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Paulo Rocha enseñó a mirar al cine portugués

Referente de la vanguardia lusa, el rompedor director filmó ‘Verdes anos’

Rocha, en 2006.
Rocha, en 2006.

Paulo Rocha, uno de los más brillantes exponentes del denominado novo cinema português, fallecía el pasado 29 de diciembre a los 77 años, en un hospital cercano a Oporto. Había nacido también en esta esa misma ciudad, tras estudiar algunos años sin mucho empeño ni ganas la carrera de Derecho, viajó hasta París para aprender a hacer cine, que era lo que en realidad deseaba. Tuvo dos buenos maestros, pues tras su paso por el Institut des Hautes Études Cinématographiques trabajó como asistente de dirección del mismísimo Jean Renoir en Le Caporal Épinglé y de Manoel de Oliveira en Acto da Primavera y A Caça.

En 1963 filmaría su primera película, considerada por los especialistas como una auténtica obra maestra. En el filme Verdes anos describe la borrosa y extraña frontera existente entre los suburbios casi rurales de Lisboa y el final de un campo invadido día a día por los bloques de pisos.

Según la directora de la Cinemateca Portuguesa, Maria João Seixas, Rocha y este filme constituyeron la semilla del novo cinema português. Tres años después acabó la película Mudar de vida, calificada por el catálogo de la Cinemateca Portuguesa como “una de las obras más complejas y extremas de todo el cine portugués”. “Abrió las puertas, nos enseñó a mirar, el modo en que miramos y registramos imágenes en movimiento, lo que somos y lo que soñamos ser”, añadió Seixas, que dijo sentirse particularmente triste debido a que la muerte de Rocha se produce pocos meses después de la de Fernando Lopes, otro gran exponente de aquella generación original y pionera de cineastas de nacionalidad portuguesa.

A lo largo de su larga carrera filmó, además de documentales dedicados a la obra de De Oliveira, películas como A pousada das chagas (1972), O rio do ouro (1994) y A raiz do coracão (2000). En 1975 viajó a Japón, donde trabajó como agregado cultural de la Embajada portuguesa en Tokio, hasta 1983. Allí se enamoró de dos cosas: de la cultura y del cine japonés y de la personalidad de un escritor portugués de finales del siglo XIX que también vivió en ese país, Wenceslau de Moraes. A él dedicó dos de sus películas, A ilha dos amores (1982) y A ilha de Moraes (1983).

La prensa portuguesa ha recalcado su originalidad y su influencia en el posterior cine portugués. También un particular afán artístico perseguido en cada obra. “Cada una de sus películas es un objeto singular en el que hay una relación directa entre los personajes y la historia”, aseguraba hace unos días, en el diario Público, el realizador y profesor de Cine João Mário Grilo.