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OPINIÓN

Los tejados con o sin pelota

El problema que tiene ahora mismo Torra es que mientras él se cree sus propias fantasías, otro señor en Madrid hace y piensa cosas concretas

El presidente del Gobierno  español, Pedro Sànchez, y el presidente de la Generalitat, Quim Torrra.
El presidente del Gobierno español, Pedro Sànchez, y el presidente de la Generalitat, Quim Torrra.

Últimamente me pregunto si el president Quim Torra (o el expresident Puigdemont, tanto monta monta tanto) se ha dado cuenta de que es él quien tiene ahora la pelota en su tejado. Durante el gobierno de Rajoy (o durante la época más negra de la democracia española, incluida corrupción a todos los niveles institucionales) para el independentismo fue muy fácil apelar a la famosa pelota, dado que casi siempre estaba en el tejado del expresidente. Tal era su inmovilismo y su porfiada convicción de que la mejor pelota ganadora era la que se echaba, en materia territorial, en el tejado de los tribunales y los jueces. En aquella dinámica, que ahora da la impresión que sucedió hace siglos, el Partido Popular sacaba pecho dando rienda suelta a su proverbial intransigencia.

Desde el principio de la crisis entre Cataluña y España, el Partido Popular no entendió que era un privilegio tener esa dichosa pelota en su tejado: negociar no era ceder ante ningún enemigo irreconciliable, sino acordar espacios de colaboración y autonomía de gran calado, como la que les otorgaba a ambos gobiernos el Estatut de Autonomía que el mismo PP colaboró a derrocar en 2010.

El Partido Popular, heredero del autoritarismo franquista mal liquidado durante la Transición, tenía en su mano resolver el problema territorial. Prefirió demostrar a sus bases y votantes que la partida entre el Govern de la Generalitat y el Gobierno la ganaría éste. Al PP, como a todo partido político, siempre le gustó ganar, sólo que cuando gana no lo sabe hacer bien. Dejar en manos de los tribunales un contencioso del calibre del territorial, era la manera más desastrosa para todas las partes de ganar pésimamente mal.

Ahora al president de la Generalitat le ha cogido un ataque de soberbia, como si no hubiera pasado nada, como si hubiera ganado todas sus batallas políticas y no políticas por goleada. A eso yo le llamaría perder mal. A Quim Torra le basta con invocar la desgraciada y equívoca jornada del 1 de octubre. Desgraciada por la gente presente en el espacio público apaleada sin ninguna necesidad. Y equívoca porque nada hace suponer que dicha jornada haya sido algo más que una exitosa movilización por un referéndum acordado. Pero Quim Torra erre que erre quiere convencernos de que ese día fue una cita histórica y que con prácticamente la única concurrencia del independentismo se selló en unas urnas compradas a los chinos una legalidad incontrovertida.

El problema que tiene ahora mismo Torra es que mientras él (o Puigdemont) se cree sus propias fantasías, otro señor en Madrid hace y piensa cosas concretas. Desempolva las comisiones bilaterales Estado-Generalitat, promete abandonar la judicialización de la política (siempre y cuando al independentismo del señor Torra no le coja otro ataque de unilateralidad). Eso sin contar otros proyectos y beneficios de alcance social a nivel estatal, que también afectan a los ciudadanos de Cataluña. No hay ninguna duda de que la pelota está en el tejado de Quim Torra y su gabinete. Con esa pelota en su poder podría hacer grandes cosas. Exigir muy legítimamente, por ejemplo, que se cumplan las promesas de inversión en infraestructuras que Mariano Rajoy muy solemnemente nunca cumplió. Que se cumplan los puntos listados que empezando por Artur Mas y siguiendo por el propio Puigdemont, el gobierno del PP se pasó por el forro. ¿Cuándo, desde hace más de un lustro, la Generalitat tuvo un interlocutor más dispuesto a hablar y negociar todo (menos un referéndum)? En su imprudente impaciencia, ¿no estará el independentismo de Quim Torra (y Puigdemont) matando al mensajero? (Nadie le obliga a Torra que abandone sus creencias políticas, obviamente salvo el juez Llarena).

Hace unos días, habló de nuevo Quim Torra ante los medios de comunicación. Junto a los inopinados plazos a Pedro Sánchez, exigió al rey Felipe VI que se disculpara ante el “pueblo catalán” por su discurso del 3 de octubre. No seré yo quien niegue la inoportunidad de dicho discurso. Un error monumental que nadie cercano a la Casa del Rey supo (o quiso) calibrar por sus consecuencias políticas y emocionales, ambas muy fáciles de manipular a su antojo por ambas partes del contencioso España-Cataluña. Ahora bien, ¿ha pedido el jefe de Quim Torra perdón por los constantes errores, algunos de los cuales llevó injustamente a la cárcel a gran parte de su gobierno? ¿Han pedido perdón ambos por no convocar elecciones el 27 de octubre y de esa manera evitar la aplicación del 155? El señor Quim Torra, lo sepa o se empecine en no saberlo, tiene ahora la pelota en su tejado. ¡Menudo privilegio!