La crisis del coronavirus
Tribuna
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Endemia, al fin

Superar la pandemia no será volver a un estado prepandémico, sino generar nuevos comportamientos adaptados a necesidades evolutivas, como el virus

Unos enfermeros realizan un test a una mujer en el exterior de una de las doce unidades móviles que la Junta de Castilla y León ha contratado para hacer test de antígenos a la población que tenga síntomas durante todo el mes de enero, este martes en Valladolid.
Unos enfermeros realizan un test a una mujer en el exterior de una de las doce unidades móviles que la Junta de Castilla y León ha contratado para hacer test de antígenos a la población que tenga síntomas durante todo el mes de enero, este martes en Valladolid.NACHO GALLEGO (EFE)

En clase de Enfermedades Infecciosas, uno de los primeros conceptos que explicamos es la diferencia entre enfermedad infecciosa e infección. Sin signos clínicos, hablamos de infección; solo si hay síntomas o lesiones es adecuado hablar de enfermedad infecciosa. Los individuos que albergan patógenos sin padecer alteraciones apreciables se llaman portadores (no portadores asintomáticos, oxímoron innecesario). Otra de las lecciones iniciales es la referente a la acción de las vacunas. En su mayoría, las vacunas protegen frente a la enfermedad. Lo cual no significa que impidan siempre y por completo la infección. Pero es una gran ventaja en términos coste/beneficio. Y, por último, una enfermedad con una elevada prevalencia crónica en la población es una endemia. Y, cada vez más, esto se parece a una endemia en los países que han llevado a cabo campañas masivas de vacunación.

Así pues, cabe preguntarse, ¿por qué llamamos enfermos o casos a los asintomáticos? Se les debe llamar portadores. Y los portadores son una pesadilla para los epidemiólogos, pero mientras no lo sean para el sistema asistencial, el riesgo está bajo control. Bajo esa premisa, la población no debería entrar en la histeria de someterse a una prueba diagnóstica tras otra con el único resultado de saber que es portador. ¿No hay un sobrediagnóstico sesgado que, a estas alturas, con tantos vacunados, nos desvía de la verdadera magnitud sanitaria? Un portador, claro está, disemina el patógeno. Eventualmente, puede enfermar, incluso de forma grave. No es cuestión de descuidarse, lo es de dimensionar e interpretar unos resultados analíticos que son, en puridad, lo que la gente obtiene con las pruebas de antígenos. Y esa interpretación les cabe a los sanitarios, no a los ciudadanos (ni los medios de comunicación). En segundo término, de esa valoración técnica sanitaria, los políticos y los administradores deben, después, adoptar decisiones.

Si se llevase a cabo -el sueño de cualquier doctorando- un muestreo nasofaríngeo sobre otros patógenos y microorganismos oportunistas tan masivo como el que ahora lleva a cabo la población de manera activa, voluntaria, convencida y hasta compulsiva, ¿qué resultados obtendríamos? Enormes cantidades de portadores de rinovirus, y, en menor medida, de virus influenza, parainfluenza, respiratorio sincitial, adenovirus o enterovirus. Y los otros coronavirus. Por no hablar de Streptococus, Arcanobacterium, Mycoplasma, Neisseria… Menuda lista. ¿Todos enfermos, todos casos, todos contagiados, todos confinados, todos en peligro? Pues no. Todos vamos a morir, pero no hay prisa. Somos portadores, sí, pero en cuanto la presión sobre la atención primaria decaiga, y seguramente lo hará en las próximas semanas, y a falta de variantes más virulentas, podríamos entrar en una situación endémica. La transición a la endemia tiene que ser lo bastante lenta y gradual -a base de medidas sociosanitarias proporcionales y técnicamente sólidas- como para que el sistema sanitario pueda absorberla.

