La silenciosa extinción de los lobos que quedaron en Andalucía y Extremadura

Las poblaciones que aguantaron al sur del Duero no han sobrevivido a pesar de estar protegidas. El aislamiento, los pocos ejemplares, su caza ilegal y la falta de planes de recuperación las sentenciaron

Última imagen de un lobo en Sierra Morena en 2006.
Última imagen de un lobo en Sierra Morena en 2006.Francisco José García

Las únicas poblaciones de lobos (Canis lupus signatus) por debajo de la frontera del Duero, en Andalucía (Sierra Morena) y en Extremadura (Sierra de San Pedro y de Gata), que consiguieron resistir al exterminio de décadas se han extinguido completamente, a pesar de estar protegidas desde el año 1986. Aisladas, con pocos ejemplares, víctimas de la endogamia y en un terreno de grandes fincas cinegéticas valladas donde se les consideraba incompatibles con la caza, su supervivencia pendía de un hilo y, finalmente, sin planes específicos de recuperación, los lobos desaparecieron.

¿Cómo pudo ocurrir? “La información con la que contamos es muy escasa, entonces la sensibilidad hacia la especie no era la actual y tampoco existían ni los métodos ni los recursos de hoy en día con guardas forestales, el Seprona [el Servicio de Protección a la Naturaleza de la Guardia Civil]… fue una protección sobre el papel”, apunta Juan Carlos Blanco, biólogo y uno de los mayores expertos en la especie. Que la situación se vuelva a repetir “es complicado”, responde, porque esos núcleos aislados ya no existen y la población que vive al norte del río Duero, para la que se ha iniciado la tramitación para prohibir su caza, no está incomunicada.

El científico rememora aquel territorio “salvaje” de su estancia en Sierra Morena (Andalucía) a finales de los años ochenta del siglo pasado para elaborar el censo nacional de la especie. “No había carreteras, lo que pasaba allí no lo sabía nadie y la Administración no llegaba hasta ese territorio, era incontrolable”, explica. Incluso ahora, añade, se llega moderadamente a esas fincas. Cuando se protege a la especie hace 35 años y se prohíbe su caza, se estima que habitaban allí entre 10 o 12 parejas reproductoras y su situación ya era crítica. Blanco apunta a que “probablemente hubiera menos ya”. La población fue disminuyendo y la última evidencia clara de su existencia fue en 2006, cuando se tomó una foto de un ejemplar. “No hay ninguna otra imagen, a pesar de la gran cantidad de cámaras que se han colocado en esa zona para captar al lince”, explica. Y, en todo caso, “la existencia de un individuo aislado sin que se constaten reproducciones significa que la especie se ha perdido”. La Junta de Andalucía apuntaba que cuando se recogieron datos para el censo de 2012, quedaba un grupo reproductor. El cánido está catalogado en el Libro Rojo de los Vertebrados Amenazados en Andalucía, publicado en 2001, como en peligro crítico de extinción y como su mayor amenaza aparece “la muerte ilegal por la guardería de fincas privadas para prevenir supuestos daños a las especies cinegéticas”.

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También jugó un papel fundamental el aislamiento del cánido en Sierra Morena. Un estudio genético del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de 2018 indica que “el mal estado en el que se encontraban empujó a los ejemplares a la endogamia al aparearse hermanos con hermanas y también los llevó a la hibridación con perros”. El trabajo en el que se estudió el genoma de un lobo atropellado en 2003 constata que al menos su abuelo fue un perro y había evidencias de cruces anteriores, explica Carles Vilà, investigador de la Estación Biológica de Doñana y autor del estudio.

Los científicos concluyeron que este tipo de poblaciones de especies amenazadas pueden sobrevivir durante bastantes años con tamaños pequeños, pero van acumulando problemas genéticos graves que comprometen su supervivencia a largo plazo. Vilà no tiene duda: “Están condenadas a muerte”. A esta circunstancia se suma el poco control de la caza furtiva y una sensación de impunidad, “porque aunque la especie esté protegida localmente parece que no es real, al no ser un lince o un oso”. En otras poblaciones de Escandinavia o Norteamérica, la endogamia ha provocado malformaciones esqueléticas, ceguera o baja tasa reproductiva. En Sierra Morena no se disponen de datos para valorar ese impacto en la población lobuna.

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La sorpresa en Extremadura

Mientras que en Sierra Morena se puede rastrear en cierta medida qué ocurrió, en Extremadura el lobo desapareció “sin que nadie se enterara”, afirma Blanco. A finales de los ochenta existían cinco camadas, entre 25-35 lobos, según un trabajo del historiador y naturalista Ramón Grande del Brío. Nada que ver con los 500-700 que se suponía poblaban Galicia o los más de entre 800 y 1.100 de Castilla y León, que ya entonces atesoraban el grueso de la especie. Hacia 1972 habían desaparecido los últimos ejemplares de la Sierra de Altamira (Extremadura y Castilla-La Mancha), como consecuencia de la extinción de la población en los Montes de Toledo. A finales de la década de los setenta los últimos lobos extremeños estaban enclaustrados en las sierras de San Pedro y se dejaban ver por la Sierra de Gata, la parte más septentrional de Extremadura. Hasta que llegó el día en el que no quedó ninguno, como comprobaron los científicos que muestrearon 1.100 kilómetros de esas dos sierras entre 1997 y 1998.

