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LECTURA

Mao: la historia desconocida

Un libro de Jung Chang y Jon Halliday

ELPAIS.es publica en exclusiva, en colaboración con la editorial TAURUS, el primer capítulo del libro 'Mao: la historia desconocida', que llega hoy a las librerías de toda España

PRIMERA PARTE

El creyente tibio

Mao Zedong (Mao Tse-tung), que durante décadas ejerció un poder absoluto sobre la cuarta parte de los habitantes de la Tierra, fue responsable de la muerte de más de setenta millones de personas en tiempo de paz. De ningún otro líder político del siglo XX puede decirse tanto. Mao nació el 26 de diciembre de 1893 en el seno de una familia de campesinos del valle de Shaoshan, provincia de Hunan, el corazón de China, un lugar en el que sus antepasados llevaban viviendo quinientos años.

Era un mundo de antigua belleza, una región húmeda y templada cuyos montes, brumosos y ondulados, acogían a los hombres desde el Neolítico.

Los templos budistas de la zona se remontaban al reinado de la dinastía Tang (618 d. C.-916 d. C.), época de la introducción del budismo en China, y estaban todavía abiertos al culto. En los bosques cercanos crecían casi trescientas especies de árboles —arces, alcanfores, metasecuoyas y los rarísimos ginkgos— que cubrían la región y daban cobijo a los tigres, leopardos y jabalíes que todavía rondaban por la zona. (El último tigre lo mataron en 1957). Esos montes, que no atravesaban ningún camino ni río navegable, aislaban el pueblo de Mao del resto del mundo.

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Ni siquiera a principios del siglo XX acontecimientos tan relevantes como la muerte del emperador (1908) tenían eco en aquellos parajes, hasta el extremo de que Mao no conoció esa noticia hasta dos años después de haberse producido y cuando estaba fuera de Shaoshan.

El valle de Shaoshan mide aproximadamente 5 por 3,50 kilómetros. Las seiscientas familias que habitaban en él en 1893 cultivaban té y bambú y uncían búfalos para arar los arrozales. La vida cotidiana giraba en torno a estas actividades ancestrales. Yichang, el padre de Mao, nació en 1870. A los diez años se prometió en matrimonio con una niña de trece de un pueblo situado a unos diez kilómetros de Shaoshan, al otro lado del Paso del Tigre que Reposa, donde los tigres se tumbaban a tomar el sol. Esa distancia tan corta era suficiente, sin embargo, para que en los dos pueblos se hablaran dialectos que no tenían casi nada en común. Por ser niña, la madre de Mao no tenía nombre: como era la séptima hembra del clan Wen, la llamaban Séptima Hermana Wen. De acuerdo con una costumbre centenaria, llevaba los pies encogidos —prensados— y vendados, para que se convirtieran en «lirios dorados de ocho centímetros», que en la época constituían el epítome de la belleza.

Su compromiso con el padre de Mao respondía a una costumbre consagrada por la tradición. Los progenitores de ambos lo habían concertado por consideraciones prácticas: la tumba de uno de los abuelos de ella se encontraba en Shaoshan y había que atenderla regularmente y con rituales muy elaborados, de modo que contar con un pariente en el valle resultaría muy útil. Séptima Hermana Wen se mudó a casa de los Mao después de formalizar el compromiso y se casó a los dieciocho años, en 1885, cuando Yichang tenía quince.

Poco después de la boda, Yichang se marchó para hacerse soldado y ganar dinero suficiente para pagar las deudas de la familia —lo conseguiría al cabo de unos años—. Los campesinos chinos no eran siervos, sino granjeros libres, y alistarse por motivos puramente pecuniarios era una práctica generalizada. Por fortuna, Yichang no intervino en ninguna guerra. En vez de ello, vio mundo e hizo acopio de ideas para montar un negocio. A diferencia de la mayoría de los aldeanos, sabía leer y escribir con la soltura suficiente para llevar un libro de cuentas. A su regreso, crió cerdos y cultivó arroz de calidad para venderlo en el mercado de una ciudad cercana. Finalmente, recuperó las tierras que su padre había empeñado, compró más y se convirtió en uno de los hombres más ricos del pueblo.

