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Hitos para un Arco de transición

Recorrido por algunas de las propuestas más interesantes de una feria que arrancó con optimismo por las primeras ventas

Una obra del canadiense Marcel Dzama en ARCO. Ver fotogalería
Una obra del canadiense Marcel Dzama en ARCO.

Arco es uno de esos sitios en los que se opina mucho. Continuamente. Y muy rápido. De esos lugares, como los festivales de música, los desfiles de moda o las subastas de letras del tesoro, en los que, si uno no tiene muy claro qué decir, ya puede empezar a inventárselo. “Este año hay más pintura”. “El arte político está por todas partes”. O “los extranjeros comprarán más que los españoles”. El caudal está a la altura de los estímulos que ofrecen 215 galerías y 3.000 artistas. La urgencia, también. De modo que en la feria, cuya 31ª edición arrancó con la misma incertidumbre que atenaza el resto de las cosas europeas, se da un fenómeno curioso: al final de la mañana de la jornada inaugural, la de coleccionistas y profesionales, todo ese flujo opinativo deriva en algo así como un pensamiento único. Un veredicto. El de este Arco el miércoles día 15 a la hora de comer era el siguiente: la feria presenta un buen nivel artístico, si bien menos atrevido, lo cual no es necesariamente malo, que en pasadas citas. Y se va a vender. Bien. Sorprendentemente bien dadas las circunstancias.

Lo último, más que una opinión, se antojaba toda una realidad, tan tozuda como los puntos rojos que mostraba una de esas frutas de Ai Weiwei presentada por Ivorypress, que debuta en la feria para elevar el tono de las superestrellas del arte con su desfile de grandes nombres. Precio: 50.000 euros. Los galeristas retiraban piezas de sus espacios con cara de recobrar una sensación olvidada (el gozo de la venta), mientras Helga de Alvear sentenciaba: “Vendemos espiritualidad y la gente está necesitada de ella”.

Nueva distribución de las veteranas

La galerista y coleccionista Helga de Alvear es una de las que se ha prestado en esta edición a nivelar la vieja norma que dice que hay dos espacios en Arco: el de corte más clásico (esos bacons y tàpies), frente a las propuestas más rompedoras. En esta ocasión, además se ha roto la tradición de que las galeristas madrileñas más veteranas (de Soledad Lorenzo a Juana de Aizpuru o la propia De Alvear) se arraciman en torno a una plaza que simboliza el poder del mercado español. El núcleo ha quedado por tanto separado por decisión de la organización.

Arriba, en la imagen, un delicadísimo teatro del enigmático artista canadiense Marcel Dzama. La pieza sirve además para ilustrar una de las tendencias más claras de una feria que se presenta sin duda contenida. Hay mucho collage y dibujo, piezas íntimas para momentos difíciles. El espacio fue uno de los más exitosos en ventas en los primeros compases.

Enfrente, los coleccionistas, los añorados coleccionistas, se paseaban con sus listas con el ansia del aficionado irredento, porque sí, en esto, también han quedado (y todo indica que quedarán) los que no estaban de paso en los años del boom. Como los Rubell, pareja de legendarios coleccionistas de Miami, que ayer compraron cuatro obras del pintor español Secundino Hernández.

Ajenos a las interioridades de la venta (esos descuentos crecientes, los muchos grises del interés y las transacciones por cerrar acabada la feria) el común de los mortales paseaba (y paseará hasta el domingo) con el comprensible despiste. Para guiarse en la jungla (artística y de opiniones) de Arco, esta es una propuesta de recorrido por algunos de sus hitos.

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