Quede claro pues que los vacunados pueden transmitir el virus. Pero su carga vírica (no me gusta “viral”, traída del inglés) es mucho menor que la de un no vacunado. Por eso, tiene menos probabilidades de desarrollar la enfermedad y de contagiar a otros. Pero, sobre todo, esa menor carga vírica hace que el riesgo de que en su organismo surjan variantes nuevas del virus son mucho menores, porque la tasa de multiplicación es más baja. Pura aritmética. Y eso es algo casi tan importante como lo anterior. Por tanto, la vacunación es una herramienta esencial en la lucha contra esta y otras virosis. La viruela o la peste bovina se pudieron erradicar gracias a la existencia de vacunas muy baratas y eficaces. Son las dos únicas enfermedades infecciosas erradicadas en la historia. Recordemos otras dos terribles virosis disminuidas al mínimo gracias a las vacunas: poliomielitis y rabia. Y muchas otras. Respecto a la covid, los no vacunados contagian y se enferman más. Ese coste económico y social hace insolidarios y socialmente peligrosos a quienes no se vacunan deliberadamente. Su atención sanitaria la pagamos todos. Transmiten más. Y proveen de más oportunidades al virus para que nuevas variantes aparezcan.

En el otoño de 2021 la pandemia parecía controlada en los países con alta tasa de vacunación. La sanidad estaba descargada, las vacunaciones iban a buen ritmo y las medidas sociosanitarias se relajaban en consonancia. La economía se recuperaba. Tanto, que los reductos negacionistas se servían de un cierto cansancio ante las restricciones aún existentes y los antivacunas elevaron la voz.

Pero los virus cambian. Ómicron apareció a principios de noviembre – hace nada- y ya se ha difundido por todo el mundo (más de 100 países) y se ha hecho mayoritaria. Se dice que es el virus de más rápida propagación en la historia. Puede ser. La ventaja evolutiva de esta nueva variante es de libro: los patógenos más exitosos se adaptan a su hospedador (y entorno) de forma que se aseguren su multiplicación y transmisión a nuevos individuos. Matar al hospedador no es un buen negocio. Generar portadores, en cambio, es una ganga.

Ómicron casi triplica la tasa de transmisión de la variante dominante anterior (delta), que ya era elevada, pero, sobre todo, los casos parecen ser más leves, tanto porque la población en algunos lugares esté vacunada en gran parte, como porque ómicron es menos virulenta. Pero no es inocua. Hay enfermos. Así que no se puede bajar la guardia: la vacunación y las demás medidas sociosanitarias no pueden abandonarse aún.

Por suerte, pese a que las vacunas actuales estén formuladas contra el virus aparecido en Wuhan, siguen (casi) impidiendo la aparición de enfermedad grave por ómicron. La complejidad de la respuesta inmune, especialmente la de base celular, mantiene esta eficacia frente a nuevas variantes. Es sabido que todos los años, ciertas franjas de la población se vacunan frente a la gripe. Y cada año suele haber un componente distinto en esas vacunas. Pero los ya vacunados tiene una cierta protección cruzada. Como se ha dicho muy acertadamente, este virus seguirá muy probablemente entre nosotros, como lo hacen desde hace décadas otros coronavirus integrando el complejo del catarro común. Y ya hay coinfecciones por SARS-COV2 y virus gripe, a las que se ha dado el imaginativo nombre de “flurona”. Es decir, que probablemente necesitemos vacunaciones de recuerdo continuadas y actualizadas constantemente. Sigamos vacunando y desarrollando vacunas.

Pero la evolución del virus requerirá además de modificaciones en la conducta social e individual. Algunos cambios en nuestra forma de interacción social (distancia, contacto), la higiene individual y colectiva (mascarillas, lavado frecuente de manos, geles, ventilación), la sanidad (protocolos, personal específico), la educación (hábitos higiénicos, docencia telemática), el trabajo (teletrabajo, virtualización) o el turismo (requisitos sanitarios de viaje o entretenimiento) podrán suavizarse, pero seguramente nos acompañarán en nuestras vidas pospandémicas. Superar la pandemia no será volver a un estado prepandémico, sino generar nuevos comportamientos adaptados a necesidades evolutivas, como el virus. Aprender y evolucionar. Nada es constante excepto el cambio.

Víctor Briones Dieste es catedrático de Sanidad Animal de la Universidad Complutense de Madrid y vicerrector de Estudios

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