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Vecinos del centro de Madrid sufren niveles de ruido industrial

Los residentes en las calles del ocio soportan más de 70 decibelios hasta altas horas de la madrugada. Han puesto sonómetros en sus balcones como parte de una campaña para hacer más habitable la ciudad

Grabamos el ruido en la calle Velarde a lo largo del sábado 23 de marzo. Así subieron los decibelios conforme avanzó el día.

Jimena Toscano y Andrés Martínez viven en el centro de Madrid, en un piso antiguo y sin pretensiones donde resaltan un teléfono rojo en una mesilla del salón y el mural con el rostro de Elvis que él ha pintado en una pared. De día da gusto dar un paseo por este barrio, el de Malasaña, que aún conserva cierto aire de pueblo. Pero cuando se acerca la noche comienza para ellos una pesadilla.

Mientras en la mayor parte de la capital el ruido cae por debajo de 55 decibelios, el nivel considerado óptimo para el descanso, en Velarde, la callejuela que alberga varios bares míticos y donde se ubica el apartamento de esta pareja, sucede lo contrario. Lo indica el sonómetro que han instalado en uno de sus balcones. Durante cinco horas la media no baja de 70 decibelios, un nivel de ruido nocturno propio de zonas industriales y no de una calle residencial.

Lo peor son los picos. A las 23.34 el medidor de ruido marca 93 decibelios cuando pasa el camión de la basura del Ayuntamiento; a la 1.40 se mantiene en torno a los 75 decibelios durante unos minutos cuando un joven se pone a tocar la guitarra bajo el balcón; a las 3.22 una chica da un grito y marca 82 decibelios… “Siempre es igual. Gritan como si estuvieran rajando vivo a alguien”, dice Jimena, una trabajadora social de 37 años, echando un vistazo a la calle desde el balcón de su apartamento, un primer piso. “¿Qué necesidad tienen?”

Jordi Gordon, portavoz de SOS Malasaña, y Andrés Martínez, un vecino, contemplan desde un balcón el bullicio un sábado reciente en la calle Velarde.
Jordi Gordon, portavoz de SOS Malasaña, y Andrés Martínez, un vecino, contemplan desde un balcón el bullicio un sábado reciente en la calle Velarde.

Los datos pueden seguirlos en directo por Internet, gracias a un enlace de la empresa de consultoría acústica valenciana Blue Noise, que en noviembre donó tres sonómetros, a esta pareja y a otros vecinos de Malasaña. La pantalla se actualiza cada cinco segundos con la media recogida en ese corto período. Más tarde pueden consultar una tabla con un registro detallado de su padecimiento, con medias por horas. Las mediciones les han permitido cuantificar una molestia “invisible” que es más fácil de denunciar con números. El diario digital del barrio, Somos Malasaña, ya se ha hecho eco del problema.

En la calle de Velarde la contaminación acústica solo desciende por debajo de los 55 decibelios  a las 7.00. Dentro del apartamento, que han protegido con doble acristalamiento, se oye durante horas la cháchara ininteligible de decenas de jóvenes concentrados en un tramo con cinco bares juntos: Vía Láctea, Laberinto, Remember, Coqtel y Tía Candela. Algunos son símbolos de la noche madrileña, como La Vía Láctea, abierto en 1979.

MÁS RUIDO POR OCIO QUE POR TRÁFICO

Mediciones el sábado 23 de marzo

Fuente: Ayuntamiento de Madrid y elaboración propia.

Los jóvenes no parecen reparar en el daño que causan. A veces reaccionan con violencia cuando ven atacado su “derecho a divertirse”. En su apartamento, Jimena y Andrés guardan tres adoquines con los que dicen que ella fue agredida una noche en que lanzó un cubo de agua a un grupo de juerguistas. Llamar a la policía no les sirvió de ayuda: “[un agente] Subió y me dijo que no podían hacer nada, que esto es así, y ya está”, relata.

Les indigna que el propio Ayuntamiento sea una fuente de ruido en su calle. A las 3.20, cuando han cerrado los bares, pasa de nuevo el camión de la basura, haciendo que el medidor de ruido ascienda a 80 decibelios.

