LA CRÓNICAColumna
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Una espada de samurái

Una antigua katana conduce a la extraordinaria vida del artista anglo chino Gerard Henderson

El pintor Gerard Henderson, a la derecha, con Steve McQueen en Nueva York en 1968.
El pintor Gerard Henderson, a la derecha, con Steve McQueen en Nueva York en 1968.

Sigue el rastro de una espada y encontrarás una buena historia. Aunque a veces esa historia no sea la que te imaginas.

Desenvainé la espada japonesa como había visto hacer en tantas películas, desde Rashomon y mi favorita, Harakiri, del maestro Kobayashi, hasta Yakuza y, claro, Kill Bill. Pese a que la fiesta ya estaba avanzada y había corrido generosamente el alcohol, la gente alrededor se apartó con sorprendente celeridad. El movimiento inicial de sacar la espada de la vaina (iaijutsu) es un arte mayor del kenjutsu, la esgrima de los samurái. Se basa, ilustré a la beoda concurrencia, en la velocidad instantánea y coordinada del desenvainado y en asestar un golpe penetrante a continuación. Un repentino arco de acero. Los otros invitados recularon aún más. Y eso que no les había explicado aún que las buenas katanas se probaban antiguamente sobre un cuerpo humano: el denominado tsujigiri o “corte de la encrucijada” (porque a veces se practicaba en un paseante desprevenido: ¡qué lugar peligroso es el Japón!).

La espada de samurái.
La espada de samurái.

Iba a seguir con la exhibición, pero me quedé paralizado. La hoja de la espada era una maravilla. Brillaba fría y tensa y parecía emitir un siseo, como una serpiente. No soy, ni mucho menos un mekiki, uno de los expertos oficiales que determinaba a la vista (nunca al tacto) el origen y la calidad del arma. Pero sin duda aquella era una espada de aquí te espero. Capaz de degollar de golpe a los 47 ronín, si hiciera falta. Digna de forjadores legendarios como Masamune o su tenebroso discípulo Muramasa, cuyas espadas, se creía, estaban sedientas de sangre y eran funestas para sus dueños (y para los demás ni te digo).

La historia de samuráis más estremecedora que conozco , vía Romulus Hillsborough (Samurai Tales, 2010), es la del destripamiento del comerciante inglés Charles Lennox Richardson (precisamente un transeúnte, aunque a caballo) por interrumpir fortuitamente el cortejo de un daimyo, el xenófobo señor de Satsuma, camino de Edo, en 1862. Enfurecido por la afrenta que suponía que el jinete obligara a detener el palanquín de su señor, el samurái Narahara Kizaemon le propinó un golpe tan excelente al jinete con su katana, de abajo a arriba, que este, que aún estaba arguyendo que no había para tanto, no sintió nada hasta que notó cómo le caía un trozo entero de sí mismo al suelo. Richardson huyó con las entrañas saliéndosele por el corte, hasta que le dieron alcance cinco samuráis y lo remataron piadosamente. El asunto provocó un grave incidente diplomático, y hasta una guerra, y Narahara acabó haciéndose el harakiri, como está mandado.

Las grandes espadas de samurái son obras de arte valiosísimas además de herramientas letales. Una parte práctica de mí calculaba cuánto podría valer una espada como la que tenía en la mano —y si la podría esconder debajo de la chaqueta, con cuidado de no acabar como Mishima. (cuya espada final, por cierto, véase Mishima Sword, de Christopher Ross, 2007, era obra del maestro Magoroku)—.

El pintor Gerard Henderson en Hong Kong en 1963
El pintor Gerard Henderson en Hong Kong en 1963

La katana la había sacado en mitad de la fiesta nuestra amiga Laura, la anfitriona. "Queréis ver la samurái de mi padre?”. La extrajo de una funda de seda. A primera vista parecía un objeto sencillo, sin los adornos recargados y las filigranas de las espadas para turistas. Pero irradiaba, desde el extremo de la saya, la funda —en laca con motivos de vid (también en la guarda o tsuba)—, al tsuka, el mango encordado de piel de manta raya, una elegancia y un prestigio de una sobriedad aristocrática. “Se la regaló la hermana del emperador”. A esas alturas estaba la audiencia, marinada en gin-tonic, como para evocarles la casa imperial del Japón, ni que fuera la dinastía sake. Pero yo escuché muy atentamente a Laura. Su padre había conocido a la princesa Takako (1939), la hija pequeña de Hirohito y hermana de Akihito, y había pintado su retrato. Eso explicaba la calidad de la espada que le regaló. Me estremecí. Pensé si no sería la katana que llevaba el tío abuelo Asaka en la Violación de Nankín. La espada es lo que se conoce como una Handachi, un tipo de katana del periodo Edo, y probablemente data de mediados del XIX.

El padre de Laura, fallecido en 2014, era Gerard Henderson, un pintor y muralista aclamado internacionalmente con obra en numerosos países y colecciones. Suyos son algunos de los murales del Raffles de Singapur, del Savoy de Londres y del Mandarin de Hong Kong. Hijo de Laurence Henderson, un británico dueño de una plantación en Johore, Malasia, y de una bella artista china, Eileen Lim, Gerard nació en Kuala Lumpur en 1928 y tuvo una privilegiada educación en Singapur con lo mejor de Oriente y Occidente. Antes de iniciar su carrera como pintor fue primer violín de la Orquesta Sinfónica de Malasia. Hombre de un cosmopolitismo, una cultura y una vitalidad portentosos, desbordantes, asombrosos, se codeó —como muestran sus fotos— con gente tan variada como Gina Lolobrigida, Pearl S. Buck o Steve McQueen. Encontró inspiración en los lugares más diversos, desde Hong Kong y París a las llanuras afganas —le fascinaban los caballos galopantes y los jinetes de las estepas, y el buzkashi—, Bután, Australia, Perú. En 1956 apareció en Barcelona para estudiar en la Real Academia de Bellas Artes de San Jordi y realizar algunas obras (Cirlot lo cita, alabándolo). Y aquí aparece ese lado inesperado de la historia, que hace que exista Laura (de lo que no podemos estar más a favor) y que el otro día pusiera en mis manos, provisionalmente, la espada de su padre.

Henderson con la Nobel Pearl S. Buck en 1968.
Henderson con la Nobel Pearl S. Buck en 1968.

Recién llegado a Barcelona, Henderson asistió a las fiestas de Gràcia, donde encontró a una bella joven desconocida con la que bailó, enamorándose perdidamente, hasta que ella se marchó amedrentada por el despliegue bohemio y mundano del aquel artista exuberante y sus amigos. Sin sus señas ni otra información, ni siquiera un zapato, que su memoria del rostro amado, Gerard hizo un dibujo de la chica y recorrió el barrio enseñándolo a los vecinos para averiguar su nombre y su paradero. Tras una larga búsqueda, un portero la reconoció: era María Baltasar, la María del 36 de Torrent de l'Olla, la futura madre de Laura y de su hermano músico Ignasi. Ante una historia así incluso el mejor acero de Masamune palidece de envidia. Dichosa la espada que en vez de cuentos de sangre te lleva a una historia de amor.

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