Ricardo Vicente está cerca y está lejos

Publicamos un extracto de '¿Qué haces tan lejos de casa?,' el primer libro-disco del músico maño Ha sido componente de Tachenko, La Costa Brava o El Problema De Los Tres Cuerpos

Ricardo Vicente es uno de los tapados del pop español.  Zaragozano de 1975, ha sido componente de Tachenko, La Costa Brava y músico de Francisco Nixon. Con este último y The New Raemon formó parte del proyecto titulado El Problema De Los Tres Cuerpos.

Presentaciones

JUEVES 12 DE DICIEMBRE ZARAGOZA

La Pantera Rosa C/ San Vicente de Paul, 28 20:00h.

VIERNES 13 DE DICIEMBRE BARCELONA

Pequod Llibres C/ Milà y Fontanals, 59 Con Ramón Rodríguez (The New Raemon). 20:00h.

SÁBADO 14 DE DICIEMBRE MADRID

Café Molar C/ de la Ruda, 19 Con Francisco Nixon y los editores de Revista Mongolia Darío Adanti y Edu Galán. 20:00h.

Pero además es profesor de filosofía, licenciado en la Universidad de Barcelona, y, ahora, escritor. Su primer libro es este ¿Qué haces tan lejos de casa? Se trata de un relato, parte ficción, parte biográfico que versa sobre las giras y sobre los músicos.

¿Otro libro sobre de un músico sobre músicos? Sí, pero algo más. Como dice el escritor Agustín Fernández Mallo, autor del prólogo: "Lo que ya no es tan habitual es que los resultados tengan una entidad plenamente literaria, es decir, se sustenten por sí mismos, al margen de textos destinados a fans".

Reproducimos aquí un largo fragmento. Es la parte en la que cuenta su encuentro con Sergio Algora, poeta y músico, fundador de El Niño Gusano y con el que más tarde formaría La Costa Brava y que falleció repentinamente en 2008 por un problema cardíaco. 

El volumen está cuidadosamente editado por Bandaaparte e incluye ilustraciones del argentino Sebastián Otero.  Estructurado como un disco libro, en colaboración con el sello Marxhopone y producido por Nahum García, a cada capítulo corresponde una canción del músico/escritor incluidas en un compacto encartado en su interior.  La que corresponde a este extracto es  La parte más feliz.

JUEVES 15 DE MARZO DE 2012 MADRID Una Giornata al Mare - Evelyne y el secreto de la psicología femenina - Cómo es eso de estar en Denver

Sin darme cuenta ya son las 4 de la mañana. Salgo a la calle y la gente me da conversación y se esconde entre los coches, aparece y desaparece como en un show de los teleñecos. Las putas pasan frío pero se escucha una melodía lejana con aires de mar. Sigo la senda y un pelo rizado con un cuerpo reconocible toca un acordeón, Una Giornata al Mare de Paolo Conte. No puedo creer tanta belleza, no puedo creer la mejor banda sonora para las putas de la plaza de los cines Luna, no puedo creer que sea Algora el que toca el acordeón. Más aún por todo lo que ha sucedido y sobre todo porque nunca tocó ningún instrumento. Supongo que se lo alquilaría a un rumano, como solía hacer siempre. Corro hacia él y tropiezo ante sus pies y comienzo a llorar. Sin decir ni una palabra se levanta. Lo mejor de los acordeones es que caminas moviendo los hombros al ritmo del aire y las teclas, lo mejor de Algora es que siempre hace como si lo importante es que se mueva el muñeco y no la música. Durante los primeros metros estoy inmóvil pero él se aleja, así que voy detrás como un loco. Nunca en la vida pensé que esto me podría ocurrir, me refiero a estar con él de nuevo y no hablar, y no reír y todo eso. Pero simplemente le sigo. Al llegar a Gran Vía no aguanto más y le pregunto dónde vamos, pero él simplemente entra con la estrofa inicial cantando:

“Una giornata al mare

solo e con mille lire

sono venuto a vedere

quest’ acqua e la gente che c’è

il sole che splende più forte

il frastuono del mondo cos’è

cerco ragioni e motivi di questa vita

ma l’epoca mia sembra fatta di poche ore

cadono sulla mia testa le risate delle signore”

Esto deja a cualquiera encantado. Un día de playa en busca de las razones y los motivos de nuestra vida mientras piensas que a nuestra edad parece que la vida han sido un par de horas, mientras caen las risas de las mujeres sobre nuestras cabezas. La historia de nuestra amistad se reduce a esta estrofa. Pensando en todo esto, entramos en la estación de Atocha. ¿Cómo no? Si es su reino. Subimos las plataformas mecánicas y entramos en la zona de seguridad. No sé qué va a pasar pero yo personalmente no tengo billete y él... ya no sé qué pensar. De un bolsillo de la camisa saca una tarjeta de ferroviario y la muestra. La chica de seguridad le da la vuelta y dice:

–Aquí pone Sergio Algora más uno. No lo había visto en la vida.

