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El negocio ecológico florece en Cataluña

La superfIcie dedicada a la producción con criterios sostenibles se triplica la última década hasta alcanzar las 210.000 hectáreas

La tienda ecológica Vida Meva, del barrio barcelonés de Poblenou.
La tienda ecológica Vida Meva, del barrio barcelonés de Poblenou.

Lo que empezó como una moda ya se está convirtiendo en norma para muchos. El negocio de productos ecológicos ha comenzado el año con sus cifras más altas en Cataluña, donde ya hay casi 4.000 operadores trabajando en el subsector. “Se está produciendo un cambio de panorama respecto al comercio ecológico, ya se empieza a creer en la idea de que la salud debe empezar por la alimentación”, afirma Pablo Guasch, miembro de la marca ecológica Tribu Woki. Guasch inició el proyecto junto con Guido Weinberg en 2007, y a día de hoy la empresa ya cuenta con ocho supermercados, seis restaurantes y dos panaderías biológicas en Barcelona. A parte de vender productos, Tribu Woki tiene un blog con propuestas gastronómicas saludables y organiza eventos familiares en sus establecimientos. Ellos lo definen como un “estilo de vida” que apuesta por volver a las raíces en un contexto moderno. “Nosotros empezamos creyendo en un nicho, y ahora el nicho se ha convertido en un hecho”, sostiene.

Según el último informe publicado por el Consell Català de la Producció Agrària Ecològica (CCPAE) —el organismo que certifica y audita los productos ecológicos en Cataluña— en 2018 la superficie con cultivos ecológicos alcanzó las 210.000 hectáreas, una cifra que se ha triplicado en la última década. La mitad de esos terrenos están en Lleida (108.353 hectáreas), seguidos de Girona (42.983), Barcelona (38.985) y Tarragona (20.542). La mayor parte se dedican a pastoreo y forraje (69%) y Barcelona es la provincia con más hectáreas destinadas al cultivo dirigidos al consumo humano (33,5%), sobre todo de viñedo, que es el predominante en Cataluña, seguida de los olivos y los cereales.

Los números favorecen al sector hortofrutícola, que facturó más de 100 millones el año pasado. La demanda se nota en los negocios locales. “La fruta, verdura, los frutos secos y los productos elaborados como la mermelada son lo que más vendo”, explica Cristina Sancho, copropietaria de la tienda ecológica Vida Meva del barrio de Poblenou (Barcelona). Sancho también destaca la fama que están ganando la cerveza y el vino, y otros elaborados como las galletas, las cremas y el chocolate.

En las estanterías de Tribu Woki, en cambio, lo que está más de moda es la bebida fermentada kombucha, los huevos y la leche vegetal. Pablo Guasch describe el negocio como un comercio de proximidad, ya que intentan conseguir los productos “de los puntos más cercanos posibles y sin que pasen por terceros”. Aunque, según Guasch, eso a veces es inevitable, así que cuentan con centenares de empresas productoras y distribuidoras como, por ejemplo, Green Organic y Eco-Green.

El comercio de proximidad también es la filosofía de Vida Meva, donde se compra directamente a los productores. “Nosotros solemos ir hasta los productores cada día, para que nos entreguen los alimentos directamente. Si no, hay productos que nos los traen dos veces por semana”, explica el copropietario David Capdevila. La tienda solo se abastece de productos de Cataluña. “En el caso de la fruta y la verdura, la obtenemos de productores del Parc Agrari del Baix Llobregat y del Baix Penedès, que es el punto más cercano” argumenta Capdevila.

Los datos de los operadores ecológicos muestran un crecimiento en el mismo porcentaje que las hectáreas de cultivo: se han triplicado en la última década, con 3.859 inscritos en la actualidad en la CCPAE. Cuatro de cada diez están en Barcelona y la mitad se dedica a la agricultura. El presidente del organismo regulador, Daniel Valls, asegura que inscribirse como operador es crucial para formar parte del negocio ecológico en la Unión Europea: “Toda empresa comercializadora que tenga un mínimo de ventas, y sobre todo si vende productos a granel o manipulables, debe estar inscrita y tener el certificado para considerarse ecológica”. Las compañías pasan auditorías para contar con el certificado ecológico, y en algunos casos el proceso puede alargarse hasta tres años. También se deben pagar unas cuotas de “entre 250 y 600 euros” anuales, cuenta.

Valls defiende también las supuestas bondades de los productos ecológicos para la salud, porque no tienen químicos añadidos. El director de la Agencia Europea de Seguridad Alimentaria, Bernhard Url, aseguró en una entrevista con EL PAÍS que “lo orgánico no es ni más nutritivo ni más seguro”, pero sí admitió “ventajas de sostenibilidad” por la forma en la que se usa el suelo. Según Valls, el proceso ecológico ayuda a mantener la tierra fértil, mientras que muchas veces la agricultura convencional comporta la desertización del suelo, y también mantiene a los animales en mejores condiciones.
El Ayuntamiento de Barcelona también se ha sumado al carro ecológico. A principios de año anunció que exigiría que las guarderías públicas sirvan productos ecológicos en sus menús. Eso, sin embargo, no permite ningún sello para el comedor. Tampoco los restaurantes con una carta ecológica disponen de un certificado para el establecimiento.

La normativa de la Unión Europea restringe la posibilidad de obtener un certificado a los comercios y subraya que solo quienes cuentan con él pueden usar los términos “ecológico”, “biológico” o “orgánico”. Los restaurantes y comedores solo pueden publicitar como ecológicos los productos que sirven, no el establecimiento en su conjunto. Intereco —la asociación que agrupa a las autoridades públicas de vigilancia de agricultura ecológica de España— ha propuesto una serie de normas para que el sector de la restauración pueda tener platos, menús o comedores certificados como ecológicos.

Según CCPAE, el sector está en auge, y la expansión se debe a una “gran demanda del consumidor”. Los datos apuntan a que en Cataluña ha logrado consolidarse, con el 25% de comercializadores ecológicos y el 25% de los elaboradores de toda España.

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