Los ‘otros’ en la guerra del taxi

Los conductores de VTC doblan sus servicios gracias a la huelga de taxistas, pero no logran finalizar los viajes hasta Ifema

Un vehículo VTC en un servicio en las calles de Madrid, durante el tercer día de protestas del taxi.
Un vehículo VTC en un servicio en las calles de Madrid, durante el tercer día de protestas del taxi.VÍCTOR SAINZ

Antonio conduce un coche híbrido de color negro adherido a la plataforma Cabify, que presta servicios de transporte en la capital. A las 9.30 recibe una petición en su terminal. Debe recoger al cliente en la céntrica calle de Bravo Murillo, en ebullición a esa hora, y trasladarlo hasta Ifema. La aplicación genera automáticamente la factura: 17,3 euros por cubrir una distancia de 12 kilómetros. Solo hace falta confirmar la reserva y el vehículo aparece en cuestión de minutos. No obstante, el conductor llama antes al usuario por teléfono: “No puedo completar el viaje porque los taxistas están bloqueando la zona. Le dejo lo más cerca posible”. El cliente acepta. El viaje se culmina en 20 minutos. Después de dar algunas vueltas por lugares remotos de Madrid, Antonio abandona al usuario en la calle de Ariadna, a más de un kilómetro del recinto. Debe realizar el resto del trayecto andando. [Tercera jornada de paro indefinido de los taxitas]

“Acercarse a Ifema es un riesgo que no puedo correr. Normalmente, la empresa bloquea el trayecto cuando hay situaciones de este tipo”, explica Antonio, que niega tener instrucciones de la compañía para no recorrer la zona cero. A primera hora de la mañana, por ejemplo, no había coches de Uber disponibles para realizar el mismo servicio. No existen problemas con el VTC en el resto de la ciudad. “Como no hay taxis, culminamos antes los viajes, pero en los alrededores de Ifema conducimos con miedo. A los taxistas les da igual que lleves clientes o que no: tiran piedras y rompen los cristales”, sostiene Antonio. Se le nota tenso. Mira constantemente al retrovisor y al espejo porque asegura tener “miedo”.

Dice entender las reivindicaciones del sector, aunque no las comparte: “Nadie les puso una pistola para que se hipotequen. Quien dedica más de 100.000 euros a una licencia es porque sabe que tendrá un retorno económico”. Los ánimos se han ido caldeando con el paso de las horas. Los taxistas deciden a mediodía bloquear la M-40, una de las principales vías de circunvalación de la capital.

"Vi venir a un piquete y me asusté"

Francisco, otro conductor de VTC, ha pasado a escasos metros de ellos. Le han insultado, se ha puesto nervioso y ha impactado con un camión de la basura que pasaba por la calle de la Rivera del Loira. “Es fuego amigo. Nosotros somos los otros perjudicados. Salimos a ganarnos la vida, tenemos una nómina de 1.200 euros y no somos sus enemigos, en todo caso su competencia”, reconoce varado en un carril de la calle de Los Andes con el frontal de su vehículo destrozado. “Vi a un piquete venir hacía mí y me asusté”, admite.

Otro conductor, Eduard, se niega a recoger al cliente en las inmediaciones de Ifema. Le exhorta a hacerlo junto a unos grandes almacenes del Campo de las Naciones. El usuario camina hasta allí, pero tarda más de lo previsto por la protesta. Eduard abandona la ubicación y el cliente debe reservar otro vehículo. Víctor llega en cuestión de minutos. Admite que estaba a punto de desconectarse de la zona porque “está hoy fatal”. Traslada al usuario al aeropuerto por menos de 10 euros, aunque admite que ha hecho nueve kilómetros extra porque no ha podido circular por la M-11, “bloqueada también por los taxistas”. Y sostiene: “Es el usuario quien debe elegir cómo llega a su destino. Estamos siendo atacados y de momento no hemos reaccionado, pero toda acción genera una reacción”.

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En el aeropuerto los taxistas han colgado un cartel para avisar de que están en huelga. Ayudan a los viajeros a tomar transportes alternativos. Otros descargan la aplicación de Uber o Cabify y toman un VTC. Para ello, es costumbre, deben acudir hasta la cuarta planta, bloque B, del aparcamiento. “Es una odisea venir andando hasta aquí. No sabía nada de la huelga”, afirma Pamela, una joven brasileña que viene a trabajar en Fitur.

“La huelga se nota porque estamos haciendo el doble de viajes que un día normal”, admite Hamza, otro conductor de VTC que lleva a un cliente al recinto ferial de Ifema, donde estos días tiene lugar FITUR, el gran encuentro del turismo que genera un impacto en la ciudad de unos 300 millones de euros. Lo deja en una rotonda de la vía Dublín, a un kilómetro de su destino. Son las 14.30 y los taxistas siguen concentrados a las puertas de Ifema. “En las guerras no se come”, concluye uno de ellos.

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