cabo un trasplante de cerebro “basándose en unas fórmulas que ha dejado su padre”.

Lo que llega después de ese experimento, los problemas físicos y de identidad, sumergen al autor en una nueva dimensión del alma humana. Y, como viene siendo habitual en él, lo hace al compás de las obras de género (esta vez la ciencia ficción). “Pero los acaricio levemente, sin comprometerme totalmente con ellos”.

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Aurora Intxausti

Coordina la sección de Cultura de Madrid y escribe en EL PAÍS desde 1985. Cree que es difícil encontrar una ciudad más bonita que San Sebastián.

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