Andrés, un mecánico de bicis de 38 años, dice que aunque molesta, el camión de la limpieza es una señal de alivio porque suele ser uno de los últimos estruendos. “Es la señal del final de la guerra”, dice.

Pero en medio del silencio se notan más los gritos y las carcajadas. A las 3.56 parece que ha llegado la calma pero un grupo de chicas se arranca con un tema de Estopa mientras caminan por la calle: “Vaya puta borrachera, no veo ná, de ná, de ná”. El sonómetro sube a 73 decibelios.

NIVELES DE RUIDO EN EL DISTRITO CENTRO

Fuente: Ayuntamiento de Madrid.

La alegría de los jóvenes en la calle es una tortura para esta pareja de vecinos que lleva cinco años sufriendo problemas de sueño. Muchos otros son también víctimas. Velarde es una calle estrecha de 200 metros de largo. Algunos vecinos han colgado en sus balcones carteles de SOS Malasaña, la campaña vecinal para defender sus derechos frente a los de empresarios del ocio y otros ciudadanos que hacen negocio con sus viviendas, alquilándolas como apartamentos turísticos.

"Zonas rojas"

Aunque parezca mentira, Madrid se ha vuelto con los años una ciudad menos ruidosa gracias sobre todo a que los coches son más silenciosos, a que las calles están mejor pavimentadas y a las recientes limitaciones al tráfico de Madrid Central. Pero la mejora no ha llegado a las zonas de ocio que son, con gran diferencia, las "zonas rojas" en el mapa del ruido nocturno en el distrito centro de la capital, elaborado por el Ayuntamiento.

Malasaña, Chueca y Las Letras, las zonas con mayor concentración de bares y discotecas, son las áreas del centro con la contaminación acústica más alta. De noche superan los objetivos de calidad en más de 10 decibelios.

Los datos son recabados por el Ayuntamiento con sus propios sonómetros (81 aparatos en la última campaña de medición, en 2016 y 2017). Con esos datos y la ayuda de simuladores informáticos, los técnicos pintan el mapa de color para todo el distrito.

Una pareja de Malasaña ha instalado un sonómetro en su balcón para registrar las cifras de decibelios y denunciar el ruido que no les deja descansar

Los vecinos se quejan de que el Ayuntamiento no publica en detalle los datos captados por cada sonómetro, lo que, según ellos, facilitaría la visualización del problema, en particular el que sufren los vecinos de los puntos más críticos, como la calle Velarde.

“El caso de la calle Velarde me pone los vellos de punta”, dice Salvador Domingo, el gerente de Blue Noise, con diez años de experiencia en el sector de las certificaciones acústicas. “Es una tortura que no se la deseo a nadie”. Disponer de un sonómetro profesional es cada vez más asequible gracias a la evolución de la tecnología pero sigue siendo caro, según expertos del sector, que indican que no bajan de los 1.500 euros.

Jimena Toscano consulta en directo el ruido en su piso una madrugada de domingo.
Jimena Toscano consulta en directo el ruido en su piso una madrugada de domingo.

Los tres sonómetros donados por Blue Noise a vecinos activos en la campaña de SOS Malasaña superan durante buena parte de la noche el nivel recomendado de 55 decibelios, pero el de Velarde se lleva la palma. “Con este ruido estos vecinos tendrían que usar cascos, según la normativa laboral”, dice Jordi Gordon, portavoz de la campaña.

La pareja del apartamento de Velarde ha tenido que renunciar a su cama de matrimonio junto a uno de los dos balcones para dormir sobre un colchón que tienden junto a la cocina. También han recurrido a tapones y a dejar la televisión puesta toda la noche.

Es un suplicio que ha hecho tambalear su relación sentimental. “Nos ha hecho estar a punto de separarnos en muchísimas ocasiones. De hecho nos ha impedido tomar decisiones muy importantes acerca del futuro, de querer tener una familia”, dice Andrés.

El problema principal en Velarde y otras calles estrechas del centro es que los jóvenes salen a las puertas de los bares a fumar o a beber las latas de cerveza que venden de forma ilegal los comerciantes callejeros. Para más inri, la concentración masiva del botellón resurge periódicamente a pesar de estar prohibida desde 2002. Los vecinos dicen que los agentes solo patrullan a veces para multar a los infractores.