Aunque relativamente acomodado, Yichang no dejó de trabajar en toda su vida y fue bastante avaro. El hogar familiar tenía media docena de habitaciones que ocupaban uno de los pabellones de una gran casa con los tejados de paja. Con el tiempo, Yichang sustituyó la paja por tejas, una mejora notable, pero no modificó el suelo de tierra ni las paredes de adobe. Las ventanas no tenían cristales —un raro lujo para la época—, eran aberturas cuadrangulares con barrotes de madera que por la noche se cerraban con tablas (la temperatura casi nunca descendía a bajo cero). El mobiliario era sencillo: camas, mesas y bancos de madera desprovistos de todo adorno. Fue en una de aquellas espartanas estancias donde, bajo una manta azul pálido tejida a mano y protegido por un mosquitero también azul, nació Mao.

Mao fue el tercer hijo varón y el primero que sobrevivió a la infancia. Su madre, budista, se hizo más devota todavía para que Buda le protegiese. Mao recibió un nombre de pila compuesto: Zedong. Ze significa «que ha de brillar sobre» y era el nombre que, tal y como habían prescrito las crónicas del clan, escritas en el siglo XVIII, debían recibir todos los miembros de su generación. Dong quiere decir «el Oriente», así que el nombre completo era «el que ha de brillar sobre el Oriente». Luego, en 1896 y 1905, Mao tuvo dos hermanos. Los llamaron Zemin (min significa «el pueblo») y Zetan (es muy posible que tan aluda al nombre de la zona, Xiangtan).

Estos nombres reflejaban la inveterada aspiración de los campesinos chinos de que a sus hijos les fuera bien en la vida —y el deseo de que así sucediera—. Los cargos elevados estaban abiertos a todos a través de la educación, que desde hacía siglos se basaba en el estudio de los clásicos confucianos. La excelencia permitía a los jóvenes de cualquier condición que pasaran los exámenes de ingreso en la administración imperial y que se convirtieran en mandarines, primera etapa del camino hacia el empleo de primer ministro. Ser funcionario era la máxima expresión del éxito y los nombres de Mao y de sus hermanos expresan las esperanzas puestas en ellos.

Pero un nombre ambicioso era también una carga onerosa y, potencialmente, tentaba al destino, así que la mayoría de los niños recibía un apodo más bien tosco o humilde, o ambas cosas. A Mao le llamaban Shi san yazi, «Niño de piedra». Para este segundo bautismo, su madre lo subió a una roca de casi dos metros que, según se decía, tenía un manantial debajo y estaba encantada. Mao prestó juramento de obediencia y se postró: y fue adoptado por la roca. A Mao le encantaba su apodo y continuó empleándolo de adulto. En 1959, cuando regresó a Shaoshan y se reunió con los lugareños por primera —y única— vez en su condición de líder supremo de China, dio inicio a la cena que le habían preparado con la siguiente ocurrencia: «Ya veo, ha venido todo el mundo menos mi Madre Piedra. ¿La esperamos?»

Mao quería a su madre real más que a nadie. Séptima Hermana Wen era una mujer amable y tolerante que, como su hijo recordaría más de una vez, jamás le levantaba la voz. De ella heredó Mao su cara redonda, sus labios sensuales y la tranquila contención de su mirada. Mao hablaría de su madre con emoción toda su vida. Por ella se convirtió al budismo cuando era niño y siendo ya el máximo dirigente de China dijo a algunos de sus subordinados: «Yo adoraba a mi madre [...] La seguía a todas partes [...] a las ferias de los templos, a quemar incienso y dinero de papel, a venerar a Buda [...] Yo creía en Buda porque mi madre creía en Buda».

Pero Mao abandonó el budismo antes de cumplir los veinte.

Mao tuvo una infancia libre de preocupaciones. Hasta los ocho años vivió con los Wen, la familia de su madre, en el pueblo de éstos, porque Séptima Hermana Wen prefería vivir con sus padres. Su abuela materna lo idolatraba. Sus dos tíos y sus esposas lo trataban como si fuera su propio hijo y uno de ellos se convirtió en su Padre Adoptivo, equivalente chino del padrino de los católicos. En la granja, Mao desempeñaba tareas menores como recoger pienso para los cerdos y llevar a los búfalos a pasear a un bosquecillo de camelias y a un estanque al que daban sombra unos plátanos. Años después recordaría con cariño esos días idílicos.

