La Hispanidad y la mercancía

La ciencia y la superstición se aliaron en beneficio de la vida de Cristóbal Colón y de su tripulación en Jamaica

Visitantes del Muelle de las Carabelas, ubicado en el paraje de La Rábida, en Palos de la Frontera (Huelva), unos de los lugares de celebración del 529 aniversario de la llegada de la primera expedición de Cristóbal Colón a América.
Visitantes del Muelle de las Carabelas, ubicado en el paraje de La Rábida, en Palos de la Frontera (Huelva), unos de los lugares de celebración del 529 aniversario de la llegada de la primera expedición de Cristóbal Colón a América.Julián Pérez (EFE)

La noche empezó a hacerse astronomía cuando la humanidad abandonó el nomadismo y se convirtió en sedentaria. La recolección y la siembra necesitaban de cierta capacidad de predicción por parte del ser humano que buscaba en el cielo señales beneficiosas para sus cosechas.

Con todo, nunca se perdería el componente mágico que alimenta las leyendas más antiguas, las mismas que cuentan la epopeya sumeria de Gilgamesh, la historia más vieja que conocemos, donde la venganza y los celos se cruzan con las referencias a los cuerpos celestes. El ciclo de poemas sumerios, lo queramos o no, acompaña nuestras vidas cada vez que miramos el cielo de la noche. La superstición y la magia son más grandes que la realidad entera.

Y todo esto viene a cuento por las fechas en las que estamos. Hace unos días se conmemoró el primer viaje de Colón, hace más de 500 años, cuando Europa se abrió al Atlántico y, de esta manera, se amplió el mundo conocido hasta entonces. Como cada año, por estas fechas, celebramos la modernidad que puso fin al oscurantismo en el que la Edad Media había sumido a Europa durante siglos.

Por lo mismo, viene al hilo recordar lo que sucedió en el cuarto y último viaje de Cristóbal Colón al continente recién encontrado, cuando la ciencia y la superstición se aliaron en beneficio de la vida del marino genovés y de su tripulación varada en Jamaica. Vamos a ello.

Los arahuacos sabían que no era de fiar. Ni él ni sus hombres.

Ocurrió en 1504, y ante la falta de víveres, Colón pidió ayuda a los nativos de la isla, los indios arawak o arahuacos. Pero estos no estaban por la labor. Ayudar al forastero era lo más parecido a ayudar a un espíritu maligno. Ya conocían al hombre blanco de otras veces. Colón había llegado hasta aquellas costas en su segundo viaje, en 1494, bautizando la isla recién encontrada como Santiago. Los arahuacos sabían que no era de fiar. Ni él ni sus hombres.

Lo que nunca supieron es que el marino genovés manejaba un calendario perpetuo o Regiomontano, denominado así por el apodo que recibía su creador, el astrónomo alemán Johann Müller (1436-1476), un niño prodigio en su época que dio a la imprenta su Kalendarium por el que se predecían sin error los eclipses debido a la certeza con la que se mostraban las posiciones del Sol y de la Luna.

“Se borrará la luna del cielo esta misma noche”, amenazó Colón

Armado con dicho calendario, Cristóbal Colón puso en práctica su habilidad para el engaño ante los nativos de la isla, amenazándolos con el poder del dios cristiano, en el caso de que estos siguieran obcecados en la idea de no darles provisiones. “Se borrará la luna del cielo esta misma noche”, amenazó Colón. Era un 29 de febrero y, según el calendario perpetuo, iba a ser noche de eclipse.

Los nativos, cuando vieron que la amenaza de Colón se cumplió, temerosos de nueva amenaza, decidieron cambiar de idea y no negarse a nada de lo que los hombres blancos imperaran. De esta manera, la superstición que nace de la divinidad y el materialismo que aspira al conocimiento científico se complementaron a la hora de salvar la vida a Colón y a los hombres de su tripulación. De lo contrario hubiesen muerto de inanición.

Este episodio se convierte en todo un ejemplo de cómo los miedos atávicos que acompañan al ser humano desde que el mundo es mundo han sido utilizados en beneficio de los privilegiados que, poseedores de información científica, la han utilizado para dominar al resto; como si dicha información fuese mercancía que se pudiese canjear por un miedo más enorme que la realidad entera.

El hacha de piedra es una sección donde Montero Glez, con voluntad de prosa, ejerce su asedio particular a la realidad científica para manifestar que ciencia y arte son formas complementarias de conocimiento.

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