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CALLEJERO

Las Brigadas antifascistas vuelven a Madrid

El Ayuntamiento, con el apoyo del PSOE, inaugura un jardín en honor a los brigadistas antifascistas en Vicálvaro, donde se alojaron varios batallones de voluntarios

El brigadista Josep Almudéver, de 97 años, en la inauguración del parque dedicado a las Brigadas Internacionales en Vicálvaro.
El brigadista Josep Almudéver, de 97 años, en la inauguración del parque dedicado a las Brigadas Internacionales en Vicálvaro.

Tuvieron que pasar 80 años para que las Brigadas Internacionales tuvieran en Vicálvaro, un distrito de Madrid en el que se alojaron durante la Guerra Civil varias unidades de voluntarios que llegaron a España para combatir el fascismo, un reconocimiento oficial. El sábado el Ayuntamiento inauguró el Jardín de las Brigadas Internacionales en un acto al que acudieron unas 200 personas portando banderas republicanas, pañoletas del Batallón Garibaldi, banderolas con lemas como Il voluntari della Spagna republicana o camisetas con la frase No pasarán —en recuerdo a las palabras de la dirigente comunista Dolores Ibárruri, que se convirtieron en un emblema de la determinación republicana para defender Madrid del asedio fascista—.“Hace 10 años que el PSOE [que junto al Consistorio de Ahora Madrid aprobó la creación de este espacio] solicitó un lugar en honor a los brigadistas. Aprovecho para agradecérselo. Estamos felices de darle este nombre. No los olvidamos”, dijo Carlos Sánchez Mato, concejal de Economía y de Vicálvaro.

El acto, que coincide con el 80 aniversario de la creación de las Brigadas Internacionales —el 13 de octubre de 1936 empezaron a llegar los primeros voluntarios a Albacete—, contó con la presencia de Josep Almudéver, uno de los cuatro brigadistas que todavía viven. Almudéver, que nació en Marsella hace 97 años, llegó trajeado, con camisa blanca y boina, y cuando cogió el micrófono recordó algunos de los momentos decisivos de la Guerra Civil —donde fue herido por un obús—, como la firma del Comité de No Intervención, un pacto internacional que obligaba a los países fascistas y demócratas a ser neutrales con respecto a España, pero que de facto ayudó al régimen franquista por las continuas violaciones de Alemania e Italia, que enviaron arsenal militar y soldados que fueron decisivos en el transcurso de la batalla.

De los más de 50 países de los cuales provenían los brigadistas, hubo representantes de 14 nacionalidades distintas en la inauguración del jardín. Vladimiro Vaia, uno de ellos, estaba feliz por recordar a tantos italianos que, como su padre —Alessandro Vaia fue uno de los comandantes del Batallón Garibaldi, que entre otros frentes luchó en la batalla del Ebro—, vinieron a España a combatir el totalitarismo: “Pelearon por unos ideales de democracia y de justicia social. Es verdad que en la Italia de Mussolini había fascistas, pero también muchos antifascistas que decidieron dejar su vida por la Segunda República”.

El Jardín de las Brigadas Internacionales está en la calle de San Cipriano, frente al Cuartel de Artillería —en la actualidad es un campus universitario— donde se acuartelaron el batallón Dombrowski y la XI Brigada Internacional en 1936 durante semanas en la defensa de Madrid. En 1937, fue la XII división la que estuvo en Vicálvaro hasta que, junto con los batallones Garibaldi, André Marty y Dombrowsky partieron hacia la zona del Jarama, donde los sublevados habían lanzado una ofensiva.

Los voluntarios fueron alrededor de 50.000 desde el inicio de la Guerra Civil hasta su despedida en Barcelona por el avance de las tropas franquistas. Varios historiadores, como Paul Preston en su libro La guerra civil española, han explicado los efectos de los antifascistas que, en su mayoría, acudieron libremente a España a defender la democracia: militarmente no fueron tan importantes porque no contaban con las armas adecuadas, pero sí tuvieron una relevancia emocional. Durante la tarde del sábado —solo uno de los actos que la Asociación Amigos de las Brigadas Internacionales está celebrando este octubre—, decenas de hijos, sobrinas y amigos de los brigadistas se concentraron en Atocha y en Gran Vía, los mismos lugares por los que el 8 de noviembre de 1936 desfiló la XI Brigada para decirle a los madrileños que no estaban solos contra el fascismo.

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