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Los misterios de un genio del grabado

La Biblioteca Nacional muestra los buriles, xilografías y aguafuertes de Durero

Las obras estás atesoradas en sus fondos y habitualmente ocultas

'La melancolía' (1514), buril. Ver fotogalería
'La melancolía' (1514), buril.

El arte del grabado, con su lenguaje de alta precisión, la maníaca adoración por el detalle y esa perfección abismal, siempre ofreció la tentación de la cábala, del mensaje oculto, de la conspiración tallada a golpe de buril. Buen ejemplo de ello es el conjunto de aguafuertes, xilografías, estampas y libros que nos dejó Durero (1471-1528), de las que la Biblioteca Nacional ofrece hasta el 5 de mayo una selección de 122 piezas en una exposición montada a partir de su colección, una de las más destacadas del mundo y habitualmente oculta.

Basta cruzar las salas y caminar directamente hacia el trío comúnmente llamado “las obras maestras del buril”, formado por El caballero, la muerte y el diablo, La Melancolía y San Jerónimo (también conocido este último como “las Meninas del grabado”).Más allá de los misterios puramente artísticos (marcan el abandono pleno del lenguaje gótico alemán para abrazar el renacentista), abundan los enigmas de otra naturaleza: ¿Quiso Durero realizar con ellos un estudio de los temperamentos del hombre, como sugiere el título del segundo o la S, inicial de sanguíneo, colocada al lado de la fecha del primero? Si así fue, ¿por qué no concluyó o prefirió no conservar el cuarto, el colérico? ¿Qué significa el uno en número romano que acompaña a la palabra Melencolia? Y sobre todo… ¿Qué clase de acertijo pretendió plantear y no resolver el artista con el cuadro mágico que hay sobre la cabeza de la mujer alada y cuyas filas, columnas y diagonales siempre suman 34?

Aquellos tiempos, el cambio entre el siglo XV y el XVI, eran desde luego propicios para las preguntas sin respuesta. Sociedades secretas de anabaptistas practicaban a escondidas el bautismo de los adultos, nacían cerdos de dos cabezas, desde Oriente llegaban unas bestias nunca vistas en Europa llamadas rinocerontes y todo lo inundaba el temor milenarista ante la inminente redondez del año 1500. Las sacudidas de una era convulsa no fueron ajenas a la labor de Durero como grabador, que Concha Huidobro, comisaria de la muestra, que antes de aterrizar en la Biblioteca Nacional estuvo en Tenerife el Espacio Cultural Cajacanarias (patrocinadores de la cita), desliga completamente de la faceta como pintor del artista (para apreciarla, lo mejor será acercarse al Prado o viajar a la Alte Pinakotheke de Múnich).

Esa labor la desarrollaría sobre todo cuando se mantuvo gracias a una pensión del emperador Maximiliano, que luego, a su muerte en 1519, vería renovada por Carlos V. Por lo demás, el grabado (que no siempre adquirió tintes esotéricos; también hay abundantes muestras de su costumbrismo) era una respetable forma de vida para Durero. A partir de un buril, por ejemplo, en su taller se hacían ediciones de entre 300 y 500 ejemplares.

La exposición también ubica su trabajo en el contexto histórico. Se incluye al principio del recorrido cronológico una muestra de las diferentes escuelas del grabado en aquella Alemania: en Núremberg, Augsburgo, Basilea, Estrasburgo o Sajonia se repartía el trabajo de artistas como Hans Holbein, Lucas Cranach, Hans Baldung, Albrecht Aldorfer o los Behan, Pencz y el resto de la Escuela de los pequeños maestros, así llamados, no por su genio disminuido, sino por el tamaño de las obras que acometían.

Después, el recorrido serpentea por la vida de Durero y su esposa Agnes, que no tuvieron descendencia, por sus viajes de formación (Italia) o negocios (Países Bajos) y por los libros que le dieron fama: su sobrecogedora interpretación del Apocalipsis o el meticuloso tratado De la simetría del cuerpo humano, que resultaría póstumo.

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