Además, se iniciaba en la lectura mientras sus tías tejían y cosían bajo la luz de una lámpara de aceite. Mao regresó a Shaoshan con ocho años, en la primavera de 1902, para acudir a las clases de un profesor particular. Los clásicos confucianos, que integraban la mayor parte del currículo, resultaban incomprensibles para los niños, que sin embargo tenían que aprendérselos de memoria. A Mao, dotado de una memoria excepcional, le fue bien. Sus compañeros le recordarían después como un niño diligente que no sólo era capaz de recitar de memoria sino también de reproducir por escrito —también de memoria— aquellos textos tan difíciles. Además, Mao consiguió una beca para estudiar chino e historia y dio sus primeros pasos en caligrafía y en la escritura de prosa de calidad y de poesía —escribir poesía era parte esencial de la educación confuciana—. Leer se convirtió en su pasión. Normalmente, los campesinos se acostaban a la puesta de sol a fin de ahorrar combustible, pero Mao colocaba un banco al otro lado del mosquitero, encendía una lámpara de aceite y leía hasta bien entrada la noche. Años después, convertido ya en líder supremo de China, la mitad de su enorme cama estaba ocupada por pilas de clásicos chinos —siempre adornó sus discursos y escritos con referencias históricas, pero sus poemas perdieron soltura—.

Mao chocaba frecuentemente con sus tutores. Se escapó de su primer colegio a los diez años aduciendo que su profesor era un tirano. Fue expulsado —o «le pidieron que se marchara»— de al menos tres colegios por obstinado y desobediente. Su madre se mostraba indulgente con él, pero su padre no condescendía y el hecho de que Mao fuera de profesor en profesor constituyó una continua fuente de tensiones entre padre e hijo. Yichang pagó la educación de Mao con la esperanza de que, cuando menos, fuera capaz de llevar la contabilidad de la familia, pero a Mao le desagradaba la tarea. Toda su vida fue impreciso con las cifras y un desastre en asuntos económicos. Tampoco aceptaba de buen grado los trabajos físicos y los rehuyó en cuanto dejó atrás sus días de campesino.

Pero Yichang no podía soportar que Mao estuviera mano sobre mano. Tras pasar todos y cada uno de los minutos de sus horas de vigilia trabajando, esperaba que su hijo hiciera lo mismo y le pegaba cuando el chico no se plegaba. Por su parte, Mao odiaba a su padre. En 1968, después de poner en marcha la venganza a gran escala sobre sus adversarios políticos, dijo a los torturadores que trabajaban para él que le habría gustado que a su padre lo hubieran tratado con la misma brutalidad que ellos empleaban:

«Mi padre era malo. Si estuviera vivo, habría que hacerle el avión».

El avión era una postura atroz en la que se tiraba hacia atrás de los brazos de la víctima al tiempo que se empujaba su cabeza hacia abajo. Pero Mao no era una simple víctima de su padre. Se rebelaba contra él y, muchas veces, le vencía. Le decía que, al ser mayor, todo padre debía trabajar más que su hijo; claro que, de acuerdo con la educación tradicional china, este argumento era de una insolencia inconcebible. Cierto día, según Mao, padre e hijo se pelearon en presencia de unas visitas. «Mi padre me reprendió delante de ellos, me llamó vago e inútil. Yo me puse muy furioso, le insulté y me marché [...] Mi padre [...] me persiguió, maldiciéndome y ordenándome que volviera. Yo llegué al borde de una laguna y le amenacé con saltar si se acercaba [...] Mi padre se echó atrás». En cierta ocasión en que Mao contaba esta historia una vez más, se echó a reír y añadió la siguiente observación: «A los viejos como él no les gusta perder a sus hijos. Ésa es su debilidad. Yo ataqué su punto débil ¡y vencí!»

El dinero era la única arma del padre de Mao. En 1907, después de que el cuarto profesor particular de Mao lo expulsase de sus clases, Yichang dejó de pagar la educación de su hijo, y el chico, que tenía trece años, se convirtió en agricultor a tiempo completo. Pero pronto encontró la forma de escabullirse del trabajo de la granja y volver al mundo de los libros. Yichang estaba impaciente por casarle. En su opinión, era el único modo de que sentase la cabeza. Por otra parte, su sobrina tenía una edad ideal para contraer matrimonio: diecisiete años, cuatro más que Mao. Éste aceptó la propuesta de su padre: se casaría y reanudaría su educación.

