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Cyrano de Bergerac nunca muere

El éxito del montaje de Oriol Broggi en el Centro Dramático Nacional, con soberbia actuación de Pere Arquillué, lleva al autor del texto a recorrer los mil y un ‘cyranos’ del último siglo, destacando los de Depardieu, Flotats y el propio Arquillué

Gérard Depardieu encarnó a Cyrano en 1990. Ampliar foto
Gérard Depardieu encarnó a Cyrano en 1990.

Edmond Rostand estaba tan convencido del fracaso de su Cyrano de Bergerac que unos minutos antes del estreno, la noche del 27 de diciembre de 1897, pidió excusas a Constant Coquelin, el protagonista, y a la compañía del Théâtre de la Porte Saint Martin “por haberles embarcado en una aventura semejante”. Como dijo luego su amigo Jules Renard con una mezcla de admiración y envidia, la obra era “un magnífico anacronismo”: muy libremente inspirada en la vida del olvidado escritor francés del XVII, Cyranosurge, como una flor insólita, en un momento en el que imperan el naturalismo nórdico (Ibsen, Strindberg) y los vodeviles de Feydeau y Courteline. Rostand vende otra cosa. Vende una pieza popular y profundamente romántica que conjuga la comedia de aventuras y la pasión secreta, que pasa del melodrama intimista a las escenas bélicas del asedio de Arras; una función divertida, emocionante, entretenidísima, armada sobre una torrentera de verso que roza el virtuosismo. Y, desde luego, con un protagonista excepcional. Cyrano, ese insólito cruce entre Porthos y Alceste, ese librepensador que ha elegido el difícil camino de “ser admirable en todo”, seduce por su ingenio y su grandeza de espíritu, y conmueve por ese corazón que enmascara su sufrimiento con una finta, una broma, un hondo silencio.

Depardieu firmó un ‘cyrano’ arrollador, violento, sensible: le nominaron al Oscar

Los temores de Rostand duraron poco. En el entreacto, el público rompe a aplaudir, puesto en pie, y al final le premia con una ovación de veinte minutos. Georges Cochery, ministro de finanzas, prende su Legión de Honor en la solapa del dramaturgo, “para ir ganando tiempo”. Actitud premonitoria, porque Rostand recibirá la máxima condecoración francesa pocos días después, el 1 de enero de 1898. La función es un triunfo absoluto. Coquelin interpreta a Cyrano durante 410 noches en París y viaja luego a Londres y Estados Unidos. En Nueva York toma su antorcha Richard Mansfield, que protagoniza la versión inglesa, aunque el verdadero éxito lo alcanzará Walter Hampden en 1923, con 232 funciones, en la traducción de Brian Hooker, utilizada en todo el mundo anglosajón durante cuatro décadas, hasta que el novelista Anthony Burgess la traduce de nuevo.

Walter Hampden es el Cyrano por antonomasia del teatro americano durante la primera mitad del siglo veinte. Monta la comedia en 1926, 1928, 1932, 1936 y 1946, año en que se despide de la escena con una singular función de beneficio en el Ethel Barrymore Theater de Broadway: el nuevo Cyrano, José Ferrer, protagoniza cuatro actos, y Hampden se ocupa del quinto. A partir de entonces, el nombre de Ferrer queda unido para siempre al personaje de Rostand: lo encarnará en teatro, en televisión (1949 y 1955), y lo llevará al cine en dos ocasiones. La primera, en 1950, a las órdenes de Michael Gordon, le vale un oscar; la segunda, Cyrano y D’Artagnan, en 1964, es una considerable rareza de Abel Gance, con amplio reparto español (Rafael Rivelles, Julián Mateos, Alfredo Mayo, Laura Valenzuela), de la que José Luis Dibildos y Rafael García Serrano firman la versión castellana.

El actor Pere Arquillué. ampliar foto
El actor Pere Arquillué.