–Una vez paré el choque de dos trenes con mis brazos y por eso me dieron esta tarjeta, puedo invitar a quien quiera desde entonces. Por cierto, eres lo más lindo que he visto en esta estación. Yo podría sacarte de aquí. En serio, conozco a mucha gente importante, tanta que ni recuerdo todos sus nombres. La mitad de Madrid me ama y los otros me odian pero puedo distinguirlos, no te preocupes.

Ella sonríe y me mira.

–Bueno, si lo pone aquí podéis pasar.

–Ya, ya –dice Sergio–. Pero no olvides lo que te he dicho, suelo estar por aquí. En serio, solo tendrías que amarme y estar dispuesta a todo, pero merece la pena.

Caminamos por el hall mientras ella empieza a llorar a lo lejos.

–Volveré a por ella, no te preocupes, Richi. Ahora vamos al tren. Antes del acceso a las vías hay un mostrador y Sergio deja el acordeón allí, yo voy detrás y pasamos el segundo control sin problemas. Bajamos al andén y entramos en el tren, es el primero de la mañana con destino a Zaragoza.

–Pasa por aquí –me dice mientras entramos en el despachito del interventor, donde nos sentamos y saca un plano de un garaje.

–¿Lo recuerdas? La noche en que nos conocimos te dije que tenía un plan para robar bastante dinero, que sabía cuándo recolectaban el dinero de El Corte Inglés de Zaragoza, que había trabajado ahí preparando pescado. Lo único que teníamos que hacer era matar a los guardias de seguridad en el garaje y salir corriendo.

–Pero, ¿qué es esto, Sergio? –le pregunto–. Tú y yo aquí, ¿a qué viene todo esto?

–Te echo de menos, nada más. ¿Te gusta este sitio?

–Hombre, a mí sí, la verdad, pero avisa cuando nos vayan a echar.

–No te preocupes, eso no va a pasar. Espera –me dice mientras saca la cabeza por la puerta–. ¿Quieres desayunar?

–Sí, claro.

–Evelyne, por favor, ¿nos trae un desayuno y unas toallas calientes para la frente que creo que a mi amigo le han dado de beber algo desconocido?–.

Sergio suelta los botones de su camisa y me mira diciendo:

–¿Y la gira ésta qué tal ? ¿Cómo está funcionando?

–Bien, ganamos dinero y la gente viene con entusiasmo. No sé, esto es algo que hacemos desde hace tantos años que pierdes un poco la perspectiva pero bien, yo estoy contento con las canciones.

–Entonces no hay por qué preocuparse, esto es así, ya lo sabíamos.

–Fran está tranquilo y yo un poco menos pero bien. Ramón es muy constante. Es genial tener nuevos impulsos.

Llega el desayuno y las toallas. Evelyne es una preciosidad y nos miramos con complicidad, como diciendo adivina quién es quién. Pero se retira con mucho estilo mientras cierra la puerta de cristal.

–Y qué te puedo decir, Sergio, que estoy un poco cansado pero no sé hacer otra cosa. Si paro ahora no voy a tener remedio –le digo a oscuras, porque tengo los ojos cubiertos con una toallita caliente.

–¿Ganamos el mundial, verdad, Richi?

–Sí, ese rato fue espectacular pero luego no fue para tanto.

La idea de desayunar con Sergio es tan extraordinaria que las toallas en la frente arden como el agua bendita de los posesos, como ginebra arrojada en el ojo de un volcán, en definitiva, como estar ante algo que solo pasa una vez.

–El problema de la vida es que la gente que te rodea sigue vi- viendo. Quiero decir, los que no te gustan también siguen vivos y tú no, Sergio.

–No sigas por ahí. Ya sé que quieres empezar a quejarte de lo mal que dejé todo al marcharme, pero qué más da. Ahora te jodes, qué te puedo decir. No empieces con que lloraban desconsolados y se les veía el cartón, o que sacaron columnas en la prensa con elogios cuando tú, Fran y yo sabíamos que es puro folklore, que se alegraban en el fondo de su corazón, que ya tenían ganas de que gente así, que funcionaba sin que nadie les parara los pies, tuviera su final épico. Si da igual, “copas de yate”, Richi. Lo estáis haciendo tal y como lo haríais conmigo. Bueno, parecido.

