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OPINIÓN

‘Povera Patria’

La respuesta a la mutación de la cultura política de amplias capas de Italia se debe buscar en los veinte años de berlusconismo

Matteo Salvini, ministro del Interior italiano. AFP PHOTO  Andreas SOLARO
Matteo Salvini, ministro del Interior italiano. AFP PHOTO / Andreas SOLARO

Este el título de una famosísima canción de Franco Battiato de 1991. En su momento provocó un poco de revuelo, por la inclusión del término “Patria”. La palabra, en el contexto italiano de aquella época, remitía o bien a la mitología del Risorgimento —percibida como anticuada y un punto casposa— o, aún peor, al abuso que de ella hizo el fascismo. Aún así la letra, que habla de un país aplastado por gobernantes ineptos, por medios de comunicación sin escrúpulos (en definitiva, un país política y moralmente decadente), tuvo un éxito sin precedentes, probablemente porque sin ser demasiado connotada políticamente (como su autor, por otra parte) expresaba un sentimiento de indignación que podía ser compartido por gente muy diversa. El otro día, cuando el ministro de Interior del nuevo gobierno italiano, Matteo Salvini, decidió no abrir los puertos al barco Aquarius, me vino a la cabeza instantáneamente y experimenté un deseo casi físico de cantarla a todo pulmón.

Más allá de cantar, cabe preguntarse cómo un país como Italia —con una tradición política y democrática con muchas aristas, pero consolidada—, ha llegado al punto en que sus políticas se parecen más a las de los ultranacionalistas húngaros o polacos, que a las de los países del núcleo duro europeo del que siempre había formado parte.

En las páginas de este mismo diario, hace pocos días Alexandre Stille hacía un repaso de la trayectoria de la política económica del país vinculándola a los sentimientos euroescépticos y de repliegue de los últimos años. En términos más generales, sin embargo, parece que una parte de la respuesta a la mutación del conjunto de la cultura política de amplias capas del país se debe buscar en los veinte años de berlusconismo, que cambiaron dos elementos clave. El primero, la percepción de la inmigración. Berlusconi llegó al poder gracias a la ayuda de los neofascistas del Movimiento Social Italiano y de la Liga Norte, que en ese momento compartían pocas cosas, salvo la tendencia a vincular migrantes y delincuencia. El segundo: el berlusconismo —y quizás esta sea también una de las claves de su hegemonía— fue también el espontaneísmo al poder, la destrucción de cualquier filtro entre intereses, miedos y convicciones percibidos como particulares y aquellos percibidos como generales. El propio primer ministro de entonces declaraba, sin despeinarse, que le parecía bien evadir impuestos por demasiado elevados, hacía bromas vejatorias respecto a los homosexuales, y con palabras (y muchos hechos) demostraba una concepción degradante de las mujeres.

A lo largo de las últimas dos décadas y media se jugó en Italia una batalla cultural en la que quienes creían en la existencia de unos intereses generales —disputables pero generales al fin y al cabo y conectados a los valores democráticos europeos—, simplemente han perdido. Hubo conservadores seducidos por la aventura de la “revolución liberal” berlusconiana (un anticomunista pétreo como Indro Montanelli los condenó, pero se quedó solo), y una derecha demócrata cristiana que se aferró al proyecto del magnate como manera de sobrevivir a Tangentópoli. La izquierda no supo ver la envergadura de lo que se acercaba. Cuando se percató, osciló entre competir en la agenda política y de valores producida por el berlusconismo o retirarse en una estéril actitud de superioridad moral. No bajó a disputar la construcción de un imaginario alternativo. Las experiencias de los gobiernos de Prodi lo intentaron, pero fueron demasiado cortas y lo que germinó con los movimientos antiglobalización pereció entre la incapacidad de solidificar políticamente y el mazazo de Génova en 2001. Las experiencias institucionales y de movimientos de base municipal tuvieron alguna victoria. pero no supieron dar el salto estatal. Renzi —que, a pesar de algunas políticas remarcables, periclitó la izquierda— llegó tarde y mal y en parte fue producto de una cierta interiorización de la cultura de la época berlusconiana: su fuerza arraigaba en parte en la eliminación de la complejidad de la política.

Así, cuando el sistema político de la llamada Segunda República implosionó después de la crisis, “el sentido común” había evolucionado en un sentido divergente respecto a los valores democráticos e inclusivos. Y las respuestas se conjugaron en propuestas con posicionamientos considerados simplemente obscenos para los estándares europeos.

Queda por saber qué hacer ahora. Y no es fácil. Una parte de la batalla que se deberá dar dentro del país, esperando desenganchar al menos a una parte del electorado del M5S del nuevo proyecto populista encabezado por Salvini. Pero hay otra parte de la batalla que se deberá jugar a nivel europeo, compaginando la censura de las posiciones adoptadas por el gobierno italiano y el diálogo con los actores que se oponen a ellas.

Será largo. Y el éxito de toda la operación está lejos de estar asegurado. Como dice Battiato al final de su canción: “La primavera tardará en llegar”.