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EN PORTADA / VOCES DEL EXILIO

Mapa literario del destierro

Ocho libros clave resumen la experiencia de los escritores expatriados

Luis Cernuda, Las nubes (1937-1940)

Luis Cernuda.
Luis Cernuda.

Las nubes surgió a partir de unas nonatas Elegías españolas. Cernuda comenzó a escribirlo en Valencia y concluyó en Glasgow. Aquel marbete “elegía” aparece en dos poemas desolados y piadosos pero también había acompañado originariamente a ‘Noche de luna’, donde el astro contempla la destrucción del país, y en ‘A un poeta muerto’, dedicado al asesinato de Lorca por “la hiel sempiterna del español terrible”. Este registro admonitorio estuvo también presente en ‘A Larra con unas violetas’, y en ‘Impresión de destierro’ y ‘Un español habla de su tierra’, donde Cernuda cuenta su personal agravio. Pero lo que domina es la pulsión de muerte y fatalidad, que acude a veces a lo religioso o mitológico. Nos hallamos ante los versos más intensos que han inspirado la Guerra Civil y las funestas consecuencias de la victoria. (En La realidad y el deseo. Séneca. México, 1940).

Francisco Ayala, La cabeza del cordero

Francisco Ayala.
Francisco Ayala.

Pocos escritores vieron el exilio con tan despiadada claridad como Ayala: como un avatar de la vida y como una oportunidad de cambio. Fue el primero en preguntarse “¿para quién escribimos nosotros?” y en concluir que debían hacerlo para un público americano y para una España diferente. Pero, en tanto, aquella decisión requería una mirada lúcida al pasado. Esto es lo que nos siguen ofreciendo Los usurpadores y, en forma más explícita, los relatos de La cabeza del cordero. El que da título a la última serie analiza el proceso de asunción de su culpa por un desaprensivo vencedor de la guerra; el más doloroso, ‘El tajo’, la imposibilidad de redimirse de ella; el más desolador, ‘El regreso’, los desengaños de una vuelta prematura; el más simbólico, ‘La carta’, es una parábola familiar sobre la gestación de una absurda inquina. (Losada. Buenos Aires, 1949).

María Zambrano, Delirio y destino

María Zambrano.
María Zambrano.

En el barco que la llevaba a Cuba, Zambrano inició Pensamiento y poesía en la vida española, que marcó el reencuentro con la vida espiritual del país que abandonaba. La escena del desgarro previo quedó consignada casi al final de un conmovedor texto personal: Delirio y destino fue escrito a comienzos de los cincuenta, obtuvo un accésit del Institut Européen Universitaire, de Ginebra, y se corrigió y publicó en 1989, ya en España. Tiene mucho de novela autobiográfica, de fe de vida generacional y de atrayente panorama de la España republicana (y derrotada), todo ello mirado y sentido a la luz de una filosofía que guiaron la conciencia del destino y la ensoñación como vías de conocimiento: al fin, “la tragedia única es haber nacido”, pero también “nacer es proyectarse en un ser que aspira a la posesión del universo”. (Mondadori. Barcelona, 1989).

Rafael Alberti, Retornos de lo vivo lejano (1948-1952)

Rafael Alberti.
Rafael Alberti.

Desde su llegada a París en 1939 la añoranza de su tierra y su pasado acongojó a Alberti de un modo muy especial, que incluía la perplejidad, el enfado, el dolor y la emoción. Nuestro libro es una zambullida en el pasado, para recobrar “forma, línea, color, relieve, música”, cuando todo empieza a ser “errabundo coloquio sin palabras que entender”. Y el milagro —estos “retornos” líricos, que resultan tan asombrosamente físicos— nos trae los lejanos días colegiales, una mañana primaveral en la bahía de Cádiz, el Museo del Prado en los días de guerra… La segunda parte atesora los recuerdos de jornadas vividas con María Teresa León, su mujer. Y una tercera nos trae la presencia de un Lorca fantasmal, de su perro Niebla, de la poesía misma o de sus encuentros con Brecht y Éluard, inevitable tributo del Poeta a su Partido.  (Losada, Buenos Aires, 1952).

