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CRÓNICA

Aprender

Ya no hay aprendices sino becarios que se manejan en el bazar en que se han convertido los periódicos. Yo no me canso de aprender y no dejo de ir a clase dos veces a la semana

Enric Pla, en su forja de Alpens. Ampliar foto
Enric Pla, en su forja de Alpens.

A mí también me preguntaban de pequeño qué quería ser de mayor y nunca tuve una respuesta, hasta que asumí una sabia reflexión de Carlos Pérez Barrio, el maestro de escuela, que con el tiempo me sirvió para ir por la vida sin tener que dar explicaciones sobre lo que ni yo sabía. “Los oficios se aprenden; las carreras se estudian”, me advirtió cuando yo era un veleta después de una severa regañina: “¡Espabila Ramon!”.

Quizá porque entonces todavía no había resuelto aquel dilema, carne de cañón como me sentía el día que se estrenó una materia que me sonaba a definitiva llamada selectividad, después de haberme peleado ya con el profesor de matemáticas y divertido con el de latín porque nos contaba en catalán la batalla de Troya, me apunté a la Facultad de Ciencias de la Información en la UAB.

Aunque no sabía muy bien qué era el periodismo, y hoy aún se sigue discutiendo, me permitía seguir viviendo en la calle donde de niño cambiaba de faena cada mañana, igual que cualquiera de los muchos adultos del pueblo.

Había días en que quería ser un tratante de ganado para poder viajar en camión y llevar un fajo de billetes; estaba convencido de que el dinero no estaba en el banco sino en el bolsillo de los que compraban y vendían vacas y mulas. También pensé en ser alguacil porque no todos mis amigos sabían hacer sonar la trompeta y mucho menos anunciar con voz alta y clara que por la noche habría función de circo en la plaza.

Las carreras se estudian, los oficios se aprenden, decía Carlos Pérez Barrios. Y yo iba y venía del aula, de la calle y de la redacción, el taller artesano en el que se ordenaban las noticias, se jerarquizaban las secciones, se editaban los diarios y se repartían las funciones según la categoría laboral.

Más adelante quise ser afilador, por el silbido del chiflo, por la voluptuosidad de la bicicleta y por la pesadez del pedal que movía una rueda de piedra chispeante y chirriante, tan desgarradora para los oídos como agradecida para las hojas de los cuchillos y las tijeras, incluso para los paraguas de mango. Tenía debilidad igualmente por los colchoneros y sus varas de avellano, porque jugaban con la lana igual que las abuelas hacían ganchillo.

Más preciso era el capador, un señor que se sentaba en una silla en la que no cabía su culo y sacaba los testículos de los lechones como los que repartían cartas en el bar: un corte, un poco de hilo, un chorrito de aceite y a correr.

También cumplí como monaguillo y me interesé por el sonido de las campanas más que por ser campanero, un cargo que requería mucha dedicación porque no es lo mismo llamar a misa que tocar a muertos o romper a rebato. Me atraía si acaso el repique cuando mezclaba con el acompasado golpeo del martillo que se escuchaba en casa del herrero, maestro y aprendiz juntos en la fragua, tenazas y guantes en las manos: ahora tú, ahora yo, cada vez más artistas que jornaleros porque apenas quedaban machos y yeguas por calzar, escaseaban las aradas y las azadas, y la tierra ya no se labraba sino que se descuartizaba con tractores.

La forja se plegó poco a poco a la demanda de rejas, arcos y picaportes, de piezas decorativas para las masías habilitadas por los amos que echaban como perros a los masovers y la fuerza se tornó maña. El mazo ya no pegaba ni rebotaba con tenacidad tremenda sobre el yunque sino que se imponía una cadencia menos vigorosa y un latido más suave, dedos de seda y cabeza ingeniosa.

No se trata de cuestionar las nuevas tecnologías sino de reivindicar ese orden, esa redacción y ese diario que funcionaba de mayor como cuando de pequeño ibas a la escuela.

Nunca vi una cara sudada más poética que la de un herrero, negra por el carbón, gris como el acero, roja de fuego, incandescente en la penumbra. Mi héroe se llamaba Joan Prat, el ferrer d'Alpens, cuyo legado será inmortal mientras se mantenga en pie su escultura del Manelic de Terra Baixa y tenga herederos como Enric Pla. Aunque no trabajaron juntos, Pla también vive en Alpens y es un premiado maestro forjador y escultor, enamorado del modernismo, empapado de Gaudí y coordinador desde hace cinco años de las obras de la Sagrada Familia. Los últimos veinte bancos de la basílica son obra de Pla, un artista de formas limpias y minimalistas después de muchos años de oficio, de diálogo cuerpo a cuerpo con el fuego a la luz de Alpens, punto de encuentro cada dos años de herreros de Europa con el lema de ¡Forja al carrer¡.

"La calle, siempre la calle; nunca paras en casa, tu vida consiste en dar vueltas calle arriba, calle abajo", se lamentaban mis padres y mi maestro, temerosos de que de mayor quisiera ser herrero y no escultor, capador y no veterinario, periodista aunque estuviera matriculado en la UAB. Las carreras se estudian, los oficios se aprenden, decía Carlos Pérez Barrios. Y yo iba y venía del aula, de la calle y de la redacción, el taller artesano en el que se ordenaban las noticias, se jerarquizaban las secciones, se editaban los diarios y se repartían las funciones según la categoría laboral de cada uno.

Ahora ya no hay aprendices sino becarios que, según de donde, llegan con un manual de instrucciones y una gran habilidad para manejarse en el gran bazar en que se han convertido muchos periódicos, donde cada día cuesta más saber dónde va cada cosa, distinguir las buenas de las malas informaciones, las prescindibles de las importantes, los breves de las aperturas, todos pendientes del digital, apremiados por internet y su confusión: ¿qué es verdad y qué es mentira? No se trata de cuestionar las nuevas tecnologías sino de reivindicar ese orden, esa redacción y ese diario que funcionaba de mayor como cuando de pequeño ibas a la escuela.

“Al principio, y durante mucho tiempo, no tienes ni idea de lo que estás haciendo, pero con el tiempo las piezas empiezan a encajar”, contaba David Simon en Jot Down. “Te dedicas a volver cada día al mismo sitio, a la misma sala, cubres los mecanismos de funcionamiento una y otra vez hasta que lo conoces tan bien que nada ni nadie puede eludirte ni mentirte (…). Los amateurs no pueden hacer este trabajo”. Yo no me canso de aprender y no dejo de ir a clase dos veces a la semana.

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