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OPINIÓN

Derribados por fuego amigo

Barón Rojo, en agosto de 2011.
Barón Rojo, en agosto de 2011.

Parafraseando al poeta, se podría decir: “De todas las historias del rock español/ sin duda la más triste es la de Barón Rojo/porque termina mal”. Si les suena melodramático, vean el documental de Javier Paniagua y José San Cristóbal, Barón rojo: la película, ahora disponible en DVD.

Paniagua había sido fan adolescente de Barón Rojo. Cuando supo que se reunía la formación legendaria, decidió pegarse a la banda. Y descubrió que, como antes, había dos parejas enfrentadas. Por un lado, los expatriados: el baterista Hermes Calabria y el bajista-cantante José Luis Campuzano, alias Sherpa, que abandonaron el proyecto en 1989. Al otro, los propietarios del nombre, los hermanos Armando y Carlos de Castro, guitarristas, que mantuvieron la banda con músicos contratados. Entre ambos sectores se cruzaron maldades pero la realidad era testaruda: Sherpa y Hermes no triunfaron fuera de la banda; los hermanos Castro pilotaban un Barón Rojo de visibilidad decreciente.

En 2010, se anunció que los irreconciliables saldrían de gira para celebrar los 30 años de su presentación en sociedad. El público lo quería —serían conciertos multitudinarios— pero la ambigüedad reinaba en el seno del cuarteto. Los realizadores recrearon el acercamiento entre las partes, con reuniones previas y palabras de buena voluntad. “Ellos no vetaron nada pero pronto vimos que había una tensión dramática, como una película de suspense. Rara vez estaban juntos, fuera del local de ensayo o el recinto del concierto. No confraternizaban. El conflicto se traduce en miradas, en silencios”.

Hasta que se llega al final de la gira en Baracaldo (luego se añadirán otras fechas). Y Sherpa explota mientras se apaga el eco de los aplausos: “¿Has visto? Ni un ‘hasta luego’, ni una cena de despedida”. Esta historia no tendrá un cierre satisfactorio para los dos disidentes.

Barón Rojo giró por el Reino Unido y se hizo ilusiones de entrar en el mercado internacional

Aparte de las rencillas internas, un resentimiento común a todos los músicos de rock urbano: al coincidir con “la movida”, se vieron ignorados por el foco mediático. Sherpa quiere interpretarlo como una venganza del Poder, supuestamente herido por canciones críticas como Resistiré o Los rockeros van al infierno, minusvalorando la capacidad de absorción de políticos y medios. Se hace evidente que, fuera de su circuito, su epopeya no se valora.

Pudo ser de otra manera. Barón Rojo grabó su segundo álbum, Volumen brutal, en doble versión: castellano e inglés; quería entrar en el mercado internacional. No fueron “número uno en Inglaterra”, una leyenda urbana sustentada en un fotomontaje realizado por el Departamento de Promoción de su discográfica. A pesar de esa ocurrencia, coinciden todos los recuerdos: Zafiro fue la peor compañía posible para el cuarteto.

En Barón Rojo, reciente libro de Mariano Muniesa en Quarentena Ediciones, se pinta el retrato de una industria estúpida y rapaz. Pero Muniesa también destaca la desidia de unos músicos aparentemente incapaces de rebelarse, de imponer condiciones mínimas de trato, de invertir en su propia carrera. Atados por la rutina, aparentemente sin managers resolutivos, continuaron unidos a Zafiro a pesar de saberse incompatibles.

A su modo, Barón rojo: la película cuenta una aventura heroica. Cuatro personas que se soportan mal, buscando el encaje necesario para dar conciertos de tres horas. Ejerciendo de coro griego, locutores, colegas, familiares de los músicos. Se palpa el deseo —por parte de Sherpa y Calabria— de que aquello se prolongue. Al lado, unos Castro reticentes, que sigilosamente están preparando su siguiente disco sin ellos, una versión en español de Tommy.

El desenlace resulta melancólico. Sherpa vuelve a tocar en acústico por pubs. Hermes palpa la crisis en su tienda de instrumentos y sigue dando clases de batería. Intenta no pensar en lo que pudo haber sido: “Coincidí en un aeropuerto extranjero con el avión de Iron Maiden, pintado con su nombre y su icono. Y me dio envidia. Recordé que Bruce Dickinson, su cantante, se subía al escenario con nosotros en Londres, en 1982. Perdimos aquel tren”.