Juan Gil-Albert, Memorabilia

Juan Gil-Albert.
Juan Gil-Albert.

En 1947 Gil-Albert regresó discretamente de México y se mantuvo al margen de grupos y tendencias, hasta que halló las necesarias afinidades (editores jóvenes y biografías cercanas, como Gil de Biedma), ya en los primeros setenta. Fruto de ellas fue Memorabilia, que integra varias prosas a cuyo fervor, densidad y ritmo interior es difícil permanecer indiferente: hay dos más introspectivas —‘Concierto en mí menor’ y ‘No salir de mi asombro’— y una tercera, el texto epónimo del libro, que recoge sus recuerdos del grupo literario que hizo la revista Hora de España entre 1937 y 1939, que “debe ser leído como si hubiéramos muerto todos los de que se habla”. Las breves ‘Palabras vespertinas’ que lo cierran consignan que el escritor se declara “partidario, casi entusiasta, de esa potencia inclemente, y no obstante acogedora, a la que llamamos vida”.  (Tusquets. Barcelona, 1975).

Max Aub, La gallina ciega. Diario español

Max Aub.
Max Aub.

max Aub publicó en vida dos fragmentos ampliados de sus diarios: Enero en Cuba recogió su estancia insular en 1968 y La gallina ciega, su regreso a España en 1969. En su inicio, puso una execración de Franco; en su final, una zumbona carta al ministro solicitando su beneplácito para publicarlo. Y en medio, afirma: “No intenté ser imparcial”, porque “no soy juez, sino parte”. Le fastidió casi todo… Que las coquinas de 1969 no supieran como las de 1936, que España se hubiera convertido en el lugar de veraneo internacional y, sobre todo, que nadie se acordara de lo sucedido entre 1936 y 1939, ni de la vida cultural republicana, ni de quienes se fueron al exilio. Asistir a una comida con Luis Buñuel y Dámaso Alonso, o al reencuentro con el fascista Santa Marina son experiencias inolvidables, contadas en esta prosa conceptuosa y restallante. (Joaquín Mortiz. México, 1971).

José Luis Abellán, El exilio español de 1939

Mapa literario del destierro

Era sencillamente natural que Taurus editara el monumento bibliográfico que constituyeron los seis tomos de El exilio español de 1939, concebidos desde 1973 por José Luis Abellán y algunos amigos. Abellán agradeció la colaboración cordial de un activo exiliado, Manuel Andújar, y tuvo el tino de encargar al decano de los estudios sobre destierros intelectuales, Vicente Llorens, los dos ensayos que ocupan el primer volumen: ‘Emigraciones en la España moderna’ y ‘La emigración republicana de 1939’. También son memorables el estudio de Tuñón de Lara sobre los españoles en la Resistencia (2), el de Manuel Andújar sobre revistas del exilio (3), las útiles síntesis de los tomos 4. Cultura y literatura y 5. Arte y ciencia, así como los panoramas de 6. Cataluña, Euzkadi, Galicia, escritos por Riera Lorca y Manent, Martín de Ugalde y Ramón Martínez López.  (J. L. Abellán, director. Taurus. Madrid, 1976-1978. 6 volúmenes).

Manuel Aznar, El exilio literario español de 1939

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Nadie ha hecho tanto, ni de modo tan apasionado, por la memoria del exilio republicano como Manuel Aznar Soler y su grupo de investigación GEXEL (Grupo de Estudios sobre el Exilio Español), que tiene sede en la Autónoma de Barcelona y colaboradores fervientes en todo el mundo. Se citan aquí las actas del primer congreso (1998), que fue su revelación pública, pero a estas alturas acaban de aparecer las del IV, El exilio republicano de 1939: la segunda generación, que tuvo lugar en 2009. Su esfuerzo más significativo fue un congreso “plural”, Sesenta años después, que publicó sus actas entre 2000 y 2004. Pero quizá su legado más hermoso sea la espléndida colección Biblioteca del Exilio, que ha juntado a varios heroicos editores españoles y se reviste con un bellísimo diseño de cubiertas del granadino Juan Vida. (M. Aznar Soler, editor. Associació d’idees-GEXEL. Barcelona, 1998).

 

 

 

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