María Martinón-Torres: “El más débil no es el frágil o el enfermo, sino el que está solo”

La paleoantropóloga explica que una de nuestras armas más útiles del sapiens es la empatía: “El individualismo tiene un recorrido muy corto en esta especie”

La paleontóloga María Martinón-Torres acudió el martes a presentar su libro en Valencia.
La paleontóloga María Martinón-Torres acudió el martes a presentar su libro en Valencia.Mònica Torres

Cuenta María Martinón-Torres que su libro Homo imperfectus (Destino) refleja la manera “caótica” en la que funciona su cabeza. Porque en sus páginas alterna sin cesar los detalles científicos que hacen imperfectos a los humanos con referencias literarias que sirven de metáforas idóneas para explicar esos renglones torcidos de la evolución. La paleoantropóloga Martinón-Torres, ourensana de 48 años, dirige en Burgos el Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana, aunque su formación en Medicina le permite ver las enfermedades que sufrimos como episodios de una fábula, la que explica cómo es hoy el sapiens.

Pregunta. El libro parece la deconstrucción culinaria del ser humano, un recorrido por los ingredientes de nuestra evolución hasta dar con el plato que somos ahora.

Respuesta. Trato de identificar cuáles son los ingredientes de los que estamos hechos y en qué manera se mezclan. Somos un plato en el que es muy difícil separar los ingredientes. Aquí da un sabor, como una ventaja evolutiva, pero aquí te proporciona otras texturas, como otra etapa de tu vida o una enfermedad. Me gusta describirlo desde el punto de vista de la imperfección, que siempre ha sido denostada. Tenemos que ser una criatura perfecta y la realidad es que estamos llenos de imperfecciones que son la riqueza de la especie que somos.

P. Esa diversidad nos hizo indestructibles.

R. Exactamente. La ley de la naturaleza no prima lo individual, sino lo colectivo. Individualmente nos toca lidiar con muchos problemas y vulnerabilidades, pero esos sufrimientos personales no interfieren en nuestro éxito. Y ahí está la clave. A la selección natural no le preocupa la felicidad, la salud o el bienestar. Esos son asuntos de los humanos. La selección natural se preocupa de la supervivencia y el humano se preocupa de vivir bien. La historia de nuestra especie es colectiva y social y por lo tanto nos toca pagar los sufrimientos individuales.

La clave del éxito de nuestra especie está en tener sitio para renglones torcidos

P. ¿La búsqueda de la felicidad nunca va a ser una ventaja evolutiva?

R. La selección natural es un filtro implacable. Cuando hay un cambio importante en el ambiente en el que estamos o una crisis, va a favorecer que prosperen o que tengan más hijos aquellas variedades que están mejor adaptadas. Punto. ¿Dónde va a hacer el corte? En aquellos rasgos que puedan perjudicar a nuestro éxito reproductivo. Todo lo que pasa después de la reproducción es asunto nuestro. El cáncer, que se suele manifestar en edades avanzadas, es un verdadero drama, pero no tiene ningún impacto en la reproducción. ¿Y la felicidad? Pues la felicidad, lo mismo. Y el bienestar, también. Si somos capaces de generar ambientes de mayor felicidad, eso contribuye a la prosocialidad y eso sí nos importa. Aunque realmente la felicidad no es una característica que vaya a ser favorecida por la selección natural, sí que se obtiene cuando ponemos en acción las características prosociales que sí han sido seleccionadas positivamente a lo largo de la evolución. Nuestra fortaleza no es individual, es siempre como grupo. Eso nos permite acoger y compensar y proteger debilidades o fragilidades individuales. El más débil no es el físicamente frágil o el que está enfermo, sino el que está solo. La selección natural está favoreciendo muchas características que favorecen esa conexión. Por ejemplo, la longevidad: vivimos más años no para tener hijos, sino para cuidar de los demás. La selección natural favorece que seamos una especie longeva para cuidar a individuos que son altamente dependientes, que necesitan de los otros desde muy pronto y hasta muy tarde. Lejos de ser una desventaja o una debilidad, la dependencia es el motor o la razón gracias a la cual vivimos tantos años.

Martinón-Torres trabaja con un cráneo.
Martinón-Torres trabaja con un cráneo.CENIEH

P. ¿Estamos programados para proteger a los vulnerables?

R. Esta es nuestra seña de identidad y nuestra particularidad como especie hipersocial. La consecuencia de una de nuestras armas más útiles para salir adelante, que es la empatía. Nuestro cerebro nos permite algo tan increíble como vivir nuestra vida e imaginarnos la de los demás. Algo que nos proporciona grandes ventajas en nuestra supervivencia, porque así podemos reconocer amigos y anticipar enemigos. Eso se refleja, por ejemplo, en el cuidado de los vulnerables. La mayoría de nuestras características, incluso las negativas, están siempre llevándonos a buscar la aceptación por el grupo. Formar parte de una familia, de un colectivo, de un club, de una tribu, es realmente donde nos sentimos más protegidos y más realizados. Yo creo que ese retrato del ser humano como despiadado, oportunista, egoísta, no es la realidad de nuestra naturaleza. La selección natural favorece para nuestro éxito los comportamientos altruistas y prosociales. Y son los que nos están sacando las castañas del fuego. Hay que quitarse un poco ese cliché de que el ser humano es malo, egoísta. El individualismo tiene un recorrido muy corto en esta especie.

