Aventura descreída
Nacida originalmente en 1997 como libro ilustrado por entregas, "Stardust" fue una obra conjunta del escritor y guionista de cómics Neil Gaiman y el exquisito dibujante Charles Vess que intentaba legitimar una lectura adulta de los cuentos de hadas sin recurrir a la transgresión de su modelo por la vía de la distancia irónica.
Dos años más tarde, Gaiman recuperó su texto para publicarlo en forma de novela breve, en un intento de consolidar una paralela carrera literaria que se había abierto con el libro "Buenos presagios" (1990) -co-escrito junto a Terry Pratchett-. Esta adaptación firmada por Matthew Vaughn -autor del sobresaliente ejercicio de brit-noir "Layer Cake" (2004)- llega a las pantallas en un momento en el que el talento fabulador de Gaiman parece cotizar al alza en la industria del cine: el escritor también firma, junto a Roger Avary, el guión de "Beowulf", última propuesta de animación hiperrealista firmada por Robert Zemeckis de estreno inminente.
De momento, "Stardust" no es motivo para entusiasmarse en exceso: Gaiman fue, junto a Alan Moore y Grant Morrison, el vértice de una vanguardia de guionistas británicos que trasladó al lenguaje del comic-book -no necesariamente de superhéroes- la ambición formal y conceptual de la mejor narrativa post-moderna, pero su salto a la literatura rebajó su condición a la de fabulador dotado, pero no especialmente deslumbrante. De momento, su paso al cine parece cobrarse también su precio en cuestiones de riesgo.
Relato de iniciación con joven en busca de una estrella caída para su amada que regresará transformado en héroe, "Stardust" (la película) intenta dar coherencia visual al delicado universo imaginario de Gaiman: lo que en la novela breve era gozosa lógica arbitraria, en la pantalla es ficción descreída y errático carrusel de opciones estéticas que no siempre funcionan. Vaughn no cree en su mundo de príncipes espectrales, brujas sedientas de sangre y estrellas caídas y deslenguadas. Uno de los personajes secundarios de la historia, el capitán Shakespeare (Robert De Niro), podría funcionar como símbolo de la propia película: la fachada de un pirata furibundo que necesita cerrar la puerta de su camarote para sacar su pluma. Lo que ocurre es que el espectador no tiene por qué ser necesariamente tan comprensivo como la tripulación de Shakespeare: notar que el capitán desearía estar en otro lado no contribuye a que nos creamos la aventura, aunque esta sea sólo espejismo.
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