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Festival Cannes 2013

Tras las huellas de Mengele

La argentina Lucía Puenzo evoca en ‘Wakolda’ el periplo sudamericano del científico nazi

La directora Lucía Puenzo, en Cannes. Ampliar foto
La directora Lucía Puenzo, en Cannes. GETTY

Durante mucho tiempo Josef Mengele, el ángel de la muerte de Auschwitz, estuvo en la Patagonia a su libre albedrío. Solo empezó a sentir miedo, y por eso se escondió en Paraguay, cuando el Mosad capturó en 1961 a Adolf Eichmann, el urdidor de la solución final. A esos meses, a ese Mengele que sigue con sus experimentos científicos protegido por alemanes exiliados, ha llegado Lucía Puenzo (Buenos Aires, 1976) con su tercera película, Wakolda, coproducción hispanoargentina que participa en la sección Una cierta mirada en Cannes.

Como sus dos anteriores largometrajes, XXY y El niño pez, Puenzo ha basado el guion en una novela precedente suya (en 2010 la revista Granta la eligió como una de las 22 mejores escritoras en español de menos de 35 años). En Wakolda Mengele cruza sus pasos con una familia que posee un hotel. La niña no crece con normalidad y además la madre está embarazada de gemelos: parecen terrenos abonados a las barbaridades médicas del científico nazi, que por supuesto se ve atraído por ellas. Y tras él, Puenzo: “Desde mi adolescencia he leído mucho sobre el nazismo porque ahí hay miles de películas posibles sobre centenares de jerarcas del Tercer Reich. La historia de Mengele es especial porque aunque estuvo en la cima del fanatismo y de la perversión nazi en realidad era solo un médico. Yo entré por ahí, porque me interesaba la fascinación por la genética de aquellos médicos, una idea que estaba en el corazón del nazismo. Me parecía contradictorio que un tipo como Mengele, alérgico a la sangre no pura, acabara en un continente tan mestizo como Sudamérica y viviera allí sus últimos 30 años, que pasó entre Argentina, Paraguay y Brasil. Se sumergió en el caldo que detestaba. Es increíble la impunidad con la que se movió, porque hasta su nombre aparecía en la guía telefónica”.

Al contrario que sus dos trabajos precedentes, la cineasta opta por un cierto clasicismo: “Es cierto que en lo formal es mi película más tradicional, porque queríamos mostrar limpio ese paraíso de montaña y grandes paisaje en el que está ocurriendo algo sórdido”. En cambio, repite con niños como puntos de vista: “En la novela hay más presencia de Mengele como un tipo que ve el mundo como un gran laboratorio en el que puede experimentar. En el filme entendí que la fuerza de la mirada de la niña haría que lo que le rodea parezca aún más virulento”. Para remarcar los terribles paralelismos con la II Guerra Mundial, el padre de familia tiene una pasión: arreglar muñecas. Y verlas en filas a docenas de ellas, observadas por Mengele, empuja al subconsciente del espectador a recordar el pasado del científico.

Pese a la niña, la función la roba Alex Brendemühl, el mejor actor menos conocido del cine español. De padre alemán, el intérprete ha decantado su caracterización hasta hablar el alemán con acento del sur de aquel país “porque Mengele era de allí”, con tono argentino. “Me preocupó el día que Lucía me envió el mail con la foto del médico y la mía a su lado para convencerme de que tenía que interpretarlo”, cuenta el barcelonés, que compone desde la gelidez y un cierto encanto un Mengele terrorífico. “Hasta el final de sus días creyó en las ideas nazis. Su solo nombre provoca terror. Pero debes, como todos los personajes, defenderle, arremangarte y meterte en él”. Y en ese terreno Brendemühl y Puenzo crean un canto helado al terror.

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