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OPINIÓN

La quimera antipopulista

Pensar que con la vuelta al crecimiento se acabarán los populismos es no entender que se trata también una crisis política y social

Míting del Front Nacional de Marine le Pen.
Míting del Front Nacional de Marine le Pen. efe

La política europea esta cegada por la resistencia a asumir que estamos en un fin de ciclo de la democracia representativa. Los dirigentes realmente comprometidos con la democracia tienen que rectificar y actuar ya, si no se resignan a que acabe triunfando el plan bdel sistema: el autoritarismo posdemócratico que viene ganando terreno en toda el mundo, por lo menos desde 2008. Pero los partidos que han gobernado los regímenes europeos están enrocados en una actitud reactiva contra todo lo que se mueve. Y de rechazo cuando se les piden cambios en las políticas en curso, instalados en la confianza de que es cuestión de tiempo para que las aguas vuelvan a su cauce.

¿En qué se traduce esta estrategia reaccionaria en el sentido literal de la palabra? Primero, en moldear el lenguaje político como parapeto defensivo del monopolio bipartidista. La recuperación de la palabra populismo, convertida en lugar común imprescindible del discurso político y mediático, es el mejor ejemplo. Con la etiqueta populista se pretende descalificar a aquellos que han detectado los problemas que los partidos gobernantes no quieren ver y han construido sobre ellos los discursos con los que disputarles el poder. En vez de entender las razones de la irritación ciudadana y darles respuesta política, prefieren descalificar a los portavoces del malestar y reafirmarse en sus fallidas estrategias. Seguir creyendo que con la vuelta del crecimiento y la creación de empleo —que por otra parte no son evidentes— volverá la calma y los llamados populismos desaparecerán a la misma velocidad en que han aparecido es no haberse enterado que estamos una crisis que no es sólo económica, sino política, social, cultural, que afecta directamente a las vivencias, las creencias y a las emociones de las personas. Ante esto la única respuesta que dan es el endurecimiento del discurso y de las políticas de seguridad, utilizando las amenazas terroristas como instrumento para la propagación del miedo. Que ésta sea la posición de la derecha se entiende, pero que la socialdemocracia se haya apuntado a esta claudicación es descorazonador. Y así le va.

Esta semana en un debate en París, con Pascal Perrineau, sobre la cuestión del populismo, surgió una conocida idea de Pierre André Taguieff —unos de los principales estudiosos de esta confusa categoría—. Dice Taguieff que las diferentes formas de populismo no apelan al pueblo de la misma manera. Unos lo hacen desde el etnos y otros lo hacen desde el demos. Para unos la base es principalmente identitaria e incluso étnica (como es el caso de Le Pen y la extrema derecha en general), de modo que el pueblo concernido es el nuestro, en tanto que diferenciado de otros pueblos. Mientras que para otros, el significado de pueblo se construye no en oposición a otro pueblo, si no a las élites, y su razón de ser se justifica por la apelación a la soberanía —el derecho a la última palabra— de los ciudadanos. Esta distinción da cuenta de por sí de la precariedad de un concepto —populismo— que pretende atrapar propuestas que en muchas cosas son contradictorias. En Francia, el censo de los populistas ha engordado e incluye incluso a Macron. O sea todos menos los partidos tradicionales. Una broma absurda, que sólo habla de la idea restrictiva del régimen que tienen los que mandan. Pero la relación entre etnos y demos no es un debate sobre el populismo, tiene mucho que ver con la crisis de la democracia representativa, dónde el demos siempre suena a desconfianza.

El renacer de los llamados populismos, responde a realidades muy concretas: la sensación de desamparo de gran parte de la población, agredida por un proceso de individualización salvaje; la pérdida de capacidad de la política para defender el interés general; la aceleración provocada por la globalización que ha desmantelado tantas pautas referenciales; y la resistencia de parte las élites económicas a aceptar que no todo está permitido. Defender la democracia y las instituciones quiere decir rectificar y proponer. Creer que gritando que viene el lobo populista se resuelve el problema es una quimera. El antipopulismo como única respuesta prueba la impotencia de los partidos tradicionales. Y refuerza y normaliza a los populistas: les coloca como referente de la escena política y legitima su agenda, como vimos en Estados Unidos.