“Últimos de Filipinas”

Por esas concentraciones a las puertas de los bares el momento más temido por los vecinos es la hora posterior al cierre, cuando los jóvenes salen a la calle en su apogeo de embriaguez y deciden si la fiesta acaba o cotínúa. El récord de ruido registrado por el sonómetro de Velarde es de 78,7 decibelios de media en una hora, de 2.00 a 3.00 hace dos sábados. Este nivel probablemente será mayor en las noches de verano cuando esta calle y las de su alrededor se convierten en un hervidero. El verano pasado, Andrés se marchó cuatro meses a un pueblito de Cuenca donde consiguió un trabajo.

EVOLUCIÓN DEL PROMEDIO DIARIO EN 2018

Por horas, en una estación sin revelar de los 81 sonómetros existentes, en decibelios

Fuente: Ayuntamiento de Madrid.

Como muchos otros vecinos de Malasaña, la pareja de Velarde tiene un conflicto sobre si abandonar la zona. Jimena compró el apartamento hace cinco años cuando recibió una herencia. Por 180.000 euros era una gran oportunidad, explica su pareja. Comenzaron su relación por aquel entonces y al poco él se mudó con ella. Jimena está enamorada del barrio y es la que más resistencia pone a marcharse. Los 1.500 euros que se gastó en insonorizar los balcones no solucionaron el problema, pero la campaña de SOS Malasaña —que surgió en octubre de 2018 con la promesa de rescatar los derechos de los vecinos frente a las fuerzas del mercado— les ha dado esperanza.

Vecinos más veteranos dicen que este es el momento de mayor movilización en mucho tiempo. En parte se debe a que el éxodo de vecinos se ha acelerado. Los que se quedan se ven a sí mismos como la resistencia. “Somos los últimos de Filipinas”, dice Amor Díaz, una vecina que lleva 32 años en el barrio. Dice que le gustaría que el barrio volviera a llamarse Maravillas, como antiguamente. “Queremos que Malasaña vuelva a ser un lugar amable”, dice Díaz, una pintora de 55 años.

En la mañana, a las 10:00, Andrés se asoma al balcón y ve el empedrado de la calle, soleada y tranquila. El sonómetro no supera los 60 decibelios. Piensa en cómo sería su vida sin el tormento nocturno: “Es una pena porque este barrio es muy bonito”.

La larga batalla vecinal contra el sector de la noche

Con el paso de los años ha crecido la conciencia sobre el problema de la contaminación acústica gracias a investigaciones que han mostrado los graves daños sobre la salud, en particular problemas cardíacos y cognitivos.
La información disponible sobre el ruido en Madrid ha mejorado mucho, al tiempo que se han endurecido las normas que regulan el ocio nocturno. La declaración en 2012 del centro como zona de protección acústica especial (ZPAE) contuvo la proliferación de bares y discotecas.

El Ayuntamiento prevé aprobar en pleno este mes la renovación de la ZPAE del centro que hará “prácticamente imposible abrir nuevos locales de ocio en todo el distrito”, según el concejal del distrito, Jorge García Castaño. Además, se reducirá la hora de apertura de las terrazas en las “zonas rojas”, que en los fines de semana de verano bajará de la 1.30 a la 1.00. Las horas de cierre en Madrid dependen del tipo de licencia del local.

Son medidas insuficientes para los vecinos de las “zonas rojas” que creen que el Ayuntamiento infravalora el daño que sufren. Les duele que las autoridades reconozcan que viven en una zona de alta contaminación acústica y no tomen medidas más decididas para reducirla.

“La patronal de las copas es un gremio muy potente. Al Ayuntamiento le falta valor”, dice un abogado madrileño especializado en ruidos, Jorge Pinedo.
Los empresarios de la noche, agrupados en la Plataforma del Ocio, se han opuesto a normas más severas como las reducciones de horario. Han hecho campañas, advirtiendo que la noche en Madrid está en peligro. Los fines de semana los bares deben cerrar a las 2.30, los discopubs a las 3.30 y las discotecas a las 6.00.

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