La boda se celebró en 1908. Mao tenía catorce años y la novia dieciocho. Pertenecía a la familia Luo y no tenía nombre propio. Era, simplemente, «Mujer Luo». Que se sepa, Mao se refirió a ella una sola vez: en 1936, al periodista norteamericano Edgar Snow. Se mostró extraordinariamente despectivo y exageró su diferencia de edad: «Cuando tenía catorce años mis padres me casaron con una chica de veinte. Pero no llegué a vivir con ella [...] No considero que fuera mi esposa [...] y he pensado muy poco en ella».

Por sus palabras, se diría que Mujer Luo seguía viva, pero había muerto, en 1910, cuando no llevaba casada con Mao más que un año.

Esa boda temprana convirtió a Mao en un feroz adversario de los matrimonios concertados. Nueve años después escribió un artículo rabioso contra esta práctica: «En Occidente, las familias admiten la libertad de elección de sus hijos; por el contrario, en China, las órdenes de los padres no son en absoluto compatibles con la voluntad de los hijos [...] Es una especie de violación indirecta. Los padres chinos están todo el tiempo violando indirectamente a sus hijos».

En cuanto murió su esposa, Mao, convertido en un viudo de dieciséis años, dijo que deseaba abandonar Shaoshan. Su padre quería que trabajase como aprendiz en un almacén de arroz de la capital del condado, pero Mao había puesto el ojo en un colegio moderno situado a 25 kilómetros de allí. Se había enterado de que habían abolido los exámenes de ingreso en la administración imperial y de que habían fundado colegios modernos en los que se enseñaban ciencias, historia universal, geografía y lenguas extranjeras. Serían estos colegios los que abrirían las puertas de una vida alejada del campo a muchos campesinos como él.

A finales del siglo XIX, China se había embarcado en una transformación social espectacular. La dinastía manchú, que regía el país desde 1644, abandonaba un mundo antiguo para entrar en la modernidad. Impulsó el cambio una serie de derrotas catastróficas a manos de las potencias europeas y de Japón. Esa serie había comenzado con la victoria de Gran Bretaña en la Primera Guerra del Opio (1839-1842) y la llamada de Occidente a las puertas cerradas de China. Desde los integrantes de la corte manchú hasta los intelectuales, casi todos coincidían en que la nación tenía que cambiar si quería sobrevivir. Se introdujo una batería de reformas básicas. Una de ellas consistía en la implantación de un sistema educativo completamente nuevo. Comenzaron a construirse ferrocarriles, aunque la mayor prioridad eran las industrias modernas y el comercio, se autorizaron las organizaciones políticas y se publicaron periódicos por vez primera. Los estudiantes viajaban al extranjero para estudiar ciencias; los mandarines también viajaban, pero para estudiar los sistemas parlamentarios y aprender de las democracias. En 1908 la corte anunció un programa para convertir China en monarquía constitucional en un plazo de nueve años.

Hunan, la provincia de Mao, con unos treinta millones de habitantes, se convirtió en uno de los lugares más liberales y activos de China. Aunque no tenía salida al mar, estaba unida a la costa por varios ríos navegables y, en 1904, Changsha, su capital, se había convertido en puerto abierto al comercio.

Llegaron numerosos comerciantes y misioneros extranjeros y, con ellos, modos de comportamiento e instituciones occidentales. Cuando Mao oyó hablar de los colegios modernos, ya había en Hunan un centenar, más que en ninguna otra provincia china, y muchos de ellos eran femeninos.

Casualmente, a Mao uno de esos colegios le quedaba muy cerca, en la Colina Oriental del condado de los Wen, la familia de su madre. La matrícula y el alojamiento eran caros, pero Mao consiguió que los Wen y otros familiares presionasen a su padre, que acabó por sufragar su enseñanza durante cinco meses. Acorde con la modernidad del colegio, la esposa de uno de sus primos de la familia Wen sustituyó el viejo mosquitero azul de Mao hecho a mano por otro de muselina blanca cosido a máquina.

El colegio le abrió los ojos. Entre otras asignaturas, daba educación física, música e inglés, y los materiales de lectura contaban con biografías resumidas de Napoleón, Wellington, Pedro el Grande, Rousseau y Lincoln.

