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OPINIÓN
Columna
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Ignorankia

"Corrupción, caos, desinformación y estafa están provocando nerviosismo en la audiencia"

David Trueba

No nos cansamos de comprobar cómo el orden narrativo de la ficción sirve para tranquilizarnos del caos de la vida. Es algo que los políticos solo practican durante la campaña electoral, cuando elaboran autoficciones sobre su dedicación, trayectoria, esfuerzo. Incluso los mitos de los últimos años se asientan en un planteamiento, nudo y desenlace interpretado como previsible y tranquilizador. Así, con Marilyn Monroe, Lennon, Ayrton Senna, Elvis Presley o Michael Jackson, sus adoradores intuyen un proceso narrativo casi perfecto.

Trasladado a la política esta estrategia particular nos proporciona un balcón perfecto para comprender por qué los últimos casos de corrupción, caos, desinformación y estafa, están provocando tanto nerviosismo en la audiencia. Finales fallidos, conclusiones escapistas, evasión de responsabilidades, perturban un relato coherente. Y no nos engañemos, la crisis, que es una crisis de confianza también, tiene un matiz doloroso en las sensaciones de abuso que el ciudadano padece. El caso de los largos fines de semana marbellís del juez Dívar se suma a un panorama de irresponsabilidad, tan dañino para las instituciones como para la fe de la clientela. Pero el rescate de Bankia es la cima final en la percepción de una enorme incertidumbre.

Los españoles, esposados a su sistema financiero como un paseante a su sombra, necesitan un relato tranquilizador que les permita tragar con una inyección multimillonaria de su deuda pública en el salvamento de una marca financiera. Pero nadie se lo ofrece. No hay consecuencias en una debacle capitaneada por el poder político madrileño y valenciano y consejeros y dirigentes de la entidad. Incluso en el borrado de pistas se ha elegido al Banco de España como elemento sacrificable de la función. Pero nadie rastrea los créditos concedidos y las razones ocultas que los justificaron, conduciendo a la ruina de la entidad. Todo queda suspendido a que una vez saneado, el banco se privatice de nuevo. Pero la credibilidad del ciudadano, condenado a la ignorancia, es masacrada por intereses repelentes. Mientras el relato carezca de conclusión razonable, todo será sospecha y sensación de engaño.

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