Jesús Sebastián Audina, un impulsor de la colaboración científica con Latinoamérica
Combinó la ciencia y la cooperación internacional. Ayudó a fundar el nuevo Colegio Mayor San Juan Evangelista en Madrid y fue vicepresidente de relaciones institucionales del CSIC

El sábado 25 de abril falleció en Madrid una persona poco común, alguien que, después de dedicar la primera mitad de su vida profesional a la ciencia, se volcó en la colaboración con Latinoamérica y en el desarrollo científico de aquel subcontinente.
Jesús Sebastián Audina tuvo otras muchas vidas, además de la científica y la de la cooperación internacional. Todas intensas, como era el personaje. Una de ellas, cuando todavía preparaba su tesis sobre biología molecular, la vivió cuando ayudó a fundar el nuevo Colegio Mayor San Juan Evangelista en Madrid, del cual, aún estudiante, fue uno de sus subdirectores y animadores. Le imprimió ese carácter que lo diferenció de las anquilosadas y desfasadas residencias universitarias franquistas de los años sesenta. Jesús, con sus compañeros de aventuras de entonces, logró fundar aquel hervidero de ideas modernas, también semillero cultural, que tanto reconocimiento le daría a ese colegio durante posteriores décadas.
Otra vivencia intensa la saboreó cuando aprovechó la oportunidad de trabajar en Estados Unidos, en el sector de la biología, durante cuatro años; primero en Wisconsin y después en Boston. Trabajos que le permitieron, a comienzos de los setenta, regresar al Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de Madrid con el reconocimiento de haber ejercido como científico en aquella potencia. Pronto admitiría algunos doctorandos bajo su tutela, aunque no demasiados, pues a los pocos años, en 1982, fue nombrado vicepresidente de relaciones institucionales del CSIC.
Sus doctorandos de entonces lo recuerdan con cariño. Recuerdan también que los directores de los distintos centros del CSIC lo apodaban “Jesús del Gran Poder”, pues ejercía mando en plaza, aunque siempre con mesura, educación e inteligencia. Hay que destacar que algunos de los programas concebidos por Sebastián en aquella época del CSIC se convertirían en prioridades del Plan Nacional de I+D que comenzaría poco después.
Con su sólida base científica, Sebastián dio un salto al mundo de la cooperación cuando fue nombrado, a fines de los ochenta, director de cooperación científico-técnica en el Instituto de Cooperación Iberoamericana (ICI). Su afán era que España desarrollara en todos los países latinoamericanos al menos un “proyecto emblemático” que debía contener actividades que permitieran compartir el Conocimiento, así, con mayúsculas, entre las dos partes.
Sebastián también presidió la Secretaría General del Programa “Ciencia y Tecnología para el Desarrollo” (CYTED), impulsado por la que pasó a denominarse Agencia Española de Cooperación Internacional (AECI), un programa aprobado por los gobiernos de España y Portugal y por todos los latinoamericanos para promover la cooperación en ciencia, tecnología e innovación para el desarrollo de la región latinoamericana. En esa época coordinó la publicación Claves del desarrollo científico y tecnológico de América Latina, una de tantas obras escritas o coordinadas por él.
Poco antes de jubilarse, Sebastián regresó al CSIC, al Centro de Ciencias Humanas y Sociales, desde donde no dejó de asesorar a distintas universidades y sistemas de ciencia en diversos países, como Colombia y Argentina.
Con su fallecimiento, no sólo se ha perdido a un entusiasta de la cooperación científica, sino también una persona de fina inteligencia, a un gran amigo de sus amigos y a alguien que supo disfrutar de todas las oportunidades que la vida le ofreció. En la AECID, siempre se recuerda el día que pidió que le enviaran de cada país americano, de Norte a Sur, una foto de la luna realizada a la misma hora para contemplar las diferencias. Después hizo un montaje fotográfico para que todos los colaboradores y amigos conservasen y disfrutasen aquel experimento. Así era Sebastián, puro disfrute de la experimentación, de la amistad y de compartir amistades y experimentos.
Lo queremos recordar así, en una cualquiera de tantas ocasiones en las que ese hombre disfrutador y amiguero fue feliz.


























































