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Una mirada distópica

El gasto militar y la desigualdad crecerán después de la pandemia

Un menor juega a la pelota mientras un grupo de militares participa en la desinfección de una residencia de ancianos en Santiago de Compostela, el pasado domingo.
Un menor juega a la pelota mientras un grupo de militares participa en la desinfección de una residencia de ancianos en Santiago de Compostela, el pasado domingo.OSCAR CORRAL / EL PAÍS

Si buscan utopías tras la pandemia diríjanse a otras fuentes. Las hay a paladas, todos esos analistas e intelectuales que ven después del coronavirus una sociedad más abierta y justa, igualitaria e informada, convencida de la importancia de la sanidad pública y de la necesidad de redistribuir la riqueza, más inteligente e ilustrada, ambiental y solidaria. Si yo fuera un profeta, jamás tendría la osadía de difundir esos pronósticos de altísimo riesgo. Son ganas de meter la pata, vamos.

Es posible que los laboratorios estén en condiciones de producir una vacuna en masa en la segunda mitad de 2021, al menos si los Gobiernos muestran un raro destello de lucidez para financiarla junto a la Big Pharma. Si todo va bien, en ese momento se habrá disipado la pandemia, y la humanidad volverá a caer en el pozo oscuro de la mala gobernanza, el mito neoliberal y la intolerable desigualdad. Y tal vez el pozo sea entonces aún más profundo que antes del virus, por mentira que parezca.

La mejor forma de predecir el futuro es mirar al presente. Cabría esperar, por ejemplo, que las prioridades de gasto de los Gobiernos se hubieran desplazado hacia los sistemas sanitarios en los últimos años. Tout au contraire, como diría el detective Poirot. El gasto militar global fue de dos billones de dólares el año pasado, un récord (ajustado por la inflación) desde los años ochenta, según los cálculos del Instituto de Investigación sobre la Paz Internacional de Estocolomo (SIPRI, siglas inglesas). El gran plan europeo de ayuda contra la pandemia (1,5 billones de euros, o 1,6 billones de dólares) casi palidece frente a ese gasto monumental en defensa.

Las razones de este incremento desde 2015 son particularmente patéticas: el miedo europeo a una agresión rusa, que no se ha producido, la guerra comercial entre Estados Unidos y China, por la que de momento no ha muerto nadie, y la demanda febril de armas por los jeques árabes, que sí mata gente, pero justo gracias a los fabricantes de armas occidentales y a los Gobiernos que los controlan. Los ejércitos están haciendo un gran papel durante la pandemia, pero eso no tiene nada que ver con el gasto en armamento, gracias a Dios.

Regresemos a la vida civil. El coronavirus no solo es racista, sino también clasista. Según un estudio estadounidense del Centro para la Investigación de Políticas Económicas (CEPR, en inglés), la covid-19 no está haciendo más que incrementar las desigualdades ya existentes. Los trabajadores mejor pagados pueden hacerlo casi todo desde sus casas, y los de nómina más escasa no pueden hacer casi nada. Y eso son los trabajadores. No hablemos ya de los parados, subcontratados y marginados de toda clase. Los repartidores de pizzas, las cajeras del súper y los conductores de autobuses y taxis solo pueden hacer su trabajo en contacto cercano con los usuarios. Pero después de la pandemia cambiará todo esto, ¿verdad?

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