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OPINIÓN

La tentación del fatalismo

Suponer que solo podrá ser la propia sociedad catalana la que acabe con el procés puede parecer ingenuo pero hay elementos que lo avalan

Manifestación independentista del pasado marzo en Barcelona.
Manifestación independentista del pasado marzo en Barcelona.

El fatalismo acaba siendo retrógrado, por acción o reacción. En cualquier época de la historia de Europa, el fatalismo de la decadencia ha habilitado predicciones de futuro casi siempre desacertadas. La suposición de que cualquier tiempo pasado fue mejor siempre está a la vuelta de la esquina, desde el imperio romano a las tesis de declive en la Francia de hoy. En España, un fatalismo que tuvo arraigo -y a veces vuelve a tenerlo- fue el diagnóstico tan contradictorio, incluso tan atrabiliario, que dejó escrito la generación del 98.

Indudablemente, el siglo XIX fue turbulento en España, pero también lo fue en la mayoría de países europeos, a excepción de aquellos que habían hecho revoluciones que en realidad fueron reformas. Ahora mismo, ¿qué tiene que ver la Castilla esencialista del 98 con un territorio surcado por el AVE, digitalizado, agrícolamente moderno, de cada vez más urbanita, con nueva energía empresarial? Cierto que en todas partes han aparecido brotes caciquiles, disfunciones institucionales, corrupción, desvinculaciones negativas y la huella tóxica de los "reality shows" pero a su modo son consecuencias del crecimiento económico tanto como de la mala política y no del inmovilismo senequista presente en tantas páginas de Azorín. Para la España del siglo XXI la decepción fatalista equivale a apostar contra el futuro.

La sentencia del tribunal supremo de Schleswig-Holstein, interpretada como aliento para el independentismo, provocó otro fatalismo que pone en duda la capacidad de integración europea, con lo que de un europeísmo efusivo se pasa sin pausa al euroescepticismo. Hubo quien comparó el impacto de esta sentencia con el desastre de 1898. Según esta interpretación a España no le compensa seguir siendo miembro de la Unión Europea y lo mejor sería replegarse para defenderse mejor -en solitario- de los ataques al Estado, como es el secesionismo en Cataluña. Vemos una reacción que aun siendo natural es desproporcionada sobre todo porque oscurece la viabilidad de un realismo razonado que ya está matizando los procedimientos. Mientras tanto, Puigdemont coquetea con la extrema derecha, "Brexit" de sinrazón.

La propia Alemania reunificada da prueba de que el fatalismo es un error. En la penúltima fase de la Segunda Guerra Mundial, el célebre memorándum de Morgenthau, secretario de Estado del Tesoro, propuso a Roosevelt que en la postguerra de una Alemania que iba a ser vencida la desindustrialización por parte de las autoridades aliadas fuese intensa y conducente a un país neutralizado y convertido en una economía agraria y de pastoreo. El fin de la Alemania de Hitler debía ser a la vez el fin de una gran nación industrial. Diversos factores acabaron por archivar el plan Morgenthau, el desarme industrial no se produjo sino que, al contrario, llegó el plan Marshall, decisivo para la Europa libre. Hoy Alemania esa uno de les principales motores de la economía europea, una democracia en plenitud y, a pesar de los jueces de Schleswig-Holstein, un buen aliado de España.
En Cataluña el secesionismo vive de una interpretación histórica que, salvo benéficas excepciones, es victimista, absoluta y determinista. Esas retrovisiones acaban dañando el pluralismo de una sociedad que quiera ser abierta y no excluyente. Es el momento crucial que se vive en Cataluña, pero nada está escrito y concebir el futuro como un logro fatalista e inevitable frente a la España caduca es un callejón sin salida. Sobre Carles Puigdemont no está dicha la última palabra aunque le haga falta una mano de pintura a la euroorden como elemento de confianza entre socios en una Europa en la que por definición no hay presos políticos. Puigdemont acabará en la cárcel o vagará por el mundo como una versión cutre del mal cazador de Joan Maragall y en Cataluña el independentismo se sostendrá —más o menos o no— pero no en virtud de un sentido histórico determinista y absolutista, ni por la fatalidad heroica de un destino identitario sino por acción o inacción humana.

Suponer que solo podrá ser la propia sociedad catalana la que acabe con el procés puede parecer ingenuo pero hay elementos que lo avalan: los más acuciantes son el riesgo económico y el desorden público, la inseguridad jurídica y el componente de pantomima que lleva tiempo fagocitando toda la política del independentismo, sin líderes capaces de contar el nudo gordiano, desacelerar el rupturismo y gobernar para todos los ciudadanos, aunque no renuncien al horizonte de una secesión practicable quien sabe cómo.