–En realidad ya no pienso así. Tal vez el día siguiente a la llamada de la ambulancia, después del cierre de las bolsas, pero ahora ya no. Aquello fue una respuesta irracional, reconozco que fui un mal perdedor, más tarde me empeñé en no volver a serlo nunca más.

–Eso está bien, Richi, caballo ganador, eso es lo que siempre quise que aprendieras.

–Ya, pero tú estás en Denver –le digo a la defensiva.

–Y tú muerto de miedo –dice quitándose la toalla de la frente y riéndose como un crío.

–Madre mía, Sergio, no te lo imaginas. Doy algo de pena, la verdad, pero bueno, supongo que es todo cosa del miedo. Fue marcharte y miedo, miedo todas las tardes, da igual invierno o verano, da igual que diga la verdad o mienta, siempre miedo.

–Bueno, pero ya no bebes solo, ¿no? Dicen que ibas a los chinos, que te daban whisky de tres euros.

Jajaja. Sí, eso ya no pasa más. Ahora es distinto.

–Tampoco te pongas triste, si quieres hablamos de política económica.

–Eres un hijo de puta, jajaja.

–Bueno tampoco te rindas. Ya sabes, la vida está bien si no te rindes.

–Oye, las canciones, Sergio. ¿Por qué caímos en el misterio de las canciones? Antes pensábamos que eran la excusa para vivir como vivíamos, ahora son algo más serio, eso es algo que no me deja dormir.

–Lamentablemente al final todo se hace serio. Ya lo dice Fran, tú escúchale siempre. Pero no fue el único misterio en el que caímos; qué me dices de las calles vacías entre semana, qué me dices de nuestros shows y nuestras tramas palaciegas. Deberías escribir, deberías descansar de las canciones por una temporada. A ti lo que mejor se te da son las historias.

–Ya, pero hacen daño. La verdad es que es una vida dura. ¿Re- cuerdas la novela que te pasé?

–Sí, era pronto, tenías que estar más en el mapa, pero ahora deberías sacar algo de material. No te va a doler, hazme caso.

–Bueno, eso seguro seguro tampoco lo dirás, ¿no?

–Hombre, seguro seguro, no. A ver si te crees que esto es como Ghost, que tengo poderes.

–¡Nooo! –digo gritando–. ¿Te acuerdas aquel día? En el bar de los locales de ensayo, que dos gilipollas discutían de cine y uno decía que Demi Moore era la mejor actriz de Hollywood.

–Sí, que decía que nadie como ella lloraba por el centro del ojo, que el de Ghost era el papel de su vida.

Jajaja, decía que era la Lina Morgan americana.

–Qué pena de vida, en serio. Jajaja.

–Bueno, pero la historia es buena, y ya sé que no me lo dices en plan de que ves el futuro. Si da igual, Sergio.

–No, yo te lo digo porque te conozco. Tú sigue escribiendo. Y ahora, ¿qué te queda de este viaje?

–Pues en una horas tendría que salir para Orense y luego Coruña.

–Ah, con los Pedrouzo, ¿no?

–Sí. ¿Te acuerdas de ese viaje, la primera vez que fuimos? Creo que fue Santiago, luego Ferrol y después Orense, en el Torgal. Madre mía ese viaje fue inolvidable.

–Sí, fue una “Giornata al Mare”. Yo lo recuerdo así: Fran y tú estabais empezando a trabajar en cosas juntos y el cielo estaba más alto que nunca. Un loco se agarraba a la furgoneta y no nos dejaba salir de Gijón, una pelea de viejos en medio del paseo marítimo y a mí me dolían las piernas. Tú conducías y el loco amarrado al parachoques. Llegar tarde a tocar, bellezas en la puerta, o dentro, no lo recuerdo. Miramos la parte de atrás de la furgoneta y solo quedaba sangre y dos dedos pulgares de una misma mano. Las canciones de La Costa Brava, después un grupo de seguidores mezclan no sé qué droga con jarabe para la tos, nosotros no tenemos nada que ver esta vez. Los móviles solo mandan mensajes tradicionales. Fran estaba feliz y nos contó que su primer concierto fuera de casa fue en Santiago, creo. Después todos nos separamos, y eso era algo raro. No sé vosotros, pero yo vi a Dios.

