PURO TEATRO
Columna
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Barceló y los malvados de Shakespeare

Manel Barceló llena cada noche la barcelonesa sala Muntaner con 'Los malvados de Shakespeare', de Steven Berkoff, un descomunal tour de force que alterna drama y comedia, y en el que interpreta a todos los personajes

 Hará doce años, Manel Barceló se sumergió en el mundo de Shakespeare para ofrecernos aquella joya llamada Shylock, de Gareth Armstrong, que contemplaba al judío de Venecia como eterno chivo expiatorio, y nos hablaba también de sus principales intérpretes (de Burbage a Anthony Sher) a través de los tiempos. Casi por las mismas fechas, Steven Berkoff, el eterno chico malo del teatro británico, presentaba sus Shakespeare’s Villains en el West End, pieza que “liberó” recientemente para que puedan representar otros. Así ha podido hacerse con ella el actor catalán, en una estupenda versión de Màrius Serra (Els dolents de Shakespeare), dirigida por Ramon Simó, con la que llena cada noche la barcelonesa sala Muntaner. Pronto debería girar por toda España, porque es un espectáculo ideal para tiempos de crisis: un solo actor interpretando a una decena de protagonistas y a una treintena (y me quedo corto) de secundarios. A primera vista, Los malvados de Shakespeare se acercaría a esos recitales de grandes textos salpimentados con pinceladas didácticas o de memoria actoral, en la línea del Sweet William de Michael Pennington, pero la comicidad gamberra y provocadora de Berkoff permite que Barceló despliegue sus muchos talentos en un continuo cambio de tonos y registros, como se advierte desde el comienzo: el actor “resume” Otelo como si fuera una entrada de clowns o una función de marionetas y nos corta la risa en seco cuando Yago, mortalmente serio, expone sus planes en su primer aparte. La línea humorística, entre pantomima y farsa, donde se multiplican los secundarios que asoman y desaparecen como en un pimpampum frenético (actores, críticos, público imaginario) hace pensar en maestros mímicos como Dario Fo o Caubère, y en la gama sardónica, contagiosa y popular de El Brujo. “Shakespeare”, nos dice Berkoff / Barceló, “creó a los mayores hijos de puta de la historia de la literatura”. Y acto seguido procede a establecer un escalafón de la maldad, según el cual Yago sería un “malvado mediocre”, carcomido por una pasión tan baja como la envidia, mientras que Ricardo III sería el canalla “genial, brillante, satánico, encantado de hacer el mal”. Barceló está espléndido en el monólogo de apertura de la tragedia (“este es el invierno de nuestro descontento”) y luego hace brillar las pinceladas satíricas de Berkoff, que van desde la pulla festiva y ocurrente (la eterna maldición de los actores ingleses que hacen Shakespeare, siempre medidos en relación con Olivier y Gielgud; la reina nombrando caballeros como quien pone tornillos en cadena; la graciosa imitación de Al Pacino en Looking for Richard, mareado por el diluvio de instrucciones de los “expertos” en el pentámetro yámbico) hasta la cabestrez pura y dura, como equiparar a Charles Spencer, crítico del Telegraph, con Hitler y Bin Laden. Hay, para mí, una constante: el trabajo actoral de Barceló me parece muy superior a la mayor parte de los textos de Berkoff, que incurren en no pocas obviedades y están un tanto sometidos a la búsqueda del efecto cómico o a la provocación por la cara. Así, la visión de Macbeth como “aspirante a villano” y Lady Macbeth “desfeminizándose para ocupar el rol masculino” roza lo trillado, y lo que realmente nos deslumbra son los dos monólogos (“hasta el cuervo está ronco de graznar” y “si darle fin ya fuera el fin”) que preceden al asesinato de Duncan: no es cosa fácil saltar de la teoría o la humorada al centro de la situación para alcanzar en el acto, como hace Barceló, la exacta temperatura emocional. Algo más arriesgada (pero bastante discutible) es la visión de Shylock, a quien Berkoff considera un arquetipo feroz, un malvado “por razón social”, dictado por las normas de la época y pasteurizado después, afirma, por la corrección política: un villano, pues, dispuesto a hacer pagar con sangre todas las humillaciones recibidas, no muy distinto del Judío de Malta de Marlowe. Esta teórica choca frontalmente con la interpretación del actor, que en el encuentro con Antonio culminado por el pacto de la libra de carne nos hace ver a un Shylock esencialmente humano y al que, para decirlo a la manera de Sabina, le sobran los motivos. Ese contraste vuelve a repetirse en el tercio final: la equiparación entre Coriolano y Bill Clinton, enfrentados ambos, según Berkoff, a los requerimientos de un senado “popular”, no se sostiene ni con pinzas, y lo que realmente importa es la invectiva de Barceló.

Donde mejor funciona la mixtura de análisis guasón y juego dramático es en la parte central dedicada a Hamlet, al que Berkoff presenta como un asesino en serie que, a diferencia de Ricardo III, no lo parece, “y que en cuestión de dos meses pasa de estudiante introvertido a cargar con seis muertos sobre su conciencia”. El texto, muy hábilmente construido, arranca con la escena del fantasma, sigue con las imaginarias y muy divertidas reacciones de Claudio ante la representación de La ratonera (que nos permiten atisbar el secreto, digno de Zoolander, de “la mirada cuádruple”, y no digo más) y justo en la mitad se mete en un jardín que ni Faemino y Cansado: como un malabarista, Barceló hace crecer y sostiene en el aire todas las tensiones del careo entre Hamlet y Gertrudis (asesinato de Polonio incluido) y al mismo tiempo entra y sale arlequinadamente de los personajes interpretando a sus actores respectivos, en un pasaje paralelo donde a) la actriz se da cuenta de que ha perdido un broche esencial para la acción y b) el actor se ve forzado a una improvisación delirante para salvar la papeleta. La galería de villanos acaba con una pirueta menor, pero decididamente simpática a partir de El sueño de una noche de verano: a ojos de Berkoff, Oberon sería un narco isabelino, que hace esparcir el polvillo mágico para poner en evidencia a Titania y sembrar el caos amoroso en el bosque, y Puck, claro está, el camello de turno. Uno sale de Los villanos de Shakespeare con todas las dudas sobre el texto apuntadas más arriba pero con una certeza absoluta: ha presenciado un descomunal tour de force de Manel Barceló de casi dos horas de duración sin mirar el reloj ni por un momento. O

Els dolents (Shakespeare’s Villains), de Steven Berkoff. Versión de Màrius Serra. Dirección de Ramon Simó. Intérprete: Manel Barceló. Sala Muntaner. Barcelona. Hasta el 8 de abril. www.salamuntaner.com.

http://blogs.elpais.com/bulevares-perifericos/

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