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Ribó, un hombre tranquilo a prueba de cambios

El alcalde de Valencia gobernará otros cuatro años con el apoyo de los socialistas

elecciones municipales valencia
Joan Ribó, de morado, recibe la felicitación de sus compañeros de Compromís por los resultados del 26-M. EFE

Sorprendió a propios y extraños cuando, recién elegido alcalde de la tercera capital española, Joan Ribó llegó hace cuatro años al Ayuntamiento en bicicleta y la aparcó en las cocheras municipales, donde su predecesora, Rita Barberá, del PP, tenía siempre listo el coche oficial. Lo siguiente fue rechazar en la ceremonía de su investidura la vara de mando municipal: “No es un símbolo que represente mi forma de gobernar”, dijo entonces; y abrió las puertas y el balcón del Consistorio a los vecinos después de permanecer cerradas salvo en ocasiones especiales.

Parece un hombre tranquilo, no al estilo de John Wayne en la película de John Ford, en la que el protagonista ocultaba una pasado violento, sino el de un paciente aficionado a la montaña acostumbrado a recorrer todos los senderos de la oposición política donde ha transitado la mayor parte de su vida. Sobrio, ajeno a la demostraciones populistas, da la impresión de que estuviera de vuelta de todo.

No en vano ya cuenta con 71 años y una larga trayectoria a sus espaldas. Primero perteneció al Partido Comunista, luego fue coordinador de Esquerra Unida del País Valencià y diputado por esta formación en las Cortes Valencianas entre 1995 y 2007. En plena crisis de esta formación y después de 30 años de militancia, dejó la política y volvió a ocupar su plaza de profesor de Química en un instituto de Secundaria valenciano. Parecía destinado al retiro político, cuando Compromís lo recuperó en las elecciones de 2011 para conquistar la cumbre del Ayuntamiento de Barberá, entonces un auténtico Everest.

Los pronósticos no eran halagüeños para la formación valencianista pero las urnas le dieron tres concejales de una tacada. Y se convirtió en el azote de una de las alcaldesas más populares del país, obligándola, por ejemplo, a retirar al dictador Francisco Franco el título de alcalde de honor de la ciudad. Era de los pocos que no se mostraba intimidado por la carismática personalidad de la regidora.

Solo cuatro años después, Ribó consiguió nueve ediles, casi empatado con el PP de Barberá, y puso fin a 24 años ininterrumpidos de gobiernos conservadores en Valencia. Su alianza con los cinco concejales del PSPV-PSOE y los tres de Valencia en Comú —la unión de Podemos e independientes— han procurado un gobierno estable a la ciudad. “Me siento muy satisfecho de poder decir a día de hoy que Valencia es la única gran ciudad española que tiene los presupuestos aprobados. Ni los Gobiernos del cambio encabezados por Podemos, ni la Sevilla del PSOE ni la Málaga del PP tienen sus cuentas aprobadas”, presumía.

Ribó ha abanderado la peatonalización de calles en el centro histórico, ha puesto coto al coche y ampliado la red de carriles bici. “Hemos pasado del todo por el coche privado a repartir el espacio público entre todos”, reiteraba recientemente pese a las críticas de los grupos de la oposición y de vecinos.

El político cogió una ciudad acostumbrada a eventos como la Copa del América o un gran premio de Fórmula 1 y la reconvirtió en sede de un encuentro mundial por la alimentación sostenible. También se plantó ante la posibilidad de que un grupo inversor abriese en la Marina un gran casino: “Valencia no es Las Vegas”, aseguró.

La noche del domingo, con más del 90% del voto escrutado, los nervios en Compromís empezaron a diluirse después de horas de incertidumbre, en las que la derecha acortaba distancias a pasos agigantados. Ribó, fiel a su espítiru se mantuvo tranquilo. Al menos, lo parecía, hasta que sus compañeros le obligaron a saltar para festijar su victoria.

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