Contra los recortes, músicas del mundo

El festival Womad de Cáceres cierra con Ebo Taylor y Lenacay dos días de 'world music', para los que se contó con un 37% de presupuesto menos que el año anterior

El guitarrista y compositor ghanés Ebo Taylor durante su actuación, anoche, en la segunda jornada del XXI Festival Womad de Cáceres.
El guitarrista y compositor ghanés Ebo Taylor durante su actuación, anoche, en la segunda jornada del XXI Festival Womad de Cáceres.Esteban Martinena Guerrero / EFE

Pasada la medianoche, el vocalista de Lenacay, spin off de la banda barcelonesa Ojos de Brujo, rogó a ritmo de rumba, tempo apropiado para la súplica elegante, que en esta orgía de ajustes y de terrorismo deficitario luchemos por evitar que nos recorten la diferencia. Entonces, la cosa adquirió otro sentido. Quizá hayan amputado este año el 37% del presupuesto (que se suma al tijeretazo del 16% del anterior) al Womad de Cáceres, veterano festival gratuito de músicas del mundo que ayer clausuró su vigesimoprimera edición, pero no, no han podido con su arrogante cuestionamiento del discurso cultural dominante.

Quizá porque mucha de esta música llega de países para los que la crisis no es precisamente una noticia de última hora, los programadores superaron dignamente el hachazo público (financian el Ayuntamiento, la Diputación, la Junta y Caja de Extremadura). A la marea de pragmatismo neoliberal opusieron soluciones como colocar a la hora de los cabezas de cartel al ghanés Ebo Taylor, que si bien no suena a gran nombre es toda una leyenda oscura del highlife, estilo nacido en la África occidental de los años veinte y que halló su sentido más evolucionado en los sesenta y setenta, tras la hora efímera aunque feliz de las independencias del continente.

Taylor, de 76 años, podría ser algo así como el reverso luminoso y espiritual de su compañero en el conservatorio en Londres, el nigeriano Fela Kuti, levantisco padre de la revolución afrobeat. Al frente de un octeto formado por músicos de Estados Unidos, Europa y Ghana que responde al nombre de Afrobeat Academy, Taylor combinó éxitos de su carrera, como el delicioso arabesco funk Love and death, con temas de su nuevo disco Kwa bridge. La recuperación de su figura, una de esas historias de devoción musical y justicia poética, se debe al sello londinense Strut Records, que, tras difundir sus labores como productor, guitarrista y arreglista en los setenta y ochenta, lo sacó de su retiro para ponerle a grabar de nuevo y girar ante audiencias como las de ayer, cerca de 20.000 personas que abarrotaron con aire de fiesta popular la plaza mayor de Cáceres.

Sobre ese mismo escenario grande había actuado Deolinda, actualización heterodoxa de la gran herencia melancólica del fado, cuyos fans, muchos llegados de la vecina Portugal, se agolparon a la salida de los camerinos.

Aunque las sorpresas aguardaban sobre las tablas instaladas en la plaza de San Jorge, bellísimo anfiteatro formado por monumentos de piedra amarilla, que asistieron a los recitales Aziza Brahim, princesa saharaui del desierto, y Brassroots, conjunto de intérpretes de instrumentos de viento que lo mismo se adaptan a un contexto radicalmente diferente un himno oscuro de dubstep que un éxito de Luther Vandross de los ochenta. Lo que sobre el papel pudo parecer una burda apelación a la memoria colectiva del pop, en la práctica fue una fiesta sin ambages pilotada por un trombonista tremendamente dotado para el espectáculo.

A más de uno le costó en los primeros compases del concierto de clausura reconocer en la banda mestiza Lenacay el espíritu de Ojos de Brujo, la previa y exitosa encarnación de tres de sus miembros. Tras una disolución dramática, por decirlo de un modo suave, se esfuerzan por emerger de las cenizas de aquel éxito para olvidarlo ellos y hacérselo olvidar a los demás. Pero lo cierto es que su fórmula, flamenco y rumba con elementos de rap y electrónica, mezcla que funcionó a ratos, no difiere a primera vista tanto de la anterior.

Cuando un desenfadado himno “compuesto en pitinglis” a las Ramblas de Barcelona y, por extensión “de cualquier ciudad del mundo”, cerró su recital, se fundió en la noche cacereña la masa, una heterodoxa mezcla de familias con niños, practicantes de la religión del botellón y aficionados a la world music atraídos por el reclamo de la marca Womad, invento multinacional de Peter Gabriel que celebra su 30 aniversario. Escuchar cómo los atronadores altavoces de un garito cualquiera volvían a servir la habitual mezcla de pachanga y música dance de garrafón sirvió entonces para recordar la obviedad: la mejor manera de evitar que nos recorten la diferencia es cultivarla con obstinación.

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