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‘Bonjour tristesse’

Si no podemos hablar del tema entre familiares y amigos es que una tremenda enfermedad moral nos corroe

referendum cataluña
Artur Mas llega al Parlament en helicóptero en 2011. EP

El pasado domingo, una amiga historiadora, ya jubilada, me escribió lo siguiente: “Mañana celebro mi cumple... somos 14 a comer y he prohibido hablar del tema. La primera vez que ocurre en todos estos años”. El tema, claro, es el tema.

Cuando escribo estas líneas, soy muy consciente de que pueden haber perdido todo su sentido el día que ustedes las lean. Un día es ahora un tiempo sin límites precisos. Media semana, media eternidad. Una semana, toda una nueva dimensión temporal. Pero hay cosas que no van a cambiar en estos días, pase lo que pase. Por ejemplo, la creciente preocupación, e incluso angustia, de mucha gente, que es perfectamente compatible con la tensa ilusión con la que viven otras muchas personas estos días de vísperas. Vísperas de no se sabe todavía muy bien qué.

A estas alturas, las responsabilidades del desastre en el que estamos andan muy repartidas. La recogida de firmas que impulsó el PP contra el Estatuto de Autonomía y su posterior grosera manipulación del trámite del recurso contra el mismo en el Constitucional son mojones fundamentales en el camino. Pero no son los únicos, como se ha hecho lugar común. Interesadamente, algunos olvidan que tras la sentencia y la gran manifestación de 2010, ERC se pegó un gran batacazo electoral y Convergència no tuvo ningún problema en gobernar casi dos años gracias al apoyo del PP en el Parlament. Los malos, entonces, no parecían tan malos.

¿Nada ha tenido que ver en esto el cerco al Parlament en 2011, con la inusitada imagen del presidente Mas llegando al mismo en helicóptero? ¿De verdad nos tenemos que creer que la conversión de Mas y buena parte de Convergència al esteladismo no fue una estrategia —también— para sobrevivir a la enorme contestación social a su frenesí recortador? (este, por cierto, no impuesto, sino fruto del más absoluto convencimiento en sus bondades). Basta mirar cuántas movilizaciones por cuestiones sociales se han producido desde la Diada de 2012 para entender una parte (una parte) de lo que nos pasa.

Añadamos la miopía, cuando no la mala fe, del Gobierno del PP al abordar la cuestión catalana. Un suflé que ya bajará. Algo que resolveremos llegado el momento con la financiación. Los catalanes, ya se sabe… Todo ello acompañado de altas dosis de manipulación y de catalanofobia en muchos medios de comunicación, incluyendo ¡ay! los públicos, y un menosprecio absoluto por centenares de miles de catalanes que desde hace años salen a las calles a decir que se quieren marchar. Ni un solo mensaje para ellos que no sea esta es la ley, y no hay más cera que la que arde.

Por aquí, también vamos bien servidos. Unos medios, especialmente los públicos y los altamente subvencionados, dedicados sin desmayo a la propaganda y, demasiadas veces, la hispanofobia. Y una mayoría parlamentaria —sin una mayoría social expresada en votos detrás— dispuesta a saltarse lo que sea, incluyendo sus propias leyes, para imponer su proyecto a, como mínimo, la mitad de los catalanes.

El 6 y el 7 de septiembre de 2017 pasarán a la historia de Cataluña. Serán los días de la vergüenza, y el punto a partir del cual se desencadenó todo lo demás, incluyendo una defensa del orden constitucional que, como mínimo, deja en estado comatoso el mismo orden que se dice defender. Algo de lo que nadie creo que pueda sentirse muy orgulloso y que muestra cada vez más la dimensión del fracaso colectivo al que parecemos abocados.

El domingo 1 de octubre no habrá un referéndum en Cataluña. Habrá otra cosa. Aún no sabemos qué. Pero, por favor, mucha prudencia. Algunos demonios despiertan (“¡A por ellos, oé…!”) Y de lo que hagan esa jornada y en los días siguientes todos quienes tienen capacidad de decisión, dependerá la profundidad de la herida que tarde o temprano tendremos que intentar curar. Algunos insisten en que nada volverá a ser como antes “entre Cataluña y España”. Ciertamente, la desafección es enorme allí y aquí. El hartazgo, inconmensurable. Pero se olvidan de una cosa. Ni Cataluña ni España son entidades monolíticas. Y, desgraciadamente, lo que tampoco volverá a ser como antes es la relación entre los propios catalanes. Si no podemos hablar del tema entre familiares y amigos es que una tremenda enfermedad moral nos corroe. Bonjour tristesse.

Francisco Morente es profesor de Historia Contemporánea de la UAB

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