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Terrassa, contra el estigma de la segregación escolar

La ciudad vallesana implanta medidas como la redistribución de alumnos vulnerables que empiezan a dar tímidos resultados

Alumnas de la escuela Copèrnic de Terrassa.
Alumnas de la escuela Copèrnic de Terrassa.

Hace tres años un informe del Síndic de Greuges etiquetaba Terrassa como la ciudad con mayor segregación escolar y aseguraba que para equilibrar la situación habría que cambiar de centro el 60% de alumno extranjero en primaria y el 40% en secundaria. En este tiempo el Ayuntamiento se ha puesto manos a la obra para corregir la situación con medidas como la redistribución de alumnos vulnerables, a través de la reserva de plazas, que dan poco a poco su fruto, pero con una lista de tareas pendientes que afecta tanto a la reforma de los centros, el papel de la administración y la concienciación de las familias.

 

En el instituto Copèrnic de Terrassa conviven 840 alumnos de más de una docena de nacionalidades; el 60% ha nacido fuera de Cataluña. Se trata de un centro con mucha segregación -un gueto escolar-, donde los problemas de aprendizaje se explican por el desconocimiento de la lengua. “A veces un problema de matemáticas cuesta resolver, no por el problema en sí, sino porque no entienden lo que se les pide”, admite el director, Javier Laganga. Pero el docente apunta que la losa más grade que pesa sobre muchos de estos alumnos, de familias de nivel socioeconómico bajo, es la que cargan de casa. “Las perspectivas que las familias vierten hacia sus hijos son mínimas. No hay un sentimiento de que vienen a aprender para mejorar su estatus y esto niega la igualdad de oportunidades”.

 

Hace una década, cuando Laganga asumió el cargo del director, admite que vio que “el centro se moría” y decidió intentar cambiar la situación. Se renovaron hacia una gestión compartida del instituto, impulsaron la metodología por proyectos y colaborativo y desarrollaron un programa de robótica. Aunque la estrella del instituto es la participación en el proyecto Magnet, que tiene como objetivo crear alianzas entre las escuelas y centros de investigación o culturales para devolver el prestigio a los colegios estigmatizados. El Copèrnic ha sellado una colaboración con el Museo de la Ciencia y la Técnica de Cataluña, ubicado en Terrassa, donde los alumnos hacen visitas teatralizadas a las exposiciones del museo y donde los profesores reciben formación sobre nuevas metodologías pedagógicas. Además, se abrieron al barrio colaborando empresas o entidades de la zona. Por ejemplo, los alumnos acuden a centros de gente mayor para ayudarlos con las nuevas tecnologías, mientras los abuelos les narran cómo vivían antaño. O visitan guarderías para explicar cuentos en catalán a los bebés, cosa que les ayuda a mejorar la lengua. “Se trata de abrirnos al barrio y que vean el instituto como algo cercano y colaborativo”, asevera Laganga.

 

La lucha del Copèrnic, ubicado en el barrio periférico de Can Boada, funciona como paradigma de muchos otros centros convertidos en guetos que buscan darle un vuelco a la situación. Y también de una ciudad que carga con el peso de la alta segregación escolar. A raíz del informe del Síndic, el Ayuntamiento encargó un estudio exhaustivo sobre la situación en la ciudad, que constató que la segregación es “especialmente alta” en primaria y en la escuela pública. La problemática afecta menos en aquellas zonas escolares que concentran los colegios más céntricos. Fuentes del Ayuntamiento admiten que tienen calificadas tres escuelas “en fallida”, no por sus resultados, sino por la gran demanda de familias que quieren cambiar de centro por la mala fama.

 

Florencia Kliczkowski, socióloga y coautora del informe, abunda tres de los principales motivos que generan la segregación. El primero se refiere a la elección que hacen las familias. “Todos elegimos ir con nuestros iguales, tanto autóctonos como inmigrantes”. El segundo apunta directamente a la política. “La administración no explota del todo los mecanismos que tiene para lograr el equilibrio”. Y el tercero hace referencia a la información desigual sobre las escuelas que reciben las familias cuando deben inscribir a su hijo.

 

Como una de las medidas correctoras se llevó a cabo la reserva de plazas, en la pública y la concertada, destinada a los llamados alumnos con necesidades específicas de soporte educativo (NESE), que presentan problemas de aprendizaje debido a su precario entorno social y económico. Aun así, la pública sigue siendo la que soporta el peso: de los 189 alumnos vulnerables de P3 detectados, 138 se matricularon en la pública y 51 en la concertada. En el caso de la ESO, del total de 248 alumnos, 163 fueron a la pública y 85 a la concertada. El Ayuntamiento admite que en P3 todavía “tiene un recorrido claramente mejorable”, pero asegura que todavía está analizando los datos y se muestra optimista porque “centros que nunca habían recibido alumnos con necesidades, tanto públicos como concertados, esta vez sí los han recibido”. Paralelamente se ha reforzado la oficina municipal de escolarización y se ha homogeneizado la información sobre las escuelas que se da a las familias.

 

No obstante, los deberes pendientes son muchos y los técnicos trabajan en diferentes frentes. Uno de los principales es mejorar la detección de alumnos NESE antes de que lleguen a P3, un punto clave porque de ello depende la posterior distribución equitativa. “El problema con los NESE detectados durante el curso es que, cuando ya están escolarizados, no se pueden redistribuir”, admite el informe de Kliczkowski. La socióloga también incide en la necesidad de actuar sobre las familias. “Hay que convencerlas de que una composición heterogénea mejora la educación de sus hijos. El hecho que elijan de forma equitativa beneficia a todos, porque la equidad y la excelencia van juntas”. Y el modelo pedagógico debe hacer de imán. “Para atraer familias hay que tener proyectos singulares, pero para ello hay que hacer pedagogía y poner en valor muchas cosas”, admite Teresa Ciurana, concejal de Educación.

 

El proyecto del Copèrnic empieza a dar sus frutos. De momento han notado una mejora de resultados, la reducción del absentismo, profesores y estudiantes más motivados, familias que ya no piden el cambio de instituto y una convivencia más harmoniosa. “Los alumnos ejercen de mediadores en los problemas, así aprenden resolución de conflictos”. También perciben un aumento del interés de las familias: si solo una quincena de alumnos habían elegido el instituto en primera opción antes de las reformas, este curso han sido 65. “Además ahora hay grupos con hasta 15 niños de otros barrios que históricamente no habrían venido al instituto, pero que les ha gustado el proyecto”, asevera Laganga, quien todavía admite que el centro sufre una alta segregación. “Son solo 15 de un total de 800. Cuesta cambiar la situación, pero poco a poco logramos mejorar”, zanja.

La importancia de las extraescolares

Uno de los puntales claves en la lucha contra la segregación es ajeno al ámbito lectivo: las extraescolares. El director del instituto Copèrnic incide en la importancia de estas actividades para que los alumnos se aproximen a nuevas realidades y que les ayuda a romper la espiral de vulnerabilidad social: “Estos chicos deben poder estudiar idiomas o hacer piano porque hay realidades que no visualizan y no son capaces de aspirar a otras cosas”. El Ayuntamiento asegura que quiere desarrollar un banco común de extraescolares, de manera que la oferta de actividades sea compartida entre varios centros, ya que a veces un colegio dispone de espacio, pero no de alumnos suficientes, y viceversa. Además, esta iniciativa favorece el contacto de alumnos de diferentes centros con perfiles variados. “Las extraescolares son un factor que fomenta las desigualdades, es donde ahora mismo la barrera es más grande”, lamenta la concejala Teresa Ciurana.

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