“Fue una sorpresa, después de todo el esfuerzo que empleamos en explorar los valles más recónditos no encontramos ni una señal de que hubiera grupos reproductores”, comenta Juan Carranza, miembro del equipo que peinó la zona. “Se nos echó encima todo el mundo, la gente no se lo creía”, relata. Porque entonces se pensaba que todavía había entre 40 y 50 ejemplares, incluso se elaboró un anteproyecto de un plan de recuperación de la especie. Ante la avalancha de críticas, Carranza pensó que el tiempo les daría la razón. “Y así ha sido, por desgracia”, dice.

En Extremadura tienen esperanzas de que haya algún “ejemplar o manadas externas de Castilla y León y Portugal que estén compartiendo territorio o puedan hacerlo en el futuro”, informa un portavoz del Gobierno regional. Por ello, añade, están coordinando el muestreo de la especie con protocolos del Ministerio para la Transición Ecológica y de científicos del CSIC-IREC. Pero, por el momento, no se ha “detectado la presencia estable de ninguna manada ni daños a la ganadería que pudieran haber sido ocasionados por algún ejemplar de esta especie”. El lobo está catalogado en esta comunidad como en peligro crítico de extinción desde 2001.

“El lobo molestaba”

Miguel Hernández, de Ecologistas en Acción, culpa del fatal final del lobo en Extremadura y Andalucía a la intensificación de los vallados cinegéticos en los años ochenta del siglo pasado. “La caza aumentó y el lobo molestaba, no tanto por lo que comía, porque había muchos ungulados [el orden de las cabras montesas], sino porque si se programaba una montería y aparecía un lobo la caza podía moverse y el evento no tendría el éxito esperado”. Hernández reconoce que es “una hipótesis, pero es la más lógica, aunque científicamente no lo puedes poner en un artículo porque no tienes los datos”.

Una premisa que rechaza de forma rotunda María Teresa González, directora de la Asociación de Propietarios Rurales para la Gestión Cinegética y Conservación del Medio Ambiente (Aproca). “El lobo siempre ha sido un plus en las fincas de caza, porque es un trofeo fantástico”, sostiene. Las dificultades que ya tenía la especie se acentuaron, en su opinión, “cuando se prohíbe su caza, porque eso supone el abandono de las especies”. Considera, además, que “nunca ha existido competencia entre caza y lobo, porque este se alimenta de ungulados, de las crías, de los enfermos añosos, esa era la limpieza natural”, matiza. En cuanto a las mallas cinegéticas, los vallados, sostiene que están pensados para que especies como el lobo o el lince pueden atravesarlos. González concluye que “aunque no se pudiera cazar, el lobo no supondría ningún problema en las fincas de caza”.

Más de 300 científicos apoyan el aumento de protección del cánido

El actual director de la Estación Biológica de Doñana y varios exdirectores, más de 60 investigadores del CSIC, 120 de otros centros, profesores y catedráticos de varias universidades...., así hasta más de 300 científicos han firmado un manifiesto de apoyo a la tramitación, ya en marcha, para aumentar la protección del lobo por encima de la frontera del Duero, que implica la prohibición de su caza deportiva. Fernando Valladares, científico del CSIC, explicó en rueda de prensa que decidió suscribir el comunicado porque está convencido del valor de la ciencia para gestionar la especie y no le parece correcto que "solo se la escuche cuando dice cosas convenientes". En ese sentido, "el primer punto del manifiesto es un apoyo cerrado a la independencia y respeto a los miembros del comité científico [un órgano consultivo del Gobierno, que emitió el dictamen que recomienda aumentar la protección del lobo]", declaró Juan Carlos del Olmo, secretario general de WWF, ONG que ha impulsado el manifiesto. "Se ha dicho que es una decisión política y no es cierto, se está cumpliendo lo que ha dicho el comité científico y los pasos que apunta la ley", puntualizó del Olmo. Los científicos recuerdan que el lobo es una pieza fundamental del ecosistema y llaman a trabajar de forma constructiva. También este martes, la ministra Teresa Ribera, aseguró en una sesión de control en el Senado que habrá una homogeneización del régimen legal de tal manera que se acaben los agravios de los ganaderos entre distintas regiones. De esta forma, la inclusión del lobo en los listados de especies de protección especial "supone la implicación de la Administración General del Estado en la financiación de la protección del lobo", porque en la actualidad no hay una regulación específica para asumir indemnizaciones por responsabilidad patrimonial directa de las administraciones públicas.

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Sobre la firma

Esther Sánchez

Forma parte del equipo de Clima y Medio Ambiente y con anterioridad del suplemento Tierra. Está especializada en biodiversidad con especial preocupación por los conflictos que afectan a la naturaleza y al desarrollo sostenible. Es licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense y ha ejercido gran parte de su carrera profesional en EL PAÍS.

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