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crítica de 'tomboy'

Odio mi cuerpo

La mentira (o, de hecho, la verdad) de Laure reconvertida en Mickäel verá amenazada su fragilidad en una sucesión de rituales

Zoé Héran, protagonista de la película. pulsa en la foto
Zoé Héran, protagonista de la película.

Segundo largo de la francesa Céline Sciamma, que debutó con Naissance des pieuvres (2007) —película de despertar adolescente con una atracción lésbica en su centro—, Tomboy invita a pensar en otros dos títulos que, con registros diversos, abordaron el tema de la indefinición de género en el tránsito de la infancia al esbozo de la experiencia adulta: XXY (2007) de Lucía Puenzo y El último verano de la Boyita (2009) de Julia Solomonoff. En Tomboy, una familia llega a su nueva residencia en los días previos al inicio del curso escolar: son los últimos días de vacaciones y la hija mayor, preadolescente, decide acercarse al grupo de muchachos que juegan en los alrededores asumiendo la falsa identidad de un chico. La mentira (o, de hecho, la verdad) de Laure reconvertida en Mickäel verá amenazada su fragilidad en una sucesión de rituales lúdicos y cotidianos, que pondrán constantemente sobre las cuerdas ese joven cuerpo que desearía ser otro cuerpo o crecer bajo otra forma, la forma que exige su identidad en construcción.

TOMBOY

Dirección: Céline Sciamma.

Intérpretes: Zoé Héran, Malonn Lévana, Jeanne Disson, Sophie Cattani, Mathieu Demy, Noah Vero.

Género: drama. Francia, 2011.

Duración: 82 minutos.

La amistad entre Laure / Mickäel y Lisa, una niña que orbita alrededor del grupo de amigos primordialmente masculino, aportará una suave tensión sentimental condenada a resolverse cuando el limbo veraniego llegue a su fin. Tomboy logra una delicada fusión entre la silenciosa elocuencia de su protagonista, Zoe Heran, y el lenguaje sensorial empleado por Sciamma, capaz de transmitir todos los desvelos de ese cuerpo que no se afirma en la dirección deseada.