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OPINIÓN

Las ‘tricoteuses’ del caso Nóos

¿No estarán siendo la hermana del Rey y su marido unos cómodos chivos expiatorios de cuestiones que les superan?

La Infanta Cristina e Iñaki Urdangarían, a su llegada al Juzgado de Palma, en enero de 2016.
La Infanta Cristina e Iñaki Urdangarían, a su llegada al Juzgado de Palma, en enero de 2016.

En la historia y, sobre todo, en la mitología de la Revolución Francesa se conoce por tricoteuses a un grupo de mujeres de extracción popular que, durante el Terror (1793-94), acudían como público a las sesiones de la Convención Nacional para apoyar ruidosamente los discursos más radicales, o al Tribunal Revolucionario para exigir la pena de muerte contra todos los reos, mientras no dejaban de hacer calceta. Según las versiones más truculentas, tales mujeres también solían acompañar a los condenados de camino al patíbulo, y asistir a las ejecuciones bien cerca de la guillotina —siempre, agujas y lana en ristre— con indisimulada delectación. La gran novela de Charles Dickens, A Tale of Two Cities contiene una de las evocaciones literarias más potentes de las tricoteuses.

Me he acordado de tales personajes tras observar muchas de las reacciones suscitadas por el juicio oral del caso Nóos y, más todavía, por la sentencia de la Audiencia de Palma. No, no es que me escandalice ver que unas decenas de personas acuden a la entrada del Palacio de Justicia mallorquín para darse el gusto de gritarle “¡chorizo!” o “¡ladrón!” al cuñado del Rey. Tampoco me espanta en absoluto que, no ya en las redes sociales —un submundo al que no me asomo jamás— sino en tribunas convencionales se confunda sistemáticamente la justicia moral con la justicia penal, y se alimente la idea de que Cristina de Borbón y Grecia se ha salvado de la cárcel simplemente por llamarse como se llama —con absoluto desprecio al trabajo de sus defensores—, y se dé a entender que su marido ya debería estar purgando condena, preferentemente en una mazmorra de esas con jergón de paja y ratones...

No, lo que me sorprende de tanto émulo callejero y tertuliano de las tricoteuses es el furor antimonárquico y justiciero que se ha abatido sobre los ex duques de Palma. Y me ha sorprendido porque constituye una considerable novedad. Seamos sinceros: ya fuese como secuela del 23-F o por otras razones, lo cierto es que durante tres décadas la realeza española se vio protegida por un grueso blindaje no sólo jurídico, sino principalmente mediático y social. Si existían rumores sobre la vida privada o los negocios del hoy monarca emérito, fueron periódicos extranjeros, no los españoles, quienes los divulgaron: aquí imperaba un respetuoso, casi reverencial silencio. Si, durante los años 1990, nuestros royals hubiesen sido sometidos a un escrutinio comparable al de sus primos británicos (¿recuerdan aquella conversación del príncipe de Gales con su entonces amante comparándose con un támpax?), no habría quedado, en ese ámbito, títere con cabeza.

Luego, a partir de 2012, llegaron en tromba la cacería de Botsuana, la operación de cadera, la princesa Corinna, la petición de disculpas de Juan Carlos..., en una pendiente que conduciría hasta la abdicación de 2014. Pero, aparentemente —a juzgar por las encuestas del CIS, por los discursos y programas de los grandes partidos políticos, por el mainstream de la opinión publicada—, la crisis que sacudió en esos años a los Borbones españoles no disparó los sentimientos republicanos ni resquebrajó los cimientos del régimen monárquico. ¿Cómo interpretar, pues, ese celo seudojacobino que ha suscitado el caso Nóos? ¿Acaso quienes no osan, o juzgan imprudente, cuestionar la monarquía postfranquista, han encontrado en Cristina de Borbón, Iñaki Urdangarín y las nefastas aventuras empresariales de éste último un derivativo con el que mostrar que, pese a todo, son muy progres, muy de izquierdas, muy radicales...? ¿No estarán siendo la hermana del Rey y su marido unos cómodos chivos expiatorios de cuestiones que les superan? ¿No estaremos confundiendo el rábano con las hojas?

Parafraseando a quien escribió —fuese Agustín de Foxá u otro— que “los españoles van siempre detrás de los curas, o con un cirio o con el garrote”, se diría que algunos españoles van siempre detrás de los Borbones, ya sea dándose de codazos por un besamano, o pugnando por la primera fila de los improperios. Aunque esto último les obligue, contradiciendo sus acrisolados principios, a tratar de tonta a una mujer de 51 años; o a hacerle el juego a esa banda de estafadores ultraderechistas llamada Manos Limpias; o a considerar al fiscal Horrach un día el héroe y al otro el villano de esta historia.

Al menos las tricoteuses iban en serio; en lo de aquí y ahora hay mucha pose.


Joan B. Culla i Clara es historiador.