Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
OPINIÓN

Europa y la cuestión catalana

El salto inesperado de la cuestión catalana a partir del 2010, del nacionalismo reivindicativo a la apuesta por la independencia, no se entiende sin el marco de crisis que arrastra Europa

Esteladas ante el edificio de la Comisión Europea.
Esteladas ante el edificio de la Comisión Europea. afp

No sé si la decisión de Puigdemont de cruzar Alemania en coche fue un exceso de confianza de quien disfruta burlando al gobierno español o un intento, consciente o inconsciente, de meterse en la boca del lobo. En cualquier caso, el primer efecto de la euroorden dictada por el juez Llarena confirma la dimensión europea que ha tenido desde siempre el conflicto catalán, por más que los discursos oficiales —en Madrid como en las demás capitales de la Unión— insistan en su carácter de problema interno de España.

Es una cuestión europea desde su origen. Las querellas entre Cataluña y España son seculares, pero el salto inesperado que da la cuestión catalana a partir de 2010, del nacionalismo reivindicativo a la apuesta por la independencia, no se entiende sin el marco de crisis que viene arrastrando Europa, fruto del desconcierto generado en la ciudadanía por la incapacidad de respuesta política al acelerado proceso de globalización y a la crisis de 2008 que partió a las clases medias por la mitad y sembró el pánico en amplios sectores de la sociedad. Siento repetirme, pero la escalada del independentismo catalán responde al mismo clima que propició el Brexit, la expansión de las extremas derechas europeas, el nacimiento de los Grillini, Podemos, la France Insoumise y tantos otros, incluida En Marche de Macron, aunque por su rápida adaptación a las exigencias del poder económico nadie le coloque en la lista.

Son fenómenos muy distintos pero responden a la misma crisis de gobernanza europea. Con la globalización se ha movido el suelo de certezas y referencias en que la gente había encontrado su confortabilidad y no es extraño que en lógica reacción contractiva la bandera del nacionalismo vuelva a agitarse con entusiasmo. Así ganó Macron en Francia, excepcional actor de un espectáculo de patriotismo republicano que no se vivía desde De Gaulle, y así el nacionalismo catalán ha atraído a un número de ciudadanos sin precedentes con la promesa del paso de la potencia (nación) al acto (Estado). Aunque calculó mal las fuerzas y no paró a tiempo.

Si europeo es el origen, europea ha sido la respuesta. No hay duda de que el inmovilismo —que tanto sorprende a los observadores extranjeros— está inscrito en el carácter del presidente Rajoy, tan alérgico a los proyectos políticos como convencido de que nada es más eficaz que dejar que los problemas se evaporen solos. Pero esta dejadez, esta subrogación de responsabilidades, que ha convertido un problema político en una cuestión judicial, cuando las cartas han estado sobre la mesa durante cinco años y no se ha hecho nada para afrontarlo, es hoy generalizada en Europa. Por métodos parecidos se ha dejado pudrir la cuestión de la inmigración: incapaces de afrontarla, los gobernantes han acabado asumiendo el programa de la extrema derecha y han subrogando el control de las fronteras a un régimen autoritario como el turco o a un estado fallido como Libia. Y es sólo un ejemplo.

El giro autoritario que vive España, pretendiendo resolver la cuestión catalana por la vía judicial, y con un uso sin contemplaciones del código penal en materia de libertad de expresión, con la persecución de los delitos odio y con una práctica cada vez más subjetiva e interpretativa de la justicia, es lugar común en toda Europa. La complacencia de las autoridades europeas con los regímenes autoritarios de Hungría y Polonia, refuerza la reacción conservadora. Y a ello se añade la crisis de la socialdemocracia, que sin norte ni proyecto, sin otro ánimo que salvar las muebles (camino de la derrota definitiva), se acomoda acríticamente a la moda autoritaria. La entrega incondicional del PSOE de Pedro Sánchez a la estrategia catalana del PP forma parte también del contexto europeo. Cuando no se tiene fuerza para discrepar y proponer vías de solución alternativas (el PSOE también ha perdido cinco años) no queda más remedio que agarrarse a la bandera.
Ahora Puigdemont está detenido en Alemania. Y Europa toma conciencia de que el caso catalán existe. El discurso oficial alemán reitera la consigna: problema interno de España. Parte de la prensa y de los partidos discrepa. Todos sabemos, que no es lo mismo que Alemania entregue a Puigdemont sin más, que lo entregue con condiciones o que no lo entregue.

Sí, el problema catalán es un problema europeo. Y lo será cada vez más.