P. Y otras especies desaparecidas, como neandertales o denisovanos, ¿fracasaron por falta de empatía?

R. En el caso de los neandertales no creo que hubiera sido eso, porque era un grupo social compasivo, enterraba sus muertos, tenía pensamiento simbólico, tenía también una capacidad de comportamiento sofisticada, controlaba la caza, conocía su entorno. En el caso de los neandertales ha sido una cuestión demográfica. Eran muchos menos en un ambiente tan duro y tan árido para vivir como era la Europa de los hielos. Tenía grandes capacidades, estaba bien adaptado, pero muy aislado y fue decayendo. En cambio, nosotros estábamos en un momento álgido, en plenitud del desarrollo de nuestras capacidades, y entramos en Europa cuando ellos ya estaban de capa caída precisamente por algo que es fundamental en la especie humana: la diversidad. Los neandertales, al ser un grupo que estaba aislado, era también un grupo probablemente muy homogéneo genéticamente. Tienen menos de dónde tirar cuando aparecen nuevas amenazas, como las infecciones. Sin embargo, los sapiens eran más diversos. La diversidad y flexibilidad de comportamiento es la clave de la fortaleza de una especie, porque tienes mayor repertorio con el que enfrentarte a un mayor número de peligros.

P. En el libro comenta que el 90% de las personas que han vivido ha tenido un modo de vida de cazador-recolector, ¿es determinante?

R. Cuando miramos atrás a la historia evolutiva de Homo sapiens, desde que apareció en la Tierra hace 200.000, casi 300.000 años, vemos que lleva mucho más tiempo viviendo como especie cazadora-recolectora que en las ciudades y los pueblos como ahora. Es una novedad. Nuestra biología se ha labrado durante cientos de miles de años para adaptarse a un estilo de vida que de repente, en este último pellizco de los últimos 10.000 años, ha cambiado radicalmente. Pero la biología tiene otros ritmos de cambio y se produce un desajuste porque nuestra adaptación va mucho más lenta que la velocidad a la que nosotros somos capaces de transformar el mundo. Hemos creado un mundo completamente nuevo, de rutinas, de dieta, de interacciones, de relaciones sexuales, de exposición a nuevos tóxicos que no tienen nada que ver con lo que ha sucedido en el 90% de nuestra historia como especie.

Portada del libro 'Homo imperfectus', de María Martinón-Torres.
Portada del libro 'Homo imperfectus', de María Martinón-Torres.

P. ¿Hacemos lecturas interesadas de nuestro pasado?

R. Siempre ha habido mucho sesgo. Por ejemplo, siempre digo que no damos la versión neandertal de los hechos. Cuando estudiamos el cerebro de sapiens y neandertales, inmediatamente pensamos en qué cosas podemos hacer nosotros y los neandertales no tenían. Estos pobres neandertales se extinguieron porque tenían menos memoria operativa que los Homo sapiens, decimos. Y digo yo, si ellos tenían el mismo tamaño cerebral, habrá algo que ellos sí tenían más desarrollado que nosotros y no sabemos para qué sirve. A lo mejor eran mucho más agudos visualmente, a lo mejor eran más empáticos, más expresivos. A lo mejor se comunicaban con mayor matiz y con mayor expresión. Nos cuesta mucho imaginar qué es lo que ellos podían tener que nosotros no teníamos. Uno de los grandes sesgos es ponernos a nosotros como prototipo de especie perfecta que tiene las cosas que los demás no tienen. Contamos nuestra historia en clave de éxito siempre.

La selección natural favorece para nuestro éxito los comportamientos altruistas y prosociales

P. Leemos la evolución como si nuestro destino fuera convertirnos en los reyes de la creación.

R. La selección natural da una lección de humildad: las mismas normas de evolución se aplican a nosotros, a la coliflor, a los pinos y a los virus. No creo que estemos mejor adaptados que los tulipanes en Holanda o que un águila volando en el cielo. Son diferentes tipos de adaptaciones a mundos diferentes. No nos va mal, pero todavía quedan muchos ajustes y las enfermedades son un reflejo de que todavía hay muchas tuercas que apretar a lo largo de la evolución.

P. ¿Hemos aprendido muchas cosas nuevas del sapiens?

R. En los últimos años ha cambiado la imagen que teníamos de nosotros como un cajón uniforme, un linaje perfecto que triunfante avanzaba y colonizaba el mundo. Y ahora vemos que la clave del éxito de nuestra especie está en tener sitio para excepciones, para renglones torcidos, para asteriscos. Eso le ha permitido adaptarse a ambientes tan diferentes. No hemos salido adelante como una especie uniforme, sino todo lo contrario. Y eso incluye nuestra mezcla con otras especies.

P. Entonces, volviendo a la receta del sapiens, somos más bien como unas croquetas que se han hecho con comida de aquí y de allá.

R. Pues sí, y eso es muy bonito a nivel evolutivo. Descubrir que somos una mezcla y que esa mezcla nos ha dado ventajas. La mayoría de los genes que se han seleccionado positivamente de nuestra mezcla con los neandertales tienen que ver con el sistema inmune. Somos una croqueta con mucho abolengo, pero también con mucho sabor y con mucha historia, la verdad. Pero no por eso está resesa. [ríe]

Puedes escribir a javer@esmateria.com, seguir a MATERIA en Facebook, Twitter e Instagram, o apuntarte para recibir nuestro boletín semanal.

Sobre la firma

Javier Salas

Periodista con quince años de experiencia. Especializado en información científica, tecnológica y medioambiental, desde 2014 forma parte del equipo de MATERIA, la sección de ciencia de EL PAÍS. En 2021 recibió el Premio Ortega y Gasset por uno de sus trabajos sobre la pandemia de covid. Antes, trabajó en Informativos Telecinco y el diario Público.

Normas

Más información

Archivado En

Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS