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INTRUSOS EN LA RED / 5

La comida de los sábados

Es la última vez que entran lenguados en mi casa y que yo entro en Internet para buscar una receta

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Estaba buscando en Internet la receta del lenguado menier, cuando caí en un foro de afectados por el síndrome de ménière. Pinché un caso y otro y otro y a las 12 del mediodía aún estaba leyendo historias increíbles de gente que escuchaba acúfenos y tinnitus, que así se llaman esos ruidos, y que sentían vértigos y náuseas desde la mañana hasta la noche. Los acúfenos y los tinnitus, nombres que suenan a insectos de la era precámbrica, vienen del interior de la bóveda craneal, de lo más profundo de la calavera, de modo que no te sirve de nada cagarte en el vecino de arriba ni llamar al 112.

El síndrome aparece de repente y desaparece de súbito al cabo de tres o cuatro años, a veces cinco o seis, como si se hubieran largado a otra cabeza. Los médicos no tienen ni idea del origen ni del desorigen de este conjunto atroz de síntomas. Aconsejan vasodilatadores, yoga, ejercicio físico, sodio, pero da la impresión de que lo aconsejan por aconsejar, como para hacer tiempo mientras el puto síndrome encuentra un cerebro más atractivo al que okupar tras dar una patada en el encéfalo.

A mí, dice uno de los participantes en el foro, me desapareció un día, debajo de la ducha. Acababa de enjabonarme el pelo, cuando noté que me faltaba algo y lo que me faltaba era el tinnitus. Salí de la bañera a ciegas, me detuve frente al espejo, con la cabeza sin aclarar en todos los sentidos, pues ni me había quitado el champú ni se me había ido la confusión, y esperé ansioso el regreso de los zumbidos, pero no regresaron. A mí, cuenta un tal Pedro Solipsista, de Soria, me desapareció el vértigo mientras me masturbaba, cuando estaba a punto de eyacular, y se me cortó el rollo, me corrí hacia dentro, como los budistas.

Había historias para todos los gustos, para todos los disgustos más bien, pero a mí me esperaban los lenguados en la cocina y a las dos, como todos los sábados, venían a comer mis suegros. Me lo recordó mi mujer:

—¿Pero qué haces todavía en el ordenador? A los lenguados se los van a comer las moscas.

—Estoy repasando la receta del menier, que hace siglos que no lo hago —dije yo.

La verdad es que el lenguado menier está tirado, su secreto es la salsa, a base de cilantro (mejor que el perejil), zumo de limón, mantequilla, y un poco de sal, todo ello mezclado en el aceite donde previamente se han freído o frito los lenguados debidamente sazonados. A lo que íbamos es que había en el foro de los afectados una murciana a la que habían atacado los vértigos y los acúfenos por primera vez mientras preparaba un lenguado a la menier para sus suegros.

—No sé —añadía la pobre mujer— si fue por la asociación entre una palabra y otra, que son tan parecidas, si fue porque odio a mis suegros, o porque soy un poco aprensiva, no sé, no sé, el caso es que estaba enharinando los peces cuando la cocina comenzó a dar vueltas y como aquello no me había ocurrido nunca creí que se acababa el mundo, o que se acababa Murcia al menos. Pero ni el mundo ni Murcia se acabaron, me acabé yo, porque esto es una mierda de vida.

Yo me había puesto un poco en guardia leyendo las historias de los unos y de los otros mientras los lenguados, con este calor, se pudrían sobre la encimera de la cocina. En esto, me pareció escuchar dentro de mi cabeza un ruido pequeño, como de alguien que intentara forzar un candado con una horquilla. Me levanté pálido, como un actor del teatro chino (o japonés, ahora no caigo), y le dije a mi mujer que los lenguados que los hiciera ella.

—¿Y eso?— preguntó extrañada, porque los sábados siempre cocino yo.

—Porque estoy hasta los huevos de cocinar para tus padres— le dije.

Sorprendida por aquel cambio de carácter, pues soy de natural pacífico, dijo que bueno que los haría ella, pero que le diera yo las instrucciones porque jamás los había hecho al síndrome ménière.

—No son al síndrome ménière, idiota, son a la menier, sencillamente. Lo del síndrome es otra cosa.

Así que me senté a la mesa de la cocina con un vaso de vino blanco y le fui diciendo haz esto, haz lo otro, y cuando la salsa comenzó a emulsionar, ¡zas!, el candado de dentro de la cabeza se abrió y cesaron los ruidos.

—¡Qué bien!— dije.

—¡Qué bien qué!— dijo ella.

—Nada, esto de que cocinen para uno.

Total, que le salieron mejor que a mí y nos los comimos muy a gusto, en compañía de los padres de ella, que son gente muy civilizada. Hasta el momento estamos todos sanos, todos bien, a gusto con nuestros trabajos y nuestras vidas, pero es la última vez que entran lenguados en mi casa y que yo entro en Internet para buscar una receta.

 

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