–Yo vi que solo tocaría con vosotros a partir de entonces, que mis días con Tachenko estaban contados, y me dio mucha pena pensar que no viajaría con Perruca muchas veces más. Después en la puerta del hotel, antes de entrar sentí una paz extraña. Pero tú a Dios no lo viste, no me vengas con misticismos.

–Después fuimos a Ferrol, una fiesta de la fonográfica. Os recuerdo a los dos en una de esas hamacas maya entre dos árboles. Sé de lo que hablabais y jamás lo conté a nadie, lo juro, pero no tenía perdón. Estabais gastando una bala de libertad. Era un concierto a domicilio que más bien parecía un festival de sueños.

–Tú te saltabas las pastillas, que lo sé, no tomabas tus dosis.

–Si yo no hablo de lo vuestro en la hamaca, tú te callas.

–De acuerdo. Espera, estamos llegando a Zaragoza.

–Nada, no te preocupes, salgamos del tren y cojamos otro de vuelta a Madrid. Tendrás que llamar para que te vengan a buscar a la puerta de la estación. Orense no está cerca.

Salimos del tren y dos tipos de esos que llevan americanas ver- des de tres tallas más que su medida nos vienen a buscar en un carrito. Nos montamos y esperamos veinte minutos allí, hasta que llega el de vuelta. Yo llamo a Tule y le digo que estaré en la estación de Atocha a las once y media. Él me dice que en todos los años que lleva de road manager no ha visto otra perversión igual. Que ya me vale, que ni heroína ni nada por el estilo, que a mí me da por pasar la noche recorriendo 650 kilómetros en tren, pero que ahí estará.

Una vez dentro vamos al bar, ya es hora de beber. Sergio pide un cognac y yo un whisky y seguimos hablando.

–Echo de menos a Evelyne –me dice.

–Aquí, en este otro tren, ¿no conoces a nadie?

–Sí, pero no me quieren con el respeto que lo hace ella. Espera que la vamos a llamar. Creo que termina el turno y que se venga de vuelta a Madrid. Ya verás, es un amor.

–¿Estás loco o qué te pasa?

–Deja, hombre, ella es como nosotros. Dame tu móvil.

A los treinta segundos entra ella por el vagón número cinco, cambiada, con ropa de paisano y el pelo suelto.

–Tómate algo, Evelyne, que nos vamos de vuelta a la capital.

–Me han dicho que has prometido un futuro brillante a una de las chicas de seguridad de Atocha –dice Evelyne mientras se toma un poco del vaso de Sergio.

–No, ese habrá sido otro Sergio que también comete delitos de los míos.

–Bueno, pero te aviso, esa es medio puta, la pobrecita. ¿Crees que la vas a poder llevar a tus eventos?

–Evelyne, te presento a Richi. Está un poco asustado pero pronto va a ser alguien, te lo digo yo.

–Sí, como la muchacha alta y morena de Atocha.

–Yo de eso ni puta idea –digo con voz entrecortada.

–Sergio, a mí me tienes para siempre, no te hagas el vivo. Vamos al cuarto del interventor que ahí podremos fumar y hablar más tranquilos.

Una vez dentro ella se queda medio desnuda y enciende un cigarrillo, nos mira atentamente y nos dice:

–Seguid con vuestras historias, yo sé lo que tengo que hacer.

–Bueno, pues volvamos con la “Giornata al Mare” –dice Sergio.

–Hablábamos de un viaje a Galicia, hace muchos años. Ahí fuimos felices, la verdad. En medio de una playa en calzoncillos, el frío en el alma y la certeza de que todo esto iba a terminar mal.

–Bueno, las cosas siempre acaban igual. Chicos, a vosotros os han querido mucho, eso siempre termina del mismo modo –dice ella mientras pide un vodka por la ventanilla–. ¿Alguien quiere algo más? ¿De qué tienes miedo, Richi? Dime, no pareces un cobarde.

–Pues, la culpabilidad, Evelyne. Se mete dentro de ti y no hay forma.

–Así vas a agotar a las mujeres. Nunca hables así delante de una mujer medio desnuda.

Mientras dice eso, Sergio se ríe y se rasca la cicatriz del pecho.

–A las mujeres desnudas no hay quien les hable, Evelyne.

–Bueno ya me callo, pero te diré una última cosa: a las mujeres desnudas no es que no se les pueda hablar, lo que no se les puede es mentir –dice mientras termina su vodka de un trago.

