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Valencia, el movimiento se demuestra pedaleando

La capital valenciana camina hacia un nuevo modelo de sostenibilidad e innovación, abierto al turismo

Una de las calles del barrio valenciano de El Cabanyal, con obras en las casas y en la vía pública.
Una de las calles del barrio valenciano de El Cabanyal, con obras en las casas y en la vía pública.

Se despertó y el carril bici estaba allí, en su sala de estar. Esta versión libre del cuento de Monterroso circula por Valencia a modo de ejemplo de la transformación de la ciudad. Un poco exagerado, pero efectivo porque revela tanto el incremento del empleo de la bicicleta como la oposición de una parte de la sociedad, que considera abusiva su implantación. Lo cierto es que Valencia ha pasado a ser la segunda ciudad española en el uso de la bici. Un 16% de los ciudadanos reconoce que en su primera opción para desplazarse, por detrás del 21% de otra ciudad también plana y con buen tiempo, Sevilla, según una reciente encuesta de uno de los foros de movilidad más relevantes del país.

El Ayuntamiento, gobernado por Joan Ribó, de Compromís, en coalición con el PSOE y con València en Comú (Podem e independientes), ha apostado por la movilidad sostenible con una fuerte contestación personalizada en el concejal del ramo, Giuseppe Grezzi, napolitano afincado en la ciudad. “Se ha focalizado todo en la bici, pero nuestro proyecto es de transformación general, de cómo se mueve la gente. En cuatro años hemos pasado del 48% al 52% en el reparto modal de las personas que caminan. Hemos peatonalizado. La prioridad ya no es coger el coche hasta la tienda. Hemos tejido una red para interconectar los 156 kilómetros de carril no solo para bicis, también para patinetes, de los que nosotros hemos hecho 33 bidireccionales”, explica Grezzi, de Compromís.

El casco histórico se ha llenado de tiendas de alquiler de bicis, patinetes, motos eléctricas… Los hermanos Noel y José Artieda, de 48 y 55 años, cerraron su céntrico quiosco y abrieron una hace dos años. “Tuvimos que innovar, como se dice ahora; vamos que salimos a la calle a buscarnos la puta vida”, comenta Noel. “Y en la calle no dejaba de ver bicicletas y extranjeros que las buscaban. Porque el gran cambio ha venido con el turismo. Hace cinco años era impensable”, añade José en su establecimiento del barrio de Carmen, muy cerca de, probablemente, la mayor singularidad de la ciudad, el jardín del Turia.

Son nueve kilómetros que discurren por el antiguo cauce del río convertido en parque (el más valorado de España por los usuarios de Google) hasta casi desembocar en el mar. Atraviesa la ciudad, desde sus barrios más pobres hasta el ensanche de los más ricos, pasando por la monumental Ciutat de les Arts i de les Ciències de Valencia. Una infraestructura verde interclasista, que inició el Ayuntamiento presidido por los socialistas y continuó el PP, para pasear, correr (hay un circuito profesional de 5K), pedalear, patinar, bailar, cantar, comer, beber…

Miles de personas de los 791.413 habitantes censados lo utilizan diariamente en una ciudad con una tasa de paro del 14,1% y un 26,7% de la población en riesgo de exclusión social. En Valencia se vive bien: tiene playa, huerta, una historia detrás, una ciudadanía abierta y unas distancias accesibles. Pero ni es el Levante feliz ni tampoco ha dado el salto como metrópoli.

“El potencial de Valencia es grandísimo pero echo en falta un perfil aspiracional menos doméstico, con más altura de miras”, opina el arquitecto Ramón Esteve, diseñador del hospital La Fe o la restauración de Bombas Gens, uno de los nuevos y más atractivos espacios culturales de la ciudad. “Valencia está más viva y despierta, ha descubierto su potencial turístico y atrae mucho interés entre los inversores”, prosigue. Ahora bien, una de sus asignaturas pendientes es la planificación de su frente marítimo. “Está por resolver, hace falta un proyecto coherente como ya hicieron Barcelona o Ámsterdam. A Valencia le falta gente viviendo frente al mar”, subraya mientras considera irrenunciables proyectos como el túnel pasante para el ferrocarril o la condonación de la deuda de La Marina, un espacio para la innovación y el turismo.

En 2018, la ciudad recibió más de dos millones de visitantes, un 2,8% más que el año anterior y un 10% más que en 2015. El Gobierno local se ha afanado por mejorar las conexiones aéreas y aumentar su porcentaje de turistas extranjeros —la proporción ahora es de un 65% frente al 80% que tiene Barcelona—. Ahora está conectada con 90 aeropuertos y 11 hub internacionales (con enlaces intercontinentales), pero a la vez que crece el fenómeno lo hacen también los apartamentos turísticos y la temida turistificación. “Hemos pasado de ofrecer solo grandes eventos a poner en valor una gran ciudad, lo que es más sostenible. Los datos avalan el nuevo modelo, hay más, pero sobre todo, mejor turismo”, sostiene la primera teniente de alcalde y candidata a la alcaldía, la socialista Sandra Gómez.

Un grupo de turistas recorren el Jardín del Turia de Valencia en bicicleta. ampliar foto
Un grupo de turistas recorren el Jardín del Turia de Valencia en bicicleta.

Los cambios, de mayor o menor calado a más o menos velocidad, según opiniones, se someterán al juicio de las urnas el 26-M, donde los sondeos apuntan a una posible reedición de la actual coalición de gobierno, si bien el margen con el bloque de la derecha es estrecho. La tercera capital de España estrenó en 2015, tras 25 años de hegemonía del PP, un gobierno de coalición mestizo, que no ha ocultado sus diferencias acerca del ritmo de las transformaciones urbanas.

“El PP somos la única opción del centro derecha que garantiza que no habrá un gobierno con imposiciones ideólogicas”, subraya la cabeza de lista del PP, María José Catalá, muy crítica con las políticas de movilidad y renovadora de la candidatura popular de Valencia. Han sido cuatro años de oposición sin excesiva mordiente, con Ciudadanos como único ariete, y casi todo el grupo del PP investigado por blanqueo.

El Cabanyal, el degradado barrio del futuro

El urbanismo en Valencia tiene nombre propio: El Cabanyal. Este barrio marinero, símbolo durante años de la resistencia ciudadana, cuenta con nuevo plan urbanístico, en fase de alegaciones. Se ha pasado de un plan que demolía más de un millar de casas para prolongar una avenida hasta el mar —proyecto en el que se encastilló el anterior Gobierno del PP— a otro que respeta la trama urbana declarada Bien de Interés Cultural de este antiguo enclave pesquero, hoy degradado. Faustino Villora, dirigente vecinal, ve inaplazable la aprobación del plan pero reclama edificios más bajos y menos reservas de pisos turísticos en uno de los distritos con más proyección. Las compras de inmuebles se han disparado en los últimos meses.

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