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Muere Carlos Pérez de Rozas, diseñador de periódicos, colega desbordante en amistad

El fotoperiodista y profesor universitario formó parte del equipo fundador de ‘El Periódico’ y trabajó también para EL PAÍS y ‘La Vanguardia’

Carlos Perez de Rozas diseñador
Carlos Pérez de Rozas. MUNDO DEPORTIVO

Qué extraño. No podrá hablarnos en su propia despedida. Él, que ha enhebrado tantas veces nuestro adiós colectivo, con cariño infinito, con adjetivos maravillosos, con pasión desbordante, con complicidad íntima y fiera a hermanos, parientes, amigos, colegas. Acaba de morir en Madrid, donde estaba retornando a casa de un viaje a Extremadura, de un ataque inesperado, súbito y fulminante.

Carlos Pérez de Rozas y Arribas (Barcelona, 1948), hijo y nieto de fotoperiodistas, ha sido, hasta hace unas horas, un periodista total. Un diseñador de diarios innovador y respetado. Un comentarista deportivo que a nadie dejaba indiferente. Un profesor de Ciencias de la Información, en la Pompeu Fabra, admirado, jaleado y adorado por sus alumnos de distintos continentes.

Solo hizo una excepción a su imperativo de repartir todas las abundancias, en risas, en amistad, en disponibilidad para echar una mano a todo el que lo necesitara. Era su extraña humildad profesional sobre sí mismo, que tanto contrastaba con el regalo de elogios a todos los demás. Por eso es de justicia reparadora destacar su excelencia en el oficio de narrar la vida, casi siempre desde la imagen: la intendencia de la confección, del diseño gráfico, de la infografía.

Lo fue tempranamente en Destino, de donde a principios de los setenta fue objeto de una torpe purga ideológica nacionalista que acabó con su alabado Néstor Luján (quien le ilustró a conciencia en el buen comer), y más tarde en el Brusi (Diario de Barcelona) de Josep Pernau, y de Antonio Franco, su amigo del alma. Con Fermín Vílchez diseñó enteramente de nuevo El Periódico de Cataluña en 1978; fue responsable de confección de EL PAIS-Cataluña; y luego remozó la imagen de La Vanguardia --donde trabajó más de veinte años, hasta 2008—y Mundo Deportivo. Dirigió desde el estudio de Cases i Associats el rediseño de numerosos periódicos en América Latina, en Italia, en Europa del este. Y participó como comentarista deportivo en RAC-1, en TV-3, 8-TV y Betevé.

Allí donde fue cosechó éxitos profesionales, por su sobriedad y buen gusto heredado de la precisión fotográfica familiar, herencia de la que tan satisfecho se mostraba. Y porque estaba al corriente no solo de las últimas tendencias internacionales, sino también de las inquietudes y deseos de los jóvenes, que le consideraban tanto un maestro como un hermano mayor.

Por su bonhomía, su dominio de la adjetivación superlativa (casi todo lo ajeno era para él “grandioso”, “maravilloso”, “grande, grande, grande”), su disposición a pedir para los otros y a dar a los demás sin cuento, se había convertido en un personaje familiar muy conocido, muy entrañable en su Barcelona natal. Así que Carlos no deja, sino que abre un agujero de proporciones poco calculables. En primer lugar para su mujer y cómplice principal, Carmen Canut, abogada y editora de la que tanto aprendió y a la que tantas veces dispensó, no solo privadamente, sino también públicamente y sin empacho, su optimista y seductor “Te quiero, te quiero, te quiero”. Y para su hijo Carlos, que sabe cuán orgulloso de él se ha ido. Y para las numerosas tribus de los Canut y los Pérez de Rozas. Pero también para todos aquellos con quienes coincidía por primera vez, ya fueran compañeros principiantes de golf o conductores de autobús. Él ya no está. Nosotros nos quedamos mucho más solos. Y el mundo se ha hecho menos amable.

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