La cortisona me mantiene con energía pero llevo muchas horas sin dormir, no sé cómo voy a estar esta noche en Orense.

–Lo que recuerdo de aquel viaje a Galicia es que yo me volví en tren y Fran y tú os volvisteis pasando por Gijón, ¿verdad?

–Sí, fue genial, me ayudó con un par de dudas y paramos en una cuneta de una carretera de Lugo. Después una fiesta de pueblo pesquero, ahí bebimos y mezclamos y después llegamos a Gijón, eran las fiestas del Prado o algo así. Quería volver a Santiago y empezar otra vez de nuevo porque algo estaba mal en mi cabeza, pero volví dos días después a casa.

–¿Siempre hablas así de críptico o es porque yo estoy medio desnuda que no terminas las frases? –pregunta Evelyne mientras se acerca y besa a Sergio.

–No sé, yo es que no tengo mucha idea de cómo salir de un día de playa, quiero decir, me cuesta tomar decisiones. Pero si te quedas más tranquila, hace tiempo que se me olvidó que estás medio desnuda.

Jajaja, hay algo en los que formasteis parte de La Costa Brava que las mujeres nunca entenderán. Creen que van a vuestros conciertos a ver cómo os caéis, pero al final buscan desconsoladas hacerse daño ellas mismas.

–Tenía razón Sergio, tú eres bastante como nosotros –le digo con la seguridad de estar hablando en confianza.

Durante unos treinta minutos nos quedamos en silencio como si esto fuera algo cotidiano, pero no es así. Yo me siento en el suelo y reprimo mis ganas de llorar y Sergio respira con dificultad. Si pudiera, lloraría también. Pero eso los dos sabemos que no va a ocurrir. Me siento muy bien, la verdad, en medio de la tragedia, me siento genial. Lástima de tecnología, en muy poco tiempo llegaremos a Madrid otra vez y presiento que no lo voy a volver a ver nunca más.

–Sé lo que estás pensando, que no me vas a volver a ver más, ¿verdad? –me dice mientras vuelve a sacar los planos del garaje.

–Sí, la verdad es esa.

–Y a ti, Evelyne, ¿te voy a ver otra vez? –le digo mientras recoge los vasos.

–Bueno, la vida es cuestión de probabilidades. Pero no creo que sea fácil.

–Vamos a pedir la última copa, ¿no?

–Claro –dice Sergio–. Yo la anterior no me la termino, ya me cansé del cognac. Pide tres Tullamore Dew, siempre fue nuestro whisky preferido.

Terminamos la última copa y llegamos a Madrid. El tren para, y nos damos un abrazo mientras Evelyne no se separa de la pierna de Sergio, a la que abraza como si acabaran de bajar a Cristo de la cruz. Bajo las escaleras y piso el andén, camino un par de metros y me gritan al unísono.

–Pero Richi, más allá de todo, tú eres feliz, ¿no?

–No me jodas, Sergio. ¿Cómo me dices esto?

–No te agobies, aquí todos nos volvemos un poco maleducados, pero en serio, ¿eres feliz?

–Cómo voy a ser feliz, Sergio. ¿Tú sabes lo que estás diciendo? –le digo mientras camino sin mirarles. Y cuando me vuelvo continúan ahí con sus copas vacías en la entrada del vagón.

–¿Qué te pensabas? ¿Que ya no estaríamos? Venga, sigue tu camino, Richi, y tira para Galicia, la vida está bien si no te rindes. Yo te espero en Denver. Ten paciencia y no des pena, es lo único que te pido. Pasea por la playa y déjate de historias. Y tú, Evelyne, ponte algo que vas a coger frío.

–Vale, pero primero saca tu mano de mis tetas, ¿no?

–Uy, qué contrariedad, ¿no? Es que a mí tener la mano aquí me quita la ansiedad. Espera que olvidaba una cosa –dice mientras me tira una maletita metálica llena de “copas de yate”. Son bebidas del tren, pequeñas botellas de varias marcas–. Guárdalas, pronto os van a hacer falta. Un beso, Richi.

–Espera, casi se me olvida, ¿cómo es eso de estar en Denver, Sergio? –le digo mientras recojo algunas botellas desparramadas por el suelo.

–La muerte es como estar dentro de las canciones, Richi. El cielo lo vas construyendo en la tierra. No dejes de escribir hasta el final.

–Claro, Sergio, gran parte de lo que sé de esto lo aprendí de verte a ti. Pero ahora sé lo que cuesta. Nos vemos en Denver.

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