Opinión
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Se les ha ido de las manos

Ni Puigdemont quería proclamar una independencia unilateral ni Rajoy aplicar el artículo 155. Pero ninguno de los dos tuvo el coraje de dar los pasos necesarios para hacer lo que consideraban que era lo mejor

En lendakari Iñigo Urkullo durante su declaración en el Tribunal Supremo
En lendakari Iñigo Urkullo durante su declaración en el Tribunal Supremo

Las cosas se les están yendo de las manos”. Hay frases tan concisas y certeras que pueden albergar toda la complejidad de una situación convulsa como la que se vivió en Cataluña en otoño de 2017. Efectivamente, las cosas se les fueron de las manos. A todos. La autoridad moral del lehendakari vasco Iñigo Urkullu se impuso el jueves, con valoraciones como esa, en la sala del Tribunal Supremo que juzga a los dirigentes independentistas. Su testimonio hizo que entre los dos relatos predominantes, el de la épica de las intenciones y la retórica amnésica del poder, emergiera de repente la realidad. Y la realidad es que la mañana del 26 de octubre, ni Carles Puigdemont quería proclamar una independencia unilateral, ni Rajoy aplicar el artículo 155 de la Constitución. Pero ninguno de los dos tuvo el cuajo, el coraje y la entereza de dar los pasos necesarios para que ocurriera lo que ambos consideraban que era lo mejor en aquella situación: convocar unas elecciones autonómicas que interrumpieran una hoja de ruta imposible y evitaran la intervención de la autonomía por el Gobierno de España.

Ninguno de los dos fue capaz de imponerse sobre un entorno radicalizado que les tenía emocional y políticamente secuestrados. Rajoy, marcado de cerca por un Rivera que siempre tenía a punto la acusación de “traición a España”, no quiso dar las garantías de que no aplicaría el artículo 155 y Puigdemont no supo sobreponerse a la presión que la CUP desde la calle y ERC desde los despachos del palacio de la Generalitat ejercían sobre él y acabó proclamando una república tan aparatosa como ficticia. Fue una lástima que a nadie se le ocurriera en el juicio rematar la testifical de Urkullu con aquellas imágenes tan clarificadoras del día de la proclamación unilateral de independencia, en la que aparecen los líderes ahora procesados o fugados sobre unas escalinatas del Parlamento repletas de alcaldes con sus varas cantando Els Segadors con la expresión sombría de quienes saben que aquello que están representando no es lo que en realidad ocurre.

El juicio está siendo mucho más clarificador políticamente de lo que podíamos esperar. En las dos semanas transcurridas hemos visto una fiscalía desarbolada, no por su torpeza en la técnica del interrogatorio, sino por la ausencia de bases sólidas en la instrucción con las que sustentar la acusación de rebelión. Para su desgracia, lo que se juzga son unos hechos que fueron filmados hasta la saciedad desde todos los ángulos posibles. Sobre el papel e incluso sobre los atestados policiales, la interpretación de esos hechos se puede retorcer todo lo que se quiera, pero al final, siempre acaba apareciendo una imagen que muestra lo que ocurrió. Veremos en qué acaba el juicio, pero mucho tendría que retorcerse la interpretación de los hechos para que puedan encajar en el tipo penal de rebelión o sedición.

De momento asistimos al desmoronamiento de las dos grandes metáforas con las que se ha querido caracterizar lo ocurrido: la del golpe de Estado postmoderno y la del advenimiento de la República catalana. Poco golpe de Estado debió parecerles a Rajoy, Sáenz de Santamaría y Zoido si la supuesta amenaza insurreccional ni siquiera les llevó a considerar la posibilidad de declarar el Estado de excepción y todo lo más que dispusieron fue enviar 6.000 agentes a reforzar a los Mossos d’Esquadra. En cuanto a la república que algunos independentistas siguen dando por proclamada, el juicio ha mostrado lo que algunos dirigentes ya se habían atrevido a confesar: que iban de farol. Que lo que buscaban en realidad los procesados era forzar una negociación. De sus respuestas en el juicio se desprende que eran plenamente conscientes de que no tenían ni la fuerza interna ni los apoyos internacionales necesarios para que su proyecto de separación de España tuviera la más mínima posibilidad de prosperar.

Lo que sorprende es que, salvo los que saltaron del barco en el último momento, toda la clase dirigente y buena parte de la intelectualidad de un país que se tiene por avanzado participara en una ficción política de tan alto riesgo. Al final, en lugar de dar marcha atrás, optaron por quemar las velas y proclamar una república en la que ni siquiera se les ocurrió arriar la bandera. Como dijo Urkullu, la situación se les fue de las manos. El problema es que la dinámica que condujo tanto a Puigdemont como a Rajoy a tomar la decisión equivocada —el miedo a ser acusado de traidor a Cataluña o a España— siguen operando con fuerza a uno y otro lado del conflicto. La rivalidad electoral en el seno de cada uno de los bloques dificulta la necesaria rectificación. Para salir del atolladero necesitaremos líderes más sólidos y resistentes que los que nos han traído hasta aquí.

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