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OPINIÓN i

Huelga de hambre por Navidad

Lo que plantean Sànchez y Turull es una acción propagandística sí, pero también un gesto de desesperación

De izquierda a derecha: Jordi Sànchez, Oriol Junqueras, Jordi Turull, Joaquim Forn, Jordi Cuixart, Josep Rull y Raül Romeva, en Lledoners.
De izquierda a derecha: Jordi Sànchez, Oriol Junqueras, Jordi Turull, Joaquim Forn, Jordi Cuixart, Josep Rull y Raül Romeva, en Lledoners.

No es casual que Jordi Sànchez comience su huelga de hambre, acompañado de Jordi Turull, con el mes. Si no hay contratiempos y el ánimo resiste en medio de los festines navideños ambos entrarán en la fase más delicada de la protesta y con la suficiente pérdida de peso para que, una vez más, una instantánea (que podremos comparar con la oportunamente divulgada el día del anuncio) torpedee la imagen de España en el exterior.

Esta es una partida perdida de antemano por el ejecutivo español y la alta magistratura del poder judicial. Si nadie es insensato, y con el debido control médico, en su momento el clamor popular movilizado por los estrategas del independentismo pedirá el fin de la huelga y lo logrará. El gobierno y las instituciones del Estado no se habrán movido un ápice.

En el magma independentista hace ya algún tiempo que se contempla la opción extrema tomada ahora. En julio de 2017 el eurodiputado de ERC, Josep M. Terricabras, propuso una huelga de hambre frente al Parlamento Europeo si se impedía el referéndum del 1-O. En marzo de 2016 la Asamblea Nacional Catalana homenajeó en Barcelona al alcalde de Cork muerto en 1920 después de 74 días en ayunas. Terence MacSwiney y el conjunto de la lucha irlandesa contra el Imperio británico ejerció un enorme influjo en las primeras andaduras del separatismo catalán. También los Troubles de Irlanda del Norte y la muerte de Bobbie Sands, tras 66 días sin comer, y de otros nueve compañeros en 1981 impactaron en el movimiento de corte no violento, la Crida a la Solidaritat, fundado ese año y de la que Sànchez fue portavoz.

En Irlanda ayunar para denunciar una injusticia o dejar en evidencia a un enemigo era práctica corriente desde tiempos remotos. El combate independentista irlandés y sus métodos influyeron, como en Cataluña, también en el nacionalismo indio. Entre 1913 y 1948 Gandhi fue el campeón de las huelgas de hambre, 17, tres de ellas de 21 días. El nacionalismo catalán, des de Macià hasta el sacerdote Lluís Maria Xirinacs —un habitual de este tipo de protesta en los setenta— bebieron de la no-violencia de Gandhi y el círculo se cerró.

En El naufragio Lola García nos ha contado que Carles Puigdemont anticipó su exilio meses antes de llevarlo a cabo. Ahora por el testimonio del maestro balear Jaume Sastre —en ayunas 41 días en 2014 contra la política educativa del gobierno Bauzá, sin éxito— sabemos que Sànchez se interesó por su experiencia porqué la contemplaba para si. No hay nada más temerario que un hombre a la caza del que cree que es su destino. A una parte del independentismo catalán le pesa aún en demasía la mimetización con sus líderes del pasado y su impronta católica, palpable en la búsqueda del sacrificio (y del martirio).

Lo que plantean Sànchez y Turull es una acción propagandística sí, pero también un gesto de desesperación. La prisión provisional ni la merecen los políticos encarcelados ni sus familias, ni merecemos las sociedades catalana y española la vergüenza y tensión en que vivimos instalados. Muchos, con Pedro Sánchez a la cabeza, cerrarán el año confiando que un mal fario no convierta la campaña en un drama que llevaría a Cataluña del estadio de lo casi irresoluble al de lo imposible.

 

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