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OPINIÓN

¿Qué pretende la Crida Nacional?

El parámetro no es sumar aunando partidos sino adhesiones individuales a través de la gran arma del independentismo: el agitprop

Carles Puigdemont, este mayo en Berlín.
Carles Puigdemont, este mayo en Berlín.

A algunos de ustedes el artículo les va a intranquilizar. Me declaro inocente, pero permitan que les amplíe las pinceladas que les di el 22 de julio sobre lo que pretende la Crida Nacional per la República para que piensen en ello entre cañas y chapuzones. Aparquen el confort y acompáñenme fuera del marco común de los análisis que han leído para tratar de entrar en la lógica del proyecto.

La Crida parte del supuesto compartido por las bases independentistas y el entorno Puigdemont —poco amante de las constricciones de su propio partido— que la pugna entre ERC y PDeCAT arruinó a partir del 3-O el capital político y propagandístico acumulado el 1-O. De ahí, la voluntad de crear una marca que supere las formaciones clásicas, lastradas por cuadros más preocupados por sus servidumbres que por el ideal.

El artefacto se asienta en la plataforma de poder y económica que supone el PDeCAT pero no es una reformulación de ésta. El parámetro no es sumar aunando partidos —a los que se denuesta— sino adhesiones individuales a través de la gran arma del independentismo: el agitprop. Asumiendo que nuestra época es narcisista, sentimentaloide, ávida de épica, de retos y de revertir el bowling alone, la Crida quiere apelar a la emotividad. Y aquí su gran baza es el cid campeador Puigdemont.

La paridad JuntsxCat-ERC del gobierno Torra lastra la consolidación de una hoja de ruta dominante en el independentismo. Por eso se cuenta que unos comicios después de la sentencia a los presos servirán para recoger el fruto del postmodernismo. La campaña para definir los juicios como “políticos” ha comenzado. Y es que una amplia mayoría de catalanes, incluso contrarios a la República, no comprenderá que los políticos sean sentenciados ni a un día de prisión. Elementos como el libro del exconsejero Joaquim Forn sobre su vida entre rejas tendrán un papel propagandístico importante.

Una vez erigida la Crida como fuerza dominante en el campo independentista la estrategia interior —la Generalitat— se pretende alinear con la exterior —el Consell de la República— sin problemas, lo que el recelo de ERC al protagonismo de Puigdemont dificulta.

Muchos cuadros intermedios y algunos de primera fila del PDeCAT se suman —otros practican el wait and see— a la Crida para no perder prerrogativas. El procesismo a sueldo resulta cómodo, excepto para los más convencidos y para quienes tienen por delante la perspectiva del holandés errante o de la prisión.

El objetivo de estos últimos es crear una agitación tal —un momentum, ¿les suena?— para que se de lo que no sucedió en octubre: que de Bruselas o Washington se aconseje al gobierno español sentarse a negociar un referéndum —uno que podría incluir una opción federal—. Un acuerdo con una amnistía previa general para los encausados. Vista la respuesta al 1-O, se considera que el apoyo para la palanca que fuerce la negociación está en el exterior.

¿Un referéndum con el 47% de votos a favor? Los cridaires consideran que no es necesario ampliar la base independentista porque ante una pregunta clara no hay opción que cuente con más votos. Y que, por otra parte, al 25% del electorado catalán no se le podrá convencer. El objetivo último, pues, es sentar al gobierno español en una mesa como lo era el 1-O.

Mientras tanto se planteará una política sui generis de centroizquierda —con lo que los militantes genuinos del PDeCAT no comulgan— porque es así como se definen la mayoría de catalanes. Lo mismo hizo en los años sesenta el SNP (con el que poco se asemeja la Crida) que concretó su ideología para comerse al laborismo escocés.

Las municipales beberán de un doble discurso: el local conjugado con el proyecto general con el argumento que si las políticas consistoriales no se realizan es porque Cataluña no es una República. La celebración de primarias en cada municipio no asusta a la Crida. Se entiende que la unión ilusiona y que lo único que la genera es el proyecto republicano, puesto que el constitucionalismo va a remolque y no propone más que el statu quo. De ahí que cualquier propuesta nueva del gobierno Sánchez estorbe.

Cierro con un apunte historicista puesto que Macià forma parte de la cosmogonía referencial de los cridaires. En 1930 el exmilitar prologó la traducción catalana de la obra de Romain Rolland Mahatma Gandhi que en 1923 presentó esta figura a Occidente. También en la desobediencia se piensa en el laboratorio de la Crida.

En el estudio de la Historia es tan importante analizar aquello que el sujeto observado hace como lo que cree que hace —lo consiga después o no—. Para salir del embrollo que se avecina debemos cambiar los parámetros de análisis político al tiempo que aparecen nuevos actores en liza. ¡Buen ferragosto!