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Del bodegón a Ferran Adrià

Una exposición en La Pedrera explica el diálogo entre gastronomía y arte

Muchos libros acaban en películas, unos pocos en exposición. Es el caso de Comida para pensar, pensar sobre el comer, una reflexión escrita sobre el universo creativo de Ferran Adrià, la cocina de vanguardia y su relación con el mundo del arte, que en 2009 firmaron el artista Richard Hamilton y Vicente Todolí, por entonces director de la Tate Modern de Londres. Catalunya Caixa le ha puesto imágenes al libro reuniendo 130 obras de 76 artistas para la exposición El arte del comer. De la naturaleza muerta a Ferran Adrià, que se puede ver en La Pedrera hasta el 26 de junio y que recorre cinco siglos de relación entre gastronomía y arte desde los bodegones del siglo XVII hasta nuestros días. "Adrià no es la causa de la exposición, sino el efecto de esa relación de siglos que desemboca cuando el cocinero fue invitado por la Documenta de Kassel en 2007 con el consiguiente debate que se generó", explicó Àlex Susanna, director de la Obra Social de Catalunya Caixa, durante la presentación.

La exposición empieza con dos abigarrados bodegones flamencos creados en el siglo XVII: Bodegón con sirvienta, de Paul de Vos, en el que los animales muertos y a punto de ser cocinados llenan la tela, y Puesto de frutas con pareja, de Pieter van Boucle, en el que las frutas activan la salivación y los jugos gástricos del espectador, seguidos de otros más austeros como Bodegón con granadas, del rey del bodegón español Luis Meléndez. Junto a ellos y con la intención de subvertir que destila toda la exposición, el espectador descubre otros bodegones actuales de la mano de Sam Taylor-Wood y su videolienzo Naturaleza Muerta (2001) en la que unas apetitosas frutas acaban descompuestas en tres minutos, y el de Ori Gersht, en la que un disparo fulmina una granada que forma parte de una composición con estética que recuerda a las de Zurbarán.

Plinio el Viejo aseguró que el bodegón era un arte menor y su opinión ha perdurado durante los siglos. "Los retratos y la pintura religiosa estaban mejor pagados, pero los artistas no hacían ascos al bodegón para ganarse la vida", aseguró la comisaria Cristina Giménez. Pese a eso, casi todas las épocas y pintores se han acercado al género. Es el caso de grandes como Isidre Nonell (Naturaleza con arenques), René Magritte (Souvenir de viaje), Salvador Dalí (Dos trozos de pan expresando el sentimiento del amor), Juan Gris (Mesa delante de un edificio), Picasso (Frutero) y los tomates y pimientos que Barceló pintó en 2010, todas en la exposición. La selección de Giménez deja ver que el interés no ha decaído en nuestros días. Sardinas, cebollas, panes y huevos son los objetos que fotografió Wols a mitad del siglo pasado, mientras que Mona Hatoum ?cuyo biombo de acero formado por tres ralladores es la imagen de la exposición?, fotografió a una docena de cabritos y un par de vacas tras ser descuartizados en un matadero.

A lo largo de la exposición varias obras sorprenden al visitante. Es el caso del sillón de carne cruda creado por Jana Sterbak para la exposición. La autora diseñó en 1987 Vanitis, un vestido de carne que ha inspirado, años después, el atuendo que Lady Gaga lució recientemente atribuido a Franc Fernández; una de las 90 latas de la polémica obra de Manzoni Mierda de artista (1961), que el autor dijo haber llenado con sus excrementos y que ha acabado alcanzando una gran cotización en el mercado del arte, y El invitado, un poema objeto de Joan Brossa en el que junto a una mesa preparada para un rico banquete hay un garrote vil como silla. Mientras que las botellas de Coca-Cola con mensajes ocultos de Meireles, las de aceite de Beuys, la tostadora de Richard Hamilton, la olla con mejillones de Broodthaers, la estantería de Suboth Gupta y la carta de amor de Wim Delvoye, escrita en árabe con piel de patatas, tampoco pasan desapercibidas.

La exposición recoge el ejemplo de tres artistas metidos a cocineros en las décadas de 1970 y 1980 que postularon la actividad del restaurante como un hecho artístico. Es el caso de Spoerri en Düsseldorf, donde creó cuadros a partir de los restos de comidas, el Food de Gordon Matta-Clark y El Internacional del catalán Miralda, "el primer tapas-bar de Nueva York", dijo el propio artista durante la inauguración. El recorrido concluye "reivindicando la figura de Adrià y su papel como generador de arte, no por sus creaciones, sino por ser fuente de inspiración", aseguró Susanna. Es el caso de Hans Gissinger, que ha fotografiado texturas del agua, Bruno Montovani, que compuso una suite de 35 piezas tras cenar en El Bulli y Francesc Guillamet, cuyas imágenes de los platos creados por Adrià "tienen un valor artístico pero también histórico", según Susanna.