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OTRA VUELTA DE TUERCA (III)

¿Y los huevos de Atalanta?

Uno de los leones del Congreso es chica. Mirando de frente la fachada, el de la izquierda representa a Hipómenes

Leones de La Cibeles.
Leones de La Cibeles.

De dónde vendría aquella costumbre de nombrar algunas calles de Madrid solo con el apellido del homenajeado. La calle Augusto Figueroa es paralela a la de Gravina, y ambas están conectadas por la plaza de Chueca, pero ni el gran navegante Federico Gravina ni el genial músico Federico Chueca ven reconocidos sus nombres en las placas del callejero. A quien fuera, los Federicos le caían mal.
Tampoco el militar y político Francisco Serrano ha merecido ver su nombre en una de las calles más pijas de Madrid. Fue uno de sus ilustres vecinos, y con una doble moral que encaja perfectamente en el barrio: fue amante de Isabel II, más conocido en palacio como “el general bonito”, y uno de los que participó en su derrocamiento con la Revolución de La Gloriosa. Un figura que pasó de compartir cama sin disimulos con una reina, a ser quinto presidente de la Primera República.

Y también merecería el señor Ponciano que su nombre estuviera pegado a su apellido en la calle Ponzano, aunque solo fuera para que los miles que circulan por esta vía de moda en busca de cañas, copas, tapas y raciones se preguntaran quién demonios fue este tipo que debería haberle retirado la palabra a su padre justo desde el día de su bautizo.

Leones del Congreso de los diputados. En la imagen, el león sin genitales masculinos.
Leones del Congreso de los diputados. En la imagen, el león sin genitales masculinos.

Ponciano Ponzano fue un escultor zaragozano que murió en 1877, según cuentan, de la manera más estúpida que una pueda imaginar: lanzó una uva al aire para recogerla con la boca, se atragantó y cascó. Qué fatalidad. Fue el artista que dio forma a los dos leones que presiden la entrada del Congreso, esos que no pueden mirarse porque la diosa Cibeles los condenó a no volver a verse. Los dos leones se ignoran: uno dirige su cabeza hacia Neptuno y el otro hacia la Puerta del Sol.
El Léon Hipómenes.
El Léon Hipómenes.

Los madrileños los bautizaron como Daoíz y Velarde, porque imaginaron que su estampa reflejaba la imponencia y la fiereza de los dos militares. Nada más lejos de las intenciones del artista: uno de los leones del Congreso es chica. Mirando de frente la fachada, el de la izquierda representa a Hipómenes, y el de la derecha es Atalanta. Ponzano realizó la escultura del león macho con la cola levantada para dejar a la vista los testículos, mientras que la del león hembra (que no leona) la hizo con la cola posada delicadamente en el suelo para disimular que le falta un par.

Debido a la pendiente de la Carrera de San Jerónimo, el espectador puede arrimarse a las posaderas de Hipómenes y comprobar que los tiene bien puestos, pero la altura a la que se encuentra el león Atalanta no permite ver la ausencia de los testículos desde la calle. Al curioso le queda la opción de pedirle al policía que custodia las escaleras que le deje subir para ver el culo del león hembra, pero ni lo intenten. Nunca lo permiten. Mucho menos si la excusa es comprobar si la escultura tiene o no un par de huevos.


Ponzano gustaba, como muchos de aquel siglo XIX, del neoclasicismo y la mitología, y cuando recibió el encargo de realizar dos leones para instalar bajo el frontón triangular del Congreso (esculpido también por él) eligió a una famosa pareja de felinos muy conocida por los madrileños, aunque los madrileños no supieran que los leones que tiran del carro en la famosa fuente de la Cibeles son los mismos que el escultor iba a instalar en los laterales de las escaleras del Congreso: Hipómenes y Atalanta.

El mito de esta pareja tiene más versiones que el Seat Ibiza, pero el más extendido dice que Atalanta se pasaba la vida corriendo en pelotas por el bosque y preservando su virginidad. Era la Usain Bolt del panteón griego. Sabía ella que ningún otro ser mitológico podía igualar su velocidad, y, para quitarse a los pretendientes de encima, cada vez que aparecía uno lo retaba a que echara una carrera. En caso de ganarla, Atalanta se casaría con él. Si el aspirante perdía, también perdería la vida. Pocos, por no decir ninguno, aceptaron el desafío, hasta que el mozo Hipómenes se enamoró tan perdidamente de aquella velocista, que decidió conseguirla como fuera; incluso haciendo trampas. Buscó la complicidad de Afrodita —la diosa del amor y probablemente mosqueada con Atalanta por su incomprensible voto de castidad—, que aceptó poner en el camino de la atleta tres manzanas de oro para que se entretuviera en recogerlas y que Hipómenes pudiera adelantarla por la derecha, ganar la carrera y conseguir a la chica.

La corredora pico el anzuelo, aceptó la derrota y, retirada ya, empezó a disfrutar del sexo con Hipómenes. Hasta que un mal día tuvieron un apretón y se refugiaron en un templo consagrado a Cibeles para aliviarse de la tensión sexual. Mala idea. La diosa se mosqueó por la profanación y los transformó en dos leones, condenados a tirar de su carro eternamente y a no mirarse nunca.
Y ahí tienen a la pareja, presentes tanto en la fuente más castiza de Madrid como custodiando el Congreso, mirando cada uno para un lado. Ponciano Ponzano se inspiró en el mito griego para realizar su encargo, pero dejando patente que uno de ellos representa a Atalanta, razón por la cual no incluyó los testículos. En otras palabras, el león de la derecha no tiene lo que hay que tener.

Corre por ahí la falacia de que el escultor no le puso testículos a uno de los leones porque se quedó sin bronce; una soberana estupidez puesto que el saco escrotal de los leones es ridículamente pequeño; es decir, dos bolitas más de bronce las hubiera sacado Ponzano hasta fundiendo dos jarroncillos sacados de cualquier chatarrería. Y rozó el ridículo allá por 2012 un canal de televisión que se ofreció a donar un par de testículos para subsanar la supuesta pifia del león castrado. Alguien les advirtió de que se estuvieran quietecitos. Ese león es Atalanta. Que nadie le toque los huevos.

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