El Cyrano británico de la posguerra es, sin duda alguna, Ralph Richardson, que la lleva al Old Vic en 1946. Ese mismo año, Claude Dauphin protagoniza en Francia una flojísima versión cinematográfica en francés, dirigida por Fernard Rivers. La lista de actores que la han interpretado en la escena francesa sería interminable. Citemos los más destacados: Jean Martinelli en la Comédie (1946); el gran Daniel Sorano, que obtiene un enorme éxito con una versión televisada, en 1960; Jacques Weber, que en 1983 alcanza las 300 representaciones con una puesta de Jerôme Savary y repite el rol en 2006; Jean Marais (1970), Jean-Paul Belmondo (1990), y Francis Huster (1997). En la pantalla, la adaptación más completa, brillante y suntuosa es la superproducción que Jean-Paul Rappeneau dirige en 1990 sobre un guión de Jean-Claude Carrière: Gérard Depardieu es un Cyrano arrollador, violento y sensible, bigger than life, en un trabajo que recibirá una candidatura al Oscar, hecho insólito para una interpretación de habla no inglesa. La película, que obtiene diez premios César, alcanza un enorme éxito en Francia (cómo no) y en el resto de Europa.

El día del estreno (1897) Rostand creía que su obra iba a ser un gran fracaso

El texto de Rostand, que ya había conocido lecturas operísticas a principios del veinte, genera varias comedias musicales a partir de los años setenta. Salvo la compuesta y protagonizada por Domenico Modugno en Roma (1978), que dura dos años en cartel, casi todas las demás se estrellan. Christopher Plummer se lleva un Tony por el musical de Michael J. Lewis (con libro y canciones de Anthony Burgess), pero la función, estrenada en 1973 en el Palace de Broadway, echa el telón a las 49 funciones. Más estrepitoso (y reciente) es el batacazo en 2009 de Cyrano de Bergerac, que firmaron Leslie Bricusse y Frank Wildhorn, los responsables de Jekyll & Hyde: solo se estrenó en Tokyo, en japonés, y no pasó de las 20 funciones. Raphael, por cierto, estuvo a punto de hacerla en Madrid.

Josep Maria Flotats, en 1985. ampliar foto
Josep Maria Flotats, en 1985.

Por el contrario, montajes aclamados en el mundo anglosajón fueron, en Londres, el de la Royal Shakespeare (1983), con Derek Jacobi y Sinead Cusack, en el Aldwych; el de Anthony Sher (1997) en el Theatre Royal, y el de Stephen Rea (2004) en el National Theatre. En Nueva York hay que destacar la versión de cámara que protagonizó Frank Langella en el Roundabout (1980) y la que corrió a cargo de Kevin Kline y Jennifer Garner, dirigidos por David Leveaux en el Richard Rodgers Theatre, en 2007.

En nuestro país, Manuel Dicenta y Maria Dolores Pradera la representan en el Español, en 1955, a las órdenes de José Tamayo. Pasan treinta años hasta el gran montaje protagonizado por Josep Maria Flotats, dirigido por Maurizio Scaparro, con Rosa Cadafalch, Ramon Madaula, Abel Folk, Jaume Valls y un extenso reparto: es uno de los mayores éxitos de la historia del teatro catalán, que supone la puesta de largo de la compañía Flotats en el Poliorama y permanece casi un año en cartel. En 2000, Manuel Galiana y Paula Sebastián encabezan el cartel del espectáculo dirigido por Mara Recatero en el Español. En 2002, el Teatro Meridional ofrece en el Festival de Almagro una versión para cuatro personajes, que firma Alvaro Lavin, coprotagonizada por Marina Szerezevsky. En 2007, José Pedro Carrión y Lucía Quintana la llevan de nuevo al Español, en puesta de John Strasberg, de nuevo en el Español.

En 2011, Pere Arquillué se atreve a desafiar el poderoso recuerdo de Flotats interpretando a Cyrano, que nadie había encarnado en catalán desde entonces, y, además, en la misma versión de Xavier Bru de Sala. La función, dirigida por Oriol Broggi, coprotagonizada por Marta Betriu y Bernat Quintana, consigue un gran éxito de público y crítica en la nave gótica de la Biblioteca de Cataluña, en Barcelona. El segundo reto tiene lugar en la presente temporada: interpretar, a los pocos meses, la obra en castellano (2.600 versos, más de la mitad de los cuales corren a cargo de Cyrano), en una nueva versión que también firma Bru de Sala, en el Valle-Inclán de Madrid. Broggi solventa la multiplicidad de escenarios y tonos, Arquillué está pletórico de fuerza, ironía y emoción, Marta Betriu es una Roxane (aquí Rosaura) elegante y delicada, y el último acto tiene la sobria hondura de una película de Ford. No se la pierdan: está en cartel hasta el 6 de enero.