Mao oyó hablar de América y de Europa por primera vez y desarrolló un gran aprecio por un hombre que había estado en el extranjero, un profesor que había estudiado en Japón y a quien sus alumnos apodaban «Falso Diablo Extranjero». Décadas después, Mao recordaba aún una canción japonesa que este hombre les había enseñado, una canción que celebraba la asombrosa victoria que Japón había conseguido sobre Rusia en 1905.

Mao no estuvo en la Colina Oriental más que unos cuantos meses, pero ese tiempo le bastó para vislumbrar un nuevo camino. En Changsha había un colegio que acogía sobre todo a los jóvenes del condado de Wen. Mao convenció a su profesor de que lo aceptase pese a que, estrictamente hablando, él no pertenecía a ese condado. En la primavera de 1911 llegó a Changsha. Según sus propias palabras, se sentía «extraordinariamente excitado ». Tenía diecisiete años y había dicho adiós para siempre a la vida campesina.

Más tarde, Mao afirmaría que cuando era niño y vivía en Shaoshan sentía una honda preocupación por los campesinos pobres. No existe ninguna prueba de ello. Decía que, mientras estaba en Shaoshan, se había visto muy influido por un tal Pang, un fabricante de ruedas de molino arrestado y decapitado tras liderar una revuelta de los campesinos locales, pero tras una búsqueda exhaustiva de este héroe, los historiadores del Partido no encontraron trazas de él.

Nada indica que las raíces campesinas de Mao despertaran en él inquietud social alguna y mucho menos que lo impulsara un profundo sentido de la justicia. En su diario, Yang Changji, uno de los profesores de Mao, escribió (en la entrada correspondiente al 5 de abril de 1915): «Mi alumno Mao Zedong ha dicho que [...] su clan [...] está integrado en su mayoría por campesinos y que para ellos es fácil ser ricos» [la cursiva es nuestra]. Mao no daba pruebas de sentir una particular simpatía por los campesinos.

A finales de 1925, con treinta y un años, y cinco después de haberse hecho comunista, Mao hacía muy escasas referencias a los campesinos en sus conversaciones y escritos conocidos. Abundaban en una carta de agosto de 1917, pero lejos de expresar simpatía, Mao afirmaba que la forma en que un comandante llamado Zeng Guofan había «liquidado» la mayor revuelta campesina de la historia de China, la Rebelión de Taiping (1850-1864), le había dejado «admirado». Dos años después, en julio de 1919, Mao redactó un trabajo donde relacionaba condición social y profesión.

En él debían aparecer por fuerza los campesinos, pero la enumeración de sus problemas era muy genérica y el tono inconfundiblemente neutro. Una notable ausencia de emoción caracteriza todas sus menciones de los campesinos, sobre todo cuando se las compara con la pasión con que habla de los estudiantes, cuya vida describía como «un mar de amargura». En una exhaustiva relación de temas de investigación —setenta y uno— que elaboró en el mes de septiembre de ese mismo año, sólo uno de ellos —el décimo— estaba dedicado a la mano de obra. De entre quince subtemas, sólo uno trataba sobre los campesinos y su título era el siguiente: «El problema de que los peones de granja intervengan en política». A partir de finales de los años veinte, una vez integrado en la órbita comunista, Mao empezó a emplear expresiones como «trabajadores y campesinos» y «proletariado», pero no eran más que frases hechas, parte de un vocabulario obligado.

Décadas después, Mao hablaría de cuán honda era su preocupación cuando era joven y vivía en Shaoshan por las personas que se morían de hambre. Pero no hay documento que ofrezca evidencia alguna de tal preocupación. En 1921, Mao se encontraba en Changsha durante la hambruna que azotó la zona. Un amigo escribió en su diario: «Hay muchos mendigos, debo de ver más de cien al día [...] La mayoría [...] parecen esqueletos envueltos en piel amarilla, es como si fueran a salir volando con la primera ráfaga de viento. He oído que muchos de los que han venido [...] para escapar del hambre de su región han muerto, que los que venían regalando tablas [para hacer ataúdes] ya no pueden permitírselo».

En los escritos de Mao de la época no hay mención de este hecho y ningún indicio de que prestase atención a este problema. Pese a sus antecedentes rurales, Mao no se vio imbuido del idealismo necesario para mejorar las condiciones de vida del campesinado chino.