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OPINIÓN i

La vía está abierta

Se ha dado un primer paso para encauzar por fin el conflicto a través de la política y del diálogo democrático, es decir, del reconocimiento mutuo

Batet, Calvo, Sánchez, Torra, Aragonés y Artadi, el jueves en Barcelona.
Batet, Calvo, Sánchez, Torra, Aragonés y Artadi, el jueves en Barcelona. EFE

La foto es un poema: presidentes y consejeros en semiarco, con cara de circunstancias y miradas que no convergen. Sólo el presidente Sánchez esboza una tímida sonrisa mucho más contenida de lo que acostumbra. Una foto de equilibrios forzados como la declaración conjunta que da sentido a lo que Moncloa considera una reunión de presidentes y la Generalitat una cumbre entre gobiernos. Pero el encuentro ha existido y ambas partes han sido capaces de establecer un mínimo punto de partida para entrar en la vía política que nunca se debió abandonar. En resumen, una apuesta “por un diálogo efectivo que vehicule una propuesta política que cuente con un amplio apoyo en la sociedad catalana”. Y un camino: “avanzar en una respuesta democrática a la demanda de la ciudadanía de Cataluña, en el marco de la seguridad jurídica”.

En el trasfondo de la apuesta, la construcción de mayorías sobre reivindicaciones concretas que superen la división identitaria de la sociedad catalana, que está tanto en la estrategia llamada del 80 por ciento por parte del independentismo, como en la demanda expresada por el presidente Sánchez en sede parlamentaria de que los partidos soberanistas presenten propuestas con amplio respaldo ciudadano. Adquiere de este modo cierta relevancia a la Taula de Diàleg en que los soberanistas se sientan con los Comunes y con el PSC. La expresión “en el marco de la seguridad jurídica” es obviamente un eufemismo para expresar la exigencia de respeto a la ley sin una menciona explícita a la Constitución que el soberanismo cuestiona.

La reunión ha tenido lugar, cosa que no era evidente hace una semana. Ha habido un posicionamiento conjunto. Y señales previas de distensión, como el anuncio del fin de la huelga de hambre de los presos. El soberanismo va asumiendo que no es lo mismo que gobierne Sánchez o que gobierne la derecha. El calendario es suficientemente complicado, en vigilias del juicio del Supremo y ante una campaña electoral en que, de la mano de Vox y con la complicidad de PP y Ciudadanos, los vientos asfixiantes de la extrema derecha alcanzarán niveles de riesgo en el recalentamiento del clima político. Pero se ha dado un primer paso, se ha abierto una vía para encauzar por fin el conflicto a través de la política y del diálogo democrático, es decir, del reconocimiento mutuo. No será en absoluto fácil. Habrá intentos de bloqueo por todos lados. La derecha española no ha tardado ni un minuto en lanzar su arsenal de invectivas: “Es humillante ver a un presidente de España agasajando a quien reclama la vía eslovena de confrontación civil en Cataluña”, Pablo Casado; “La imagen de la humillación: Sánchez trata como si fuera un jefe de Estado a un supremacista que alienta la violencia y quiere destruir España”, Albert Rivera. Nunca una idea política, nunca una propuesta que no sea represiva, siempre buscando solo excitar las bajas pasiones ciudadanas. Con este personal no será fácil hacer progresar la vía del diálogo. Y al otro lado, los sectores que siguen colgados del mandato del 1 de Octubre, resistiéndose a cualquier cambio estratégico, seguirán rechazando cualquier apuesta de negociación, agarrados a la quimera de la República ya.

Pero ahora algo está claro: hay dos vías posibles, la de la confrontación (en la que se encuentran la derecha española y el independentismo del cuanto peor, mejor) y la de la política, es decir, la del reconocimiento mutuo y el diálogo. Esta es ya la nueva línea de demarcación. Unos y otros tendrán que escoger. La derecha española si sigue en la frivolidad de la sobreactuación actual sólo puede conducir al país al desastre. Expulsar del terreno de juego a dos millones y pico de catalanes —que es lo que llaman la derrota necesaria del independentismo— sería la definitiva liquidación del régimen constitucional y la construcción de un nuevo autoritarismo.

Se ha abierto una vía, muy precaria todavía, pero, más allá de los intereses partidarios, que se embrutecen con los discursos del odio y de la exaltación patriótica, todos los partidos democráticos tendrían que apostar por ella. ¿No hay en la derecha española sectores liberales o conservadores capaces de entender lo que está en juego? A partir a ahora, no hay excusa: pacto o confrontación, reconocimiento o satanización del adversario, diálogo o violencia. Quiero creer que la sociedad española acabará premiando la voluntad de acuerdo. Y espero que el presidente Sánchez también se lo crea.

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