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OPINIÓN

Banderas al viento

La tensión que generan españolistas e independentistas hará crecer la incontinencia verbal cuando se acerquen las municipales

Albiol y Torra discuten el 17-A en Cambrils.
Albiol y Torra discuten el 17-A en Cambrils.

Las tensiones surgidas alrededor del acto de homenaje a las víctimas del atentado yihadista del 17 de agosto de 2017 son un anticipo de la agenda política otoñal. Grupos de monárquicos exaltados daban vivas al Rey y abucheaban el catalán empleado en la ceremonia de la plaza de Catalunya, mientras, como telón de fondo, una pancarta proclamaba que Felipe VI no era bienvenido a los Països Catalans. En la tarde del mismo viernes, el presidente de la Generalitat instaba a atacar al Estado injusto” en un acto independentista ante la prisión de Lledoners de reivindicación del encarcelado exconsejero de Interior Joaquim Forn. Al día siguiente, en Cambrils, Xavier García Albiol se encargaba de recriminar en público a Quim Torra lo dicho.

Desde entonces y al menos cada 12 horas el despertador patriótico no ha dejado se sonar. Claro que todo tiene segundas lecturas, más allá de la mera literalidad. La interpelación de Albiol a Torra, por ejemplo, trataba de ser una exhibición de audacia y de que los populares catalanes no se resignan al triste papel de mendigo Lázaro en el banquete de Epulón Rivera. Por eso Albiol lo hizo ante un público selecto: el flamante e incisivo presidente de su partido, Pablo Casado, aplaudía en primera fila. Torra, por su parte, pretendía con sus palabras mostrar el camino hacia la tierra prometida, esa nación que de momento se contenta con ser virtual y que se construye desde Bruselas, con sucursal en la plaza de Sant Jaume. Las palabras del presidente catalán lógicamente buscaban compactar al pueblo elegido para que no se entregue al paganismo a la espera de que se abra una “ventana de oportunidad” que permita una independencia rápida, feliz y sin dolor.

Tanto para el president como para Albiol el tablero político está claro. El primero lo fía todo a los poderes taumatúrgicos de la retórica. Tiene su punto de utopía, si no fuera porque de lo que se trata es de prolongar, radicalismo verbal mediante, la estancia de los exconvergentes en el poder.

El exalcalde de Badalona, por su parte, sigue la estela de dureza de su líder Casado, quien no permite que la realidad le estropee un buen titular. Para cargar contra la izquierda es capaz de negar, como Pedro, que el PP haya subido impuestos después de 2011 (entre 2011 y 2013 aumentó cinco veces el IRPF, cuatro el impuesto de Sociedades, dos el IVA y uno el IBI) y de hacer de prestidigitador visitando inmigrantes por la mañana y defendiendo las devoluciones en caliente por la tarde. Como no podía ser de otra manera, Casado —al igual que Ciudadanos— ha solicitado explicaciones al Gobierno central por las pancartas secesionistas y los “excesos” de Torra, olvidando quizás que un año antes, y bajo la presidencia de M. Rajoy, Felipe VI fue objeto de un abucheo monumental durante la manifestación de repulsa al atentado que recorrió Barcelona. Ahora, el radicalismo retórico de Torra sirve de pretexto para que Ciutadans y PP pidan la aplicación del artículo 155 y para exigir que el presidente de la Generalitat reedite una suerte de inexistente Jura de Santa Gadea. En la derecha española nadie quiere enterarse, como dijo la vicepresidenta del Gobierno central, Carmen Calvo, de que “con frases no se ataca al Estado”.

La tensión que generan españolistas e independentistas intransigentes hará crecer la incontinencia verbal a medida que se aproximen las elecciones municipales. Si Manuel Valls presenta su candidatura con Ciutadans y el frente puigdemonista logra articular una lista unitaria, se habrá conseguido que Barcelona entre de lleno en la guerra de patriotas. Esos comicios son vistos por uno y otro extremo como una “ventana de oportunidad”. Y como en los tiras y aflojas entre husitas y católicos checos, las ventanas invitan a las defenestraciones. Y en este caso la primera será el eje izquierda-derecha.

Las esencias nacionales serán la poción amnésica que hará olvidar lo unidos que han estado unos nacionalistas y otros a la hora de oponerse a la consulta sobre remunicipalización del agua en Barcelona, a que un 30% de las viviendas de nueva construcción en la ciudad se destinen aumentar el parque público o a la limitación de plazas hoteleras.

La victoria de Ada Colau en las municipales de 2015 trastocó el tablero que unos y otros nacionalistas habían proyectado para Barcelona. Ahora se trata de sumar la capital de Cataluña a la normalidad patriótica y al flamear de banderas al viento.