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"Me siento cómodo imprimiendo el caos"

El croata Zoran Drvenkar rompe moldes temáticos y estilísticos en la novela negra con 'Sorry'

Zoran Drvenkar (Krizevci, Croacia, 1967) tuvo un sueño. Noble pero extraño como es él mismo, escritor de madre serbia y padre croata instalados en Alemania desde que cumplió los tres años. El sueño: "Estaba con tres amigos jóvenes y les decía que podrían abrir una agencia para pedir perdón en nombre de otros; me medio desperté y me apunté el nombre de la empresa en la mano; al día siguiente me pareció que era una buena idea para una novela con una crítica social sobre las condiciones laborales de los jóvenes treintañeros de hoy". El nombre de la agencia es hoy el título de la obra, Sorry (Seix Barral), rompedora e impactante en forma y fondo: la imparable firma berlinesa acabará recibiendo el encargo de pedir perdón a una mujer torturada hasta la muerte. Su tarjeta de presentación: 100.000 ejemplares vendidos en su país, premio Friedrich Glauser 2010 a la mejor novela negra de Alemania, Suiza y Austria y seleccionada en el último Festival de Berlín entre los 12 mejores libros para ser llevados al cine.

Que alguien pague para disculparse o, aún más, sólo que piense en hacerlo, suena hoy en este mundo más absurdo que nunca. "Sería bonito pensar que una agencia así funcionara, cierto, pero creo que la gente común sí tiene sensación de culpa; quienes no siente esa necesidad son los que tienen mucho dinero; es un sentimiento incompatible con ellos". ¿Hace la agencia de sucedáneo laico de la religión? "Los cuatro chicos de Sorry son mejores que la Iglesia porque ante ellos nadie se tiene que arrodillar; se trata de un tema de comprensión y no tanto de decir: 'Rece 20 oraciones y ya está perdonado': en ese proceso allí no hay nadie cuando lo que la gente necesita es descansar, apoyarse en alguien. Nunca he pensado que la religión funcionara: se basa en el miedo y la culpa, una gran excusa para no hacer las cosas por ti mismo".

La novela destila dosis notables de violencia tácita y explícita, quizá fruto de la genética del escritor. "Sí, quizá haya rabia balcánica en mi sangre pero no viene tanto por las guerras como por mi carácter formado en un ambiente familiar donde mis padres se enfadaban enseguida entre ellos y con el mundo; la guerra de mi ex país ya lo exorcicé en otra novela, Yugoslavia gigoló, donde un joven de 22 años reclutado por el ejército decide desertar y huir a Alemania y para ello se prostituye; pero esa actitud beligerante de mi pueblo está: mi hermano se fue de casa para alistarse en el ejército croata: por suerte, estaba gordito y lo mantuvieron lejos del frente dos años haciendo zanjas".

En Sorry el lector no puede estar tranquilo ni un instante y no sólo por lo que se cuenta: los cambios de punto de vista narrativo y la interpelación al lector son constantes; los flash-backs van y viene a velocidad de vértigo... El registro es osado: "Miremos la música, el cine, Internet..., como escritor me siento parte de esta multidisciplinariedad y por ello empieza a ser aburrido escribir clásico, lineal: aún hay demasiadas novelas hoy en las que te puedes saltar 20 páginas y no pasa nada; yo nunca pienso en el lector, no estoy a su servicio: me gusta crear confusión, dejarle perdido y luego salvarle". En cualquier caso, él mismo, admite, quedó exhausto al acabar la novela. "Siempre escribo por piezas, como un puzzle que debo configurar; tengo escenas que quiero proyectar, pero nunca sé donde voy; en la novela con la que estoy ahora sólo sabía la última palabra del libro, ni tan siquiera la frase... Todos mis libros son así, me siento a gusto imprimiendo el caos y luego poniendo orden y sentido a las cosas y al mundo".

Como cree Drvenkar que un escritor debe mirar a su alrededor siempre e investigar sobre lo que no acaba de comprender, Sorry ofrece también gratamente un sutil retrato de la generación que hoy tiene entre 28 y 35 años, gente faltada de garantías y certezas sobre ellos mismos, poco constantes e inestables en lo emotivo, según el texto. Parece conocerles bien: "Hace 14 años, un chico de 19 vino a verme porque leyó algunas de mis novelas juveniles y él quería ser escritor; me presentó a sus amigos y les he ido tratando; es una generación con unos códigos que no acabo de entender, están como aletargados: tienen demasiado y además han perdido la capacidad de expresar sus sentimientos, son más cerrados que mi generación".

Disfruta haciendo de sociólogo: "No soy un escritor de novela negra. ¿Influencias? Pues unas 200, de las cuales un 20% conforman mi escritura", zanja. Y vuelve a los treintañeros de hoy: "En algún momento se han saltado la etapa rebelde y fingen estar muertos, pasivos, aletargados para que no les afecte demasiado nada; eso se ve bien en lo laboral: han perdido el respeto hacia sí mismos porque saben que son fácilmente intercambiables... Si no lo leyeran así, habría habido ya una revolución". De alguna manera, ni que sea en lo literario